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Confesión en el crimen de Benifaió

"Después de la paliza y de la ducha fría, creo que se murió: pegó un fuerte suspiró y dejó caer la cabeza"

El terrorífico relato de dos de los investigados por el crimen describe el asesinato de Juan Miguel Beraza en Benifaió como un acto cruel, sádico e inhumano

Tiraron el cadáver, desnudo y empapado, a un colchón en el suelo; allí lo dejaron 48 horas hasta que el hijo incendió el piso, con su padre muerto dentro, tras rociarlo con gasolina

Vídeo grabado la noche del incendio que recoge la atención sanitaria al hijo de la víctima y a una vecina.

Vídeo grabado la noche del incendio que recoge la atención sanitaria al hijo de la víctima y a una vecina. / Levante-EMV

València
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Un relato de terror extremo. Es el resumen rápido del asesinato, cruel y sádico, de Juan Miguel Beraza Ochoa, de 53 años, en Benifaió a manos de dos de sus camellos, Emilio N. P. y Agustín Usama P. L., de solo 20 y 21 años cuando sucedieron los hechos, para tratar de saldar una deuda de 3.000 y 1.400 euros, respectivamente, por cocaína consumida y no pagada por él y por su hijo. Fue una muerte lenta y dolorosa, con tortura incluida, que se prolongó durante horas y en la que, de manera gratuita, se le hizo sufrir sin que, aparentemente, lograr el pago fuese realmente el objetivo de quien se cree ideó el plan: el más joven de los cuatro presuntos implicados en la trama criminal.

Eso es lo que se desprende a partir de las declaraciones de dos de los presuntos implicados en el crimen y el posterior incendio de la casa de la víctima, con su cuerpo dentro, 48 horas después de haberle dado muerte. Quienes han decidido contar lo que pasó son uno de los presuntos autores materiales del crimen, Agustín Usama P. L. y un amigo del hijo de la víctima, Armando C. P., de 41 años, que empezó declarando ante la jueza de Carlet como testigo, esto es, con la obligación de decir verdad, y acabó investigado y con un abogado a su lado.

A grandes rasgos, ambos coinciden en las cuestiones mollares de lo que pasó y en considerar que el auténtico líder de la acción fue el más joven de todos ellos, Emilio, por quien confiesan sentir "terror". A la luz de los detalles de este asesinato, ese temor parece más que creíble. Y justificado.

La deuda: 13.200 euros

Según ambas versiones, tanto Juan Miguel como su hijo Juan José B. H., imputado también en los hechos -la jueza ha dictado prisión tanto para él, que no podrá ir a la cárcel hasta que salga de la Unidad de Quemados del Hospital La Fe, donde sigue ingresado desde el crimen, hace cinco meses, por las lesiones sufridas, como para Emilio y Agustín, tal como adelantó el jueves Levante-EMV- eran consumidores habituales de cocaína. Pero no tenían los pagos al día.

Según Agustín, a él le debían 1.400 euros, a Emilio, 3.000, y a otros tres camellos de la Ribera, 8.800. En total, 13.200 euros. Según Armando, Emilio y Agustín eran los únicos acreedores que habían ido a casa de Juan Miguel -padre e hijo vivían juntos en el tercer y último piso del edificio ubicado en el número 17 de la calle Arquitecte Artal de Benifaió, el mismo al que luego pegarían fuego- para exigirles el pago de la deuda a base de agresiones.

Unas semanas antes del crimen, ha testificado Agustín, Emilio le advirtió a uno de esos otros tres traficantes que, a partir de ese momento, él asumiría el cobro de la deuda completa, pero, a cambio, se quedaría todo el dinero. El resto cedió, afirma, por miedo. Una vez más.

Vehículo de la Guardia Civil con uno de los presuntos asesinos de Banifaió a bordo, camino de la cárcel.

Vehículo de la Guardia Civil con uno de los presuntos asesinos de Banifaió a bordo, camino de la cárcel. / Agustí Perales Iborra

"Les suplicaba que parasen, oía gritos y gemidos de dolor"

Llegados a ese punto, el sábado, 16 de agosto por la tarde, cuando iban en el coche de Emilio y Agustín en el BMW de este último, se toparon por casualidad con Armando y con Juan Miguel Beraza en una calle de Benifaió. El copiloto, Emilio, les 'invitó' a subir y ambos accedieron. Después, le hizo conducir a Agustín hasta las afueras del municipio, hasta un campo de naranjos, donde obligaron a Juan Miguel a bajarse del coche, mientras, en actitud agresiva, le echaba en cara que hubiese contado a un conocido suyo que le habían amenazado y pegado.

Lo siguiente fue internarse con su víctima, a golpes, al interior del campo, mientras Armando permanecía en el coche. Afirma que desde allí escuchó los gritos de la víctima y las súplicas para que dejaran de golpearle, y el sonido sordo de esos golpes. "Durante algo menos de media hora". A lo largo de todo el tiempo que duró la paliza, "Juan Miguel les suplicó que parasen de golpearle, siendo continuos los gritos y gemidos de dolor".

Agustín lo reduce a "10 minutos" en los que, afirma, el único que golpeaba despiadadamente a Juan Miguel era Emilio. ¿Y él no? Asegura que Emilio le dijo que pegara él primero, pero que solo fue capaz "de darle un empujón y un tortazo en la cara". En vista de esa escasa violencia, lo apartó y tiró a Juan Miguel al suelo "lugar donde comenzó a pegarle patadas y golpes de forma violenta en repetidas ocasiones".

"Introdujeron a la víctima en la bañera, echándole agua fría, hasta que quedó desfallecido. Debió morir en ese momento. Emilio y Agustín le decían que dejase de fingir, que no era un buen actor"

Testimonio de uno de los imputados

"Tuve que ayudarle, casi no podía moverse"

A partir de ahí, el relato de lo que pasó se vuelve más y más oscuro. "Cuando se cansaron de pegarle, subieron a Juan Miguel al coche y todos juntos fueron a su casa. Recuerda que la víctima se orinó encima. Para subir a su casa, fue el propio dicente [Armando] el que le tuvo que ayudarle, ya que en ese momento Juan Miguel apenas podía moverse, se quejaba de que tenía mucho dolor en la zona de las costillas y la cabeza. De hecho, pudo ver cómo sangraba por la cabeza. Mientras subían las escaleras, sí que Juan Miguel hablaba, pero al llegar arriba prácticamente estaba moribundo".

Y continúa: "Al llegar al domicilio, Juan José [el hijo de la víctima] estaba en casa. Entre Emilio, Agustín y Juan José introdujeron a la víctima en la bañera, echándole agua fría, hasta que quedó desfallecido. Debió morir en ese momento. Emilio y Agustín le decían que dejase de fingir, que no era un buen actor. Para poder sujetarlo y ducharlo, pusieron una silla o un taburete para que permaneciese sentado, ya que Juan Miguel no era capaz de estar de pie. Estoy seguro de que falleció en ese momento, ya que pegó un fuerte suspiro y, a continuación, su cabeza cayó hacia abajo".

Muerto, desnudo y empapado, en un colchón en el suelo

La deshumanización de la víctima no quedó ahí. El relato de Armando, mucho más coherente y creíble que el de Agustín, quien se exculpa constantemente, cuenta que, ya inerte, Emilio les ordenó tirar un colchón en el suelo del comedor y arrojar sobre él el cuerpo desnudo y empapado de Juan Miguel. Era sábado por la noche. El cadáver de Juan Miguel permaneció ahí, sin que nadie le prestara la más mínima atención a lo largo de 48 largas horas durante las cuales varios de los implicados, incluido su hijo, entraron y salieron varias veces de la casa.

Entre otras cosas, para recuperar unas plantas de marihuana propiedad, al parecer, de Emilio y de Agustín, que cultivaban en la azotea del edificio con permiso de Juan Miguel y de su hijo sin que el resto de los vecinos de la finca se hubiesen dado cuenta. Fue el domingo, cuando Emilio envió a la casa a Armando y a Juan José para cortar esas plantas, meterlas en bolsas y lanzárselas a él y a Agustín desde la terraza.

¿Y por qué correr el riesgo de regresar al domicilio? Fácil: porque para entonces, el líder del grupo ya había trazado un plan para deshacerse del cuerpo, quemar el piso con el cadáver dentro, y no quería correr el riesgo de que el fuego lastimase su criadero de marihuana o que este acabase en manos de la Guardia Civil si los bomberos accedían a esa parte del edificio durante las labores de extinción.

Obligó al hijo a ir a comprar la gasolina

Para llevar a cabo su acción sin que nada de lo ocurrido le salpicase, Emilio intentó, afirman los dos que han declarado, que fuese Armando quien comprase el combustible. ¿Por qué? Para que evitar ser él quien quedase registrado en las cámaras de seguridad. Pero Armando se negó en redondo, así que quien acabó yendo a por las cuatro garrafas de 5 litros cada una fue el hijo del fallecido. Eso sí, con los 70 euros que le dio el propio Emilio, afirma su compinche.

Lo hicieron en una estación de servicio de Alginet. Utilizaron el BMW de Agustín, pero este y Emilio se quedaron en el coche, ocultos cerca, mientras Juan José iba andando a por las garrafas. Eso fue el domingo, 17, por la tarde. El cadáver de Juan Miguel, con golpes por todo el cuerpo y quemaduras de cigarrillo en la cara y en la frente, llevaba 24 horas tirado en ese colchón.

Y como castigo a Armando por no obedecer la orden de comprar la gasolina, le obligaron a trasladar las garrafas, junto con Juan José al piso donde yacía el cadáver de su padre desde la noche del sábado. "Y [Emilio] nos amenazó con matarnos si no lo hacíamos". Era el lunes, 18 de agosto, por la mañana.

El hijo quería mover el cadáver

Cuando entraron en la casa para dejar los depósitos de gasolina, "vi que el cadáver estaba sobre el colchón", explica, aprensivo. El hijo de la víctima no tuvo empacho, asegura, en pedirle que movieran el cuerpo hasta la habitación del fondo, "pero me negué y me fui".

El resto de la crónica es la que se narró aquel 18 de agosto de 2025, cuando a las 22.15 horas se desató un brutal incendio precedido de una fortísima explosión. Ahora, cinco meses y una impecable investigación después, el grupo de Homicidios de la Guardia Civil de Valencia ha detenido y puesto a disposición de la jueza de Carlet a los dos principales implicados, Emilio N. P. y Agustín Usama P. L. y ha imputado al hijo por el incendio. La magistrada ha dictado prisión para los tres -los presuntos autores materiales del crimen ya están en la cárcel de Picassent desde el viernes, tal como adelantó este diario, y el hijo tendrá el mismo destino en cuanto reciba el alta hospitalaria- y libertad provisional para el cuarto, Armando C. P.

Así que, de nada le ha valido al presunto ejecutor del asesinato e ideólogo de toda la secuencia criminal haber pensado, creía él, en todos los detalles para quedar al margen; incluida la coartada para el momento del incendio: irse con su colega Agustín a un bingo de Alzira y pasearse ante las cámaras para probar que, a la hora en que se desató el fuego, ellos estaban a muchos kilómetros del fuego. Y del cadáver.