Sin rastro desde el 16 de mayo de 2017

Raquel Pozo: una llamada, un descampado y una habitación quemada en el lugar en el que desapareció

Llamó a su padre: "a las 16:30 horas nos vemos para tomar café", pero no acudió | Libraba una batalla, salir de la droga, en la que cayó en 2009 tras una depresión

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Tamara Morillo
Tamara Morillo

Periodista

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"Los días son muy largos, las noches interminables. Es una pesadilla, esto no tiene explicación". Bernarda es la madre de Raquel Pozo. Desde el 16 de mayo de 2017 libra la peor de las batallas: la de la espera, en su casa de Puerto Real (Cádiz). La de no saber. Las noticias no llegan.

"Estamos siempre pensando, esperando noticias, intentando mantener la esperanza, pero también se pierde". Desde hace cuatro años, Bernarda vive en casa de su hija. "Sé que si regresa, lo hará aquí. Estoy esperándola en su salón desde el día en que desapareció". Luis, su padre, "está roto". Son muchos meses esperando. Batalla el dolor como puede, "unos días son malos, otros, aún peor".

Aquella tarde, la última, Raquel los llamó. "Estaba normal". Se puso Luis. Quedó en ir un poco más tarde para tomar café con ellos. "No llegó nunca". Días después, la investigación desveló que aquella llamada se hizo con un teléfono que no era el suyo y desde un descampado. Allí fueron todos. Encontraron una casa abandonada, una habitación quemada y silencio. Desde aquel día, no hay más.

Últimas imágenes de Raquel compartidas por ella en redes sociales. /

"Raquel, soy papá, cuando lo oigas llámanos que estamos preocupados"

"Recuerdo la última llamada", cuenta Bernarda. "Yo estaba tendiendo ropa y lo cogió su padre. Raquel le preguntó que a qué hora iba a tomar café. Dijo que estaba en casa de un amigo y vendría después. Quedaron sobre las cuatro y media. No apareció".

El reloj avanzó. Pasó la tarde. Luis sirvió un café que no tomó. "La llamamos 40.000 veces". El mensaje, siempre el mismo, colapsó un buzón que se llenó: "Raquel, soy yo, papá, cuando escuches esto haz el favor de llamar". No hubo respuesta. Desde entonces, Raquel no está. 

Depresión y dolor

Simpática, trabajadora y buena en sentido amplio. "Raquel era buena hija, buena madre y buena persona", cuenta Bernarda. La droga llamó a su puerta en 2009. "Desde entonces, luchaba para superar su adicción". Un reto, un continuo pulso que superaba, por temporadas, con esfuerzo, metadona, ansiolíticos y antidepresivos. "Maldita depresión, malditas drogas…", lamenta su madre.

Imágenes de Raquel Pozo compartidas por su familia. /

Antes de caer, creció feliz. Se casó, tuvo un hijo -"11 años tenía cuando desapareció"- pero la sonrisa le dio la espalda. "Entró en depresión y cayó en la droga". Desde 2010 su motor era el consumo. También su objetivo. "Antes trabajaba limpiando, tras la adicción, lo hacía donde fuera para conseguir lo que podía. Ha estado de gorrilla, iba con el carro pidiendo para conseguir cuatro duros y poder consumir…". No tenía necesidad, "nosotros la ayudábamos en todo. Entraba, salía. Caía por temporadas... Cuando volvía a caer quería cosas que nosotros no le podíamos -ni queríamos- costear". Los días previos a la desaparición, en casa de Bernarda veían la luz: "Raquel estaba bien. No consumía y tomaba medicación".

Una habitación quemada

Martes. 16 de mayo de 2017. Raquel, que ha estado un par de semanas en casa de sus padres, regresa a la suya. "Estaba bien, la mar de tranquila", recuerda Bernarda. "No puedo decir que estaba totalmente quitada de la droga, porque eso nunca se puede decir, pero controlada. Esos días no consumió".

Raquel volvía a ser la persona alegre y cariñosa que tiempo atrás sepultó la droga. "Nos dijo que se iba unos días a su casa. Luego nos llamaba constantemente", afirma. La última llamada fue la tarde del martes, cuando quedaron para tomar café. No la volvieron a ver.

La investigación policial arrancó poco después. La llamada de Raquel fue clave. Dos datos salieron de ella: el teléfono desde el que llamó, que no era suyo, reveló con quién estaba. También su ubicación.

La casa abandonada que geolocalizó la última llamada de Raquel. /

"Una casa caída, un zona con agua…", cuenta Bernarda. Ella no ve -es invidente- pero describe a la perfección el sitio en el que se perdió el rastro de su hija. "Es durísimo, pero sé que es posible que mi hija no saliera viva de allí".

El rastreo condujo a un descampado situado entre Chiclana de la Frontera y San Fernando (Cádiz) que hoy sirve de techo para indigentes, pero que en aquel momento era lugar de tránsito de hombres y mujeres atrapados por la cocaína, heroína y la prostitución.

Fuentes cercanas señalan a CASO ABIERTO, portal de sucesos e investigación de Prensa Ibérica, que hay un detalle, inquietante, que alarmó a todos: el inmueble, usado para el trapicheo e intercambios de todo tipo, tenía una habitación quemada. Un cuarto en el que, presuntamente, estuvo Raquel. Las mismas fuentes apuntan a que los investigadores cerraron la duda asegurando que el dueño de la propiedad encendió las llamas "para que no se colara nadie más". Pero solo había una estancia quemada, la de ella. El resto del inmueble, en abandono, no tenía restos de incendio alguno.

La última persona que la vio

"Cuando pusimos la denuncia, contactamos con el amigo de Raquel. Ya no estaba con ella", cuenta Bernarda. Al parecer, llegó un tercero, "que es con quien se fue". Fue la última persona que la vio. A la investigación aportó pocos datos. "Nunca fue interrogado". Ni como investigado ni como testigo. Hoy ha puesto tierra de por medio. Tampoco está.

Las pesquisas se congelan y los presagios no son buenos. "Cuando cayó en la droga, siempre temí un final así. Cualquier día le van a dar una puñalada o le van a hacer algo...". Bernarda coge aire, "porque claro, cuando estaba picada, ella a lo mejor pedía droga y no la pagaba, pedía cualquier cosa, la vendía y no daba el dinero... La droga es lo que trae, es lo que trae".

La familia de Raquel ruega colaboración para encontrarla. /

La investigación no avanza. Los resultados no llegan. "Buscaron, sé que miraron por allí, pero también sé que cerca hay agua y a por Raquel no se ha metido ningún buzo", lamenta su madre. "Les pregunté, les dije que lo mismo alguien había tirado a mi hija allí. Me repondieron que con el temporal que había habido, si hubiera estado ahí el cuerpo de Raquel, ya no estaría. No miraron en el agua jamás".

Bernarda y Luis llamaban a diario a los agentes que llevan su caso. Ahora lo espacian, aguantando como pueden "por no molestar". La respuesta no ha cambiado desde 2017: "No tenemos nada. No se preocupe, que en cuanto tengamos algo los primeros en saberlo serán ustedes”.

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No se separan del teléfono. Intentan mantener las mismas rutinas, los mismos escenarios, por si vuelve Raquel. "No sabemos qué pasó. Sí que Raquel no se iría nunca. Tenía un hijo, nunca lo dejaría, y estaba muy unida a nosotros. En continuo contacto".

Siempre fue el ojito derecho de Luis, su padre, y las manos y los pies de su madre, invidente, que camina a paso corto desde que desapareció. "Maldita droga", repite Bernarda. La maldice con motivos, apunta a que por ella, su hija desapareció. Y teme que, por lo mismo, no la busquen como a cualquier otra persona desaparecida. "No la abandonen, por favor. No nos abandonen. Estamos como empezamos. Es una buena persona. Es nuestra hija". Ruega que la busquen, que no la olviden, que no la dejen desaparecer.