El asesino de Marta Calvo es "un depredador letal" con "compulsión por matar"

El perfil criminológico ratifica que Jorge Ignacio P. J. responde al modelo de asesino en serie sádico que buscaba víctimas vulnerables para verlas morir

Jorge Ignacio P. J., el asesino de Marta Calvo.

Jorge Ignacio P. J., el asesino de Marta Calvo. / LEVANTE-EMV

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Un «depredador letal con compulsión por matar.» Un asesino en serie que escenificaba cada ataque como un «homicidio sexual sádico» en el que la «fantasía esencial» era «la obtención total del dominio y el poder sobre la víctima» y «saber que él ha causado la muerte que se está desarrollando ante sus propios ojos». Es la principal de las conclusiones del perfil criminológico elaborado por el doctor en Psicología y criminólogo Vicente Garrido Genovés y por el también criminólogo y detective privado Juan de Dios Vargas, adelantado por Levante-EMV, y que ha sido realizado a petición de la acusación particular que ejerce el letrado valenciano Juan Carlos Navarro en nombre de dos de las tres víctimas mortales de Jorge Ignacio P. J. y de siete de las ocho supervivientes.

En todos los casos, entienden los autores del informe, buscaba mujeres prostituidas por su especial condición de vulnerabilidad y posible aislamiento social, lo que lleva a que sean víctimas ‘propicias’ por cuanto no suelen denunciar los continuos ataques y vejaciones que sufren.

Además, acceden a mantener relaciones sexuales mediante pago, lo que las convierte, a los ojos del putero, en objetos de uso personal, e incrementa esa misma vulnerabilidad, dado que los encuentros sexuales suelen conllevar prescindir de un elemento psicológico de escudo emocional como es la ropa (hay una fuerte exposición); además de pensar que la mujer en situación de prostitución no tiene lazos sociales y familiares suficientes como para que se la eche pronto de menos o se presione para que se investigue su desaparición.

El fin último era matar

A través de entrevistas personales con varias de las supervivientes y del análisis de los datos acerca de los asesinatos de Arliene Ramos, Lady Marcela Vargas y Marta Calvo, cometidos entre el 25 de abril y el 7 de noviembre de 2019 en València y Manuel, los autores del informe, entregado ayer en el Juzgado de Instrucción número 20 de València, que dirige la investigación contra el presunto asesino en serie, configuran todo un método de ataque, un auténtico patrón de conducta criminal, con un único fin: el homicida. La peculiaridad, recogen, es el arma letal empleada: la cocaína.

En todos los casos en que la víctima logró sobrevivir a un encuentro sexual con el ahora encarcelado, se repetía ese mismo patrón: quedaba a través de una página web de citas donde se anunciaban la mayoría de las mujeres, pidiendo siempre hacer ‘fiesta blanca’ (acompañar el acto sexual con el consumo de cocaína) y, accedieran o no, llegaba con grandes cantidades de esta droga, que les introducía a traición y con su oposición en los genitales. En el caso de Lady Marcela, por ejemplo, los forenses han concluido que en su cuerpo había veinte veces la dosis letal máxima de cocaína, algo muy difícil de justificar en un consumo voluntario.

Todas las entrevistadas reiteran que «pensaron que iban a morir durante el encuentro» con Jorge Ignacio P. J. y varias de ellas lo describen como alguien «raro», que «daba miedo» y que «sabías que te iba a hacer algo malo».

‘Serial killer’ de manual

El informe enlaza los puntos necesarios, a partir de las entrevistas y de los datos que existen en el sumario gracias a la investigación del equipo de Homicidios conjunto de la Comandancia de València y de la UCO, para concluir lo que ya llevó, hace año y medio, a reunir todos los casos —llegaron a estar distribuidos hasta en cinco juzgados distintos— en uno solo: que Jorge Ignacio P. J. responde por completo al perfil de ‘serial killer’. En primer lugar, detalla en cinco puntos por qué su actuación buscaba como fin último el homicidio: «En primer lugar, la selección de mujeres vulnerables por la práctica de la prostitución: su condición de víctimas que causan menos alarma social, mujeres cuyos actos son más difíciles de rastrear y que cuentan con menos apoyo social en caso de fallecimiento o desaparición. En segundo lugar, la manipulación ejercida para que las mujeres le cedan el control total de la situación mediante su exigencia de que acepten la ‘fiesta blanca’ al tiempo que él no consume, así como el uso que hace en determinadas situaciones de sustancias para dejar inermes a las mujeres».

«En tercer lugar», prosigue el informe, «el uso inesperado y a traición de la cocaína introduciendo una gran dosis de esta en zonas de rápida absorción, con una gran pureza, y cuya letalidad difícilmente podría serle ajena, considerando que es una persona familiarizada con su manipulación [ha cumplido dos condenas por narcotráfico y está acreditado que vendía cocaína desde sus casa de l’Olleria y Manuel]. En cuarto lugar, el hecho de que incluso cuando la mujer está en situación de inconsciencia por la intoxicación, se esfuerza en untar su cuerpo para maximizar el efecto de esa droga, lo que no tiene sentido ni fin sexual a menos que el propósito sea causar la muerte de la mujer. En quinto lugar, la insistencia en volver a quedar con la mujer que ha sobrevivido al encuentro donde se ha insertado la droga con objeto de lograr su propósito, lo que sugiere poderosamente que el propósito de esta nueva cita es causarle la muerte».

Sadismo: la fantasía de ver morir

La segunda conclusión del informe es que los dos autores afirman encontrarse ante un «asesino en serie», un «depredador letal». Así, explican: «Lo que define al asesino en serie sexual o depredador letal es la compulsión por matar. A nuestro juicio, los eventos investigados adquieren la finalidad de homicidios sexuales, donde el fin último es obtener una satisfacción sádica de naturaleza sexual: contemplar la agonía de la víctima causada por la intoxicación de la droga. Ahora bien, esa agonía no tiene por qué ser manifiesta de forma espectacular, porque lo fundamental en el homicidio sexual sádico es la obtención total del dominio y control sobre la otra persona. La fantasía esencial del homicida sexual sádico es el hecho de saber que él ha causado la muerte que se está desarrollando ante sus propios ojos».

Los autores del informe también explican que uno de los rasgos criminológicos de estos homicidas es «la inserción de objetos en las cavidades de los cuerpos, lo que claramente se da en nuestro caso», dado que en todos los casos documentados contra Jorge Ignacio P. J. este introdujo a traición piedras de cocaína de entre uno y dos centímetros en la vagina y/o el ano de sus víctimas supervivientes, tal como ellas mismas han explicado primero ante la Guardia Civil, después ante el juez y ahora ante los dos criminólogos que han trazado el perfil criminológico del investigado.