LA EVOLUCIÓN DEL DESHIELO

La deriva del Ártico

El hielo boreal nunca había ocupado tan poco territorio por estas fechas

Las rutas de navegación se abrieron en el verano del 2007, pero aún no se ha vuelto a repetir

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ANTONIO MADRIDEJOS
BARCELONA

El deshielo de la banquisa boreal, la capa de hielo flotante que cubre el Ártico, entró en los dos últimos años en una dinámica de tranquilidad, de menor contracción, que algunos escépticos saludaron como una refutación de las tesis del cambio climático. No solo no se batió el récord negativo del 2007, año nefasto en el que se abrieron a la navegación las rutas de circunvalación polar, sino que la cantidad de hielo parecía aumentar. Esta temporada, sin embargo, se han vuelto a disparar las alarmas: cada día que pasa, la banquisa se reduce unos 88.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente como la superficie de Portugal.

Según el Centro de Análisis del Hielo y la Nieve de Estados Unidos (NSIDC), la banquisa ártica nunca había estado tan debilitada a principios de julio desde que hace tres décadas empezaron las mediciones sistemáticas con satélite. Concretamente, dice el NSIDC, la extensión media de la banquisa en junio fue de 10,87 millones de kilómetros cuadrados, 0,62 millones menos que en el récord negativo del 2007. La media del periodo 1979-2000 en la misma fecha fue de 12 millones de kilómetros. Como ya es habitual, las áreas más afectadas por la falta de hielo son algunas zonas del noreste de Canadá y, especialmente, el mar de Barents, en Rusia occidental.

Los expertos atribuyen el derretimiento de la primavera a un cambio en los patrones atmosféricos, como ya aconteció en el 2007 y el 2006, que técnicamente se conoce comoanomalía dipolar. Los vientos del sur, que equivalen a un aporte suplementario de calor, han sido los dominantes este año en el Ártico. En el conjunto del planeta, la tendencia es que el 2010 se convierta en uno de los tres años más cálidos del último siglo.

Dinámica estacional

Los hielos árticos tienen una dinámica estacional muy acusada. En invierno ocupan unos 15 millones de kilómetros cuadrados (unas 30 veces España) y la banquisa llega a las puertas de Islandia, pero con la llegada del verano se pierde hasta un 60% del total. El mínimo suele alcanzarse a mediados de septiembre. El problema es que el proceso se ha agrandado en las últimas décadas: la banquisa pierde más hielo en verano del que luego recupera con el frío del invierno.

El NSIDC sostiene que el futuro del 2010 dependerá justamente del mantenimiento de la anomalía dipolar, algo muy difícil de precisar. Por ahora, el patrón dominante en la primera semana de julio ha cambiado. Si se mantuviera la tendencia, 2010 sería un verano muy malo, pero no el peor.

Como en los últimos años, 16 de los mejores especialistas en modelización y estadística climática, pertenecientes a diversas universidades y centros meteorológicos, se han atrevido a dar sus pronósticos en una apuesta organizada por el consorcio Arcus. Dos de los predictores creen que se superará el mínimo del 16 de septiembre del 2007 (4,1 millones de kilómetros cuadrados) y fundamentan sus cálculos en el actual ritmo de deshielo y en las elevadas temperaturas que hubo en invierno. Sin embargo, el grupo dominante –siete especialistas– cree que la extensión mínima oscilará entre 4,7 y 5,5 millones, es decir, ocupará la tercera posición tras los dos peores años de la historia reciente: 2007 y 2008.

Estrechos llenos de hielo

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En cualquier caso, una cosa es la reducción total de la banquisa y otra que este verano se vayan a abrir las vías de navegación. En el caso del Paso del Noroeste, que atraviesa el Ártico canadiense, es cierto que algunas zonas ya casi están expeditas de hielo, pero en otras, como el canal M'Clintock, que separa las islas Victoria y Príncipe de Gales, hay mucho más que en el 2007, como destaca el meteorólogo canadiense Tom Agnew.

Por el contrario, la banquisa austral, la capa de hielo que rodea la Antártida, sigue mostrando una salud excelente, según el NSIDC. El 30 de junio, el hielo ocupaba una extensión de 15,88 millones de kilómetros cuadrados, más que los 14,6 millones de media en la misma fecha del periodo 1979-2000. Aunque diversos estudios sobre el cambio climático ya habían previsto esta posibilidad, fundamentada en un aumento de las lluvias y cambios en las corrientes marinas, la polémica está servida.