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Una investigación inédita en prisiones destapa los límites de la lucha contra los crímenes machistas

Texto de Isabel Muntané


"La maté por impulso", "la vi gritando con el cuchillo en la mano, cerré los ojos y cuando los abrí ya estaba muerta”, "una mujer no vale 20 años en la cárcel", "ahora los hombres no tenemos derechos". Estas frases, sobrecogedoras, surgen de 15 entrevistas con hombres que cumplen condena por feminicidio o intento de feminicidio. Contextualizadas con voces expertas y de familiares, conforman una anatomía inédita del feminicida que ha recibido el premio de investigación periodística Montserrat Roig. Los condenados, de perfiles muy variados, rara vez asumen los hechos. Según las especialistas, los programas de rehabilitación acusan serias limitaciones y urge poner más esfuerzos en la prevención y revisar el sistema de valoración del riesgo: la violencia psicológica, y no la física, subyace en todos los crímenes.

Hasta ahora, nunca se había entrevistado a los feminicidas en Catalunya. Sin embargo, para conocer esta realidad, hay verdades que solo podemos saber a través de ellos, aunque una parte siempre permanezca oculta. Cabe decir que la participación de los condenados ha sido voluntaria y no se les ha ofrecido ninguna compensación económica ni beneficio penitenciario. En el texto no aparecen sus nombres reales porque ellos han pedido mantenerse en el anonimato. También se han modificado referencias de contexto que pudieran identificar los casos. Aun así, alguno podría ser identificado porque el caso fue recogido por medios generalistas y otros especializados en 'true crime'. Tampoco aparecen los nombres reales de las mujeres asesinadas ni de sus familiares para proteger su intimidad y evitar nuevas revictimizaciones.

Una de las primeras conclusiones que afloran de las entrevistas es que no existe un perfil único de feminicida. Según señala Elena Garrido, psicóloga criminal y forense, “categorizar a estos hombres en base a sus características es un mito. Esto significaría que podríamos identificarlos previamente y controlarlos, lo que supondría depositar aún más responsabilidad sobre las víctimas”. Los feminicidas son hombres caracterizados por la diversidad de origen, clase social, edad o nivel de estudios. Según datos del Departament de Justícia, en estos momentos hay 94 hombres, de entre 23 y 89 años, cumpliendo condena por homicidio o asesinato por violencia de género en Catalunya, y otros 21 en prisión preventiva. En cuanto al origen, el 50,4% son españoles; el 19% proceden de países africanos, el mismo porcentaje son originarios de América Latina, y el 11,3% restante son de nacionalidades diversas.

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Despersonalizar a las mujeres asesinadas

Aun sin poder establecer un único perfil, sí existen rasgos comunes en los entrevistados. Uno de ellos es que no asumen el delito. Lo hacen tomando distancia entre ellos, la mujer asesinada y el feminicidio mediante el uso de eufemismos. “Ella”; “esa chica”; “la difunta”; “la mujer”; “la víctima”. Estas son las expresiones que utilizan para referirse a las víctimas las pocas veces en que lo hacen. Solo tres hablan de ellas utilizando su nombre propio, y precisamente son de los pocos que sí asumen el delito. En el resto de los casos fue necesario preguntar directamente, a veces con insistencia, por el nombre de las mujeres asesinadas.

A la hora de responder, muchos hacen un largo silencio, otros se traban y algunos dicen el nombre y cambian rápidamente de tema. También hay quien pregunta: “¿Quién? ¿La chica que maté?”. La actitud común es de sorpresa ante la pregunta, y alguno se muestra incómodo. Según psicólogas consultadas, negarse a hablar de la víctima supone despersonalizarla y deshumanizarla. Para la psicóloga Cecília Gelpí, especializada en violencias machistas, se puede tratar de “un mecanismo de evitación del contacto emocional para no sentir culpa, a la vez que los mantiene en una distancia que les ayuda a sostener la narrativa de que ‘no son ellos’ quienes cometieron el acto”. Si no la mencionan, asegura la jueza de vigilancia penitenciaria Carla Vallejo, también minimizan lo que han hecho y evitan enfrentarse a ello: "Sin embargo, no sabemos si quitarse parte de la responsabilidad es un mecanismo de defensa para poder vivir y que la culpa no los devore, o si es que son así”. Y en caso de que asuman la responsabilidad, añade Vallejo, “son muy pocos a quienes de verdad les pesa la culpa de lo que han hecho”.

A estas estrategias se suma que, para referirse al delito, en ningún caso hablan de feminicidio, asesinato u homicidio. “Pasó lo que pasó”; “al final pasó esto”; “cuando ocurrieron los hechos”; “la noche en que ocurrió esta desgracia”, o “me arrepiento de que me hubiera pasado esto”. Ese arrepentimiento es siempre por las consecuencias que el feminicidio ha tenido para ellos, y no por la mujer asesinada. “He arruinado mi vida”; “he perdido mi casa, mis hijos, mi madre”; “todo el mundo te juzga. No solo te juzga el juez” o “una mujer no vale 20 años de prisión”, dicen. Unas respuestas que confirman la teoría de la psicóloga forense Garrido cuando afirma que “el arrepentimiento a corto plazo siempre está relacionado con el hecho de haber sido capturado y con el cambio de modo de vida, porque incluso pueden seguir pensando que tenían razón”. 

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“Ella era muy ligera y no sé si los niños eran o no míos”

Juan Antonio entra desafiante, ocupa el espacio como si quisiera marcar territorio y poco a poco se va relajando, aunque se mantiene frío y distante. Es alto y corpulento; se sienta y coloca las manos sobre la mesa, con los puños cerrados. No los moverá de esa posición en toda la entrevista. Unas manos muy grandes y con enormes callos en los metacarpianos. Se desahogaba dando puñetazos en la pared “porque -dice- a ella nunca la toqué”.


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Insiste en que no tenía intención de matarla: “Claro que pensaba en lo que iba a hacer. Iba con la idea de meterla en el contenedor de basura. Solo quería humillarla, pero todo se torció”. Asegura que le dio un arrebato: “No me acuerdo de nada. Me quedé en blanco… abrí los ojos, miré hacia abajo y estaba en el suelo. Ya la había matado.” Por el asesinato por violencia de género está condenado a 24 años de prisión y 10 de libertad vigilada, además de otros delitos contra la propiedad y amenazas.
Juan Antonio dice que no quiere olvidar el daño que ha hecho y que ha cambiado su concepción del machismo, aunque durante la entrevista sigue mostrando su adhesión a los estereotipos que habían marcado la relación de pareja. El control, las amenazas y los celos también estaban presentes, como cuando le decía: “Te partiré la columna y te dejaré en silla de ruedas”. O cuando asegura: “Ella era muy ligera y no sé si los niños eran o no míos.” Eso sí, todo era porque “estaba muy enamorado". "Aguanté demasiado”, dice.
Las excusas de las circunstancias atenuantes

Esta falta de responsabilidad que transmiten algunos de los entrevistados encaja con sus estrategias y excusas para justificarse: consumo de drogas y alcohol, problemas económicos o mala gestión emocional. Sin embargo, Garrido afirma que “es un mito decir que estos agresores presentan problemas de la salud mental, de consumo de tóxicos o algún tipo de circunstancia modificadora de su responsabilidad”. Una opinión que confirma con datos Andrea García, jefa de la Unidad Central de Atención y Seguimiento a las Víctimas de los Mossos d’Esquadra: “En las denuncias recibidas no hay evidencias de problemas de salud mental: si la cifra real llegara al 3%, ya sería muchísimo”. Según las expertas, “un problema de salud mental es omnipresente en tu forma de vivir y no solo aflora con las mujeres que son tu pareja”.

Cabe decir que las entrevistas confirman estos datos: solo dos de los entrevistados tienen un diagnóstico de enfermedad mental y pocos habían bebido o consumido drogas. Con todo, según afirma el catedrático de Psicología de la Violencia Andrés Pueyo, “en la mayoría de maltratos está implicado el alcohol. Si el alcohol se redujera habría menos víctimas. Ahora bien, no existe una relación causal única, porque son muchos los factores que intervienen. Y la gran preocupación de la prevención es saber cuáles son los factores más relevantes en los feminicidios.”

Lo que también alegaron algunos de ellos es que no recordaban los hechos, que tenían un vacío mental del momento. “La vi gritando con el cuchillo en la mano, cerré los ojos y cuando los abrí ya estaba muerta” o “no recuerdo nada. Me quedé en blanco”. Un “no me acuerdo” que, para la jueza Carla Vallejo, “puede tener una parte de verdad, pero la otra tiene que ver con no querer revivirlo o no querer explicarlo y así justificarse”. 

Otros argumentos utilizados por los feminicidas son referirse a una infancia desestructurada, al abandono del padre o al alcoholismo paterno y a la violencia machista en la familia de origen: “Sufrí mucha violencia y siempre decía que nunca sería como mi padre, pero resultó que fui peor”, o quien afirma que su padre le "pegaba con correas y con los puños”. Esta herida relacional “puede incluir abandono emocional, falta de validación o desconexión afectiva, y puede afectar la autoestima y la capacidad de vincularse de manera sana con los demás –apunta la psicóloga Cecília Gelpí–. Pero es un daño emocional que en ningún caso justifica la violencia que han ejercido”. "Son comportamientos –añade– que no nacen de una psicosis ni de una pérdida del contacto con la realidad, sino de patrones aprendidos e interiorizados que transforman el dolor y la vulnerabilidad en ejercicio de poder”.

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“Fue en defensa propia”

Abelardo es un hombre de 58 años que llega a la sala nervioso; no deja de moverse en la silla ni de frotarse las manos. Muestra bastante disposición a hablar, aunque presenta lagunas al explicarse y una falta de capacidad discursiva que se va haciendo evidente a lo largo de la conversación. Está condenado por homicidio doloso con violencia de género en lugar de asesinato porque el tribunal no apreció agravantes como alevosía o planificación, lo que le habría supuesto una pena superior a los 6 años de condena y 5 de libertad vigilada a los que finalmente fue sentenciado. Una situación de la que presume cuando asegura: “Me he librado de que me condenaran a más años”.

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Aunque es de los pocos que acepta haber cometido el feminicidio, también es uno de los que más insiste en que “fue en defensa propia (…) si llego a quedarme sin fuerzas no sé qué habría pasado”. También afirma, de forma reiterada, que fue ella quien empezó la pelea y que, sin saber cómo, “por casualidad”, dice, le clavó el cuchillo en el corazón. Cuando despertó de la operación a la que fue sometido por las heridas que, según él, le causó ella, le “dijeron que había muerto.” Alega que no entiende qué pasó porque él no es violento: “No me lo puedo creer, no se entiende.”
Entre el 1 de enero y el 31 de octubre de 2025, los Mossos d’Esquadra han registrado 14.455 denuncias por violencia machista en Catalunya
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“Ahora soy feminista”

Manuel llega decidido, con un discurso muy bien aprendido a pesar de ciertas contradicciones que van apareciendo. Se define como feminista aun estando condenado a 24 años de prisión por asesinato por violencia de género y maltratos habituales. Durante toda la conversación habla de arrepentimiento y culpabilidad, pero se refiere al feminicidio como la consecuencia “de una conducta inapropiada que por desgracia terminó en un asesinato”.

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Manuel se muestra persuasivo y convincente, con contacto ocular sostenido. En varias ocasiones busca la confirmación de su relato, por ejemplo, cuando afirma: “Nunca he ejercido violencia contra la mujer… Todo lo contrario, yo lo he sufrido en mi casa y lo odio (…) Pero, por desgracia, yo lo he hecho. Aunque haya sido una vez, he maltratado y he quitado la vida a una persona inocente, que es muy fuerte, ¿no? Soy un asesino.” Durante su internamiento ha seguido los programas de violencia de género y asegura que le han ido “estupendamente” porque la prisión le ha cambiado. "Ahora soy feminista", dice. Cuando se le pregunta qué significa para él ser feminista, se produce un silencio incómodo. Saca una libreta con apuntes. Se queda pensando y ya no muestra la elocuencia y seguridad que habían marcado la conversación: “Tengo hermanas y siempre he tenido más amigas que amigos y me da mucho coraje que la mujer cobre menos que el hombre cuando hace el mismo trabajo.”
En los feminicidios es un error no hablar de clase social

A partir de los casos que la abogada Esther Garcia ha llevado a lo largo de 25 años, asegura que “el perfil mayoritario no se corresponde a una familia desestructurada (...) muy habitualmente son hombres de nacionalidad española y de un nivel económico medio-alto”. Esto se traduce, según García, en que “la violencia es más sofisticada y difícil de afrontar. Y no solo eso: también es mucho más difícil de acreditar”.

Todas las expertas consultadas coinciden en que la clase social influye a la hora de diseñar la estrategia de defensa porque, como afirma la abogada Laia Serra, los hombres de clase media-alta poseen “un dominio del lenguaje que no tienen otros con menos recursos económicos, personales y formativos”. Por tanto, sigue la abogada, “es un error no hablar de clase cuando hablamos de feminicidios, porque este tipo de agresores tienen un estatus que les hace sentirse validados, con recursos y reforzados en su manera de ver el mundo y en su ejercicio cotidiano de poder”. “Siempre tendrán menos percepción de sometimiento a la autoridad que el migrante o el pobre”, apunta Victoria Rosell, jueza y exdelegada del Gobierno para la Violencia de Género.

Las entrevistas corroboran estas opiniones. Los feminicidas de clase media, con mayor nivel de estudios y más recursos económicos y de red, se han mantenido más firmes en sus opiniones sobre las relaciones de pareja marcadas por estereotipos sexistas y exhiben más seguridad al justificarse: elaboran un relato más estructurado y coherente, con menos contradicciones.

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“Estoy pagando por algo que no recuerdo si hice”

Josep es un hombre de 65 años seguro de sí mismo. Entra en la sala ocupando mucho espacio y con una actitud de desafío que va cambiando a medida que avanza la conversación. Eso sí, no se desvía en ningún momento del relato de su inocencia, esquivando preguntas relacionadas con la culpabilidad o con posibles remordimientos. Durante todo el procedimiento y el juicio negó haber matado a su pareja de 28 años, lo mismo que sostiene en la entrevista, a pesar de estar condenado a 18 años por asesinato con alevosía, agravante de parentesco y violencia innecesaria.

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Josep se muestra frío y se aferra a un discurso de aparente resignación: “Estoy pagando por algo que no recuerdo si hice. Sinceramente… si ellos lo dicen, tienes que hacer de tripas corazón y mentalizarte de que es verdad.” No ahorra críticas al sistema cuando afirma con contundencia que no cree en la justicia ni en la policía. Es un hombre con un discurso bien estructurado y marcado por una frialdad emocional que le impide mostrar remordimiento o empatía hacia la mujer asesinada. En ningún momento tiene una palabra amable hacia ella, a quien se refiere con eufemismos y sin mencionar nunca su nombre. Eso sí, afirma alzando la voz que él jamás ejerció violencia machista: “No soy machista, nunca he faltado al respeto a nadie y menos a una mujer (…) jamás he pensado que el hombre sea superior a la mujer. ¿Me entiende?”
El peligro del amor romántico y la construcción de género

Según la psicóloga forense Elena Garrido, hay tres factores psicosociales que se han identificado en estos agresores: la construcción de género; la gestión emocional y los mitos del amor romántico. “Encontramos feminicidas que creen que el amor de pareja es para siempre y que la pérdida o la propuesta de una ruptura, o pensar que son engañados, es una ofensa porque, además de perder a la pareja, también pierden el estatus”, explica Garrido. Los mitos del amor romántico han aparecido en muchas entrevistas. “Estaba enganchado a ella”; “si esa mujer no estaba conmigo no estaría con nadie más”, “no estaba enamorado, estaba obsesionado”.

La gestión de las emociones en forma de violencia es recurrente para justificar los feminicidios. "No supe gestionar mis emociones, no lo pensé”; “salió la ira, la frustración”, o “soy una persona muy impulsiva”. Distintas voces expertas aseguran que estas justificaciones “son teorías descartadas científicamente porque el hecho de que tengan distorsiones cognitivas que se activan en un contexto concreto no significa que no tengan capacidad de gestionar su conducta. Ellos deciden ser violentos”, explica Elena Garrido. En la misma línea se expresa la abogada Esther Garcia cuando afirma que “no es un arrebato, es premeditación: es una manera sistematizada y pensada de ejercer violencia que siempre empieza por la violencia psicológica”.

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“Caí en la trampa”

Pere es un hombre de 68 años, corpulento y altivo, que impone su presencia nada más entrar en el despacho donde realizaremos la entrevista. Avanza hacia la mesa con seguridad, se sienta recostado en la silla, con las piernas bien abiertas, como si estuviéramos tomando un café. Está condenado a 23 años de prisión por asesinato con agravante de parentesco; maltrato en el ámbito familiar; dos delitos de amenazas con agravante de reincidencia y tenencia ilícita de armas.

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Lo que más le interesa es explicar el éxito que, sobre todo con las mujeres, dice, ha marcado su vida, y por eso se molesta ante preguntas que lo cuestionan, mostrando una baja tolerancia a la pérdida de control. Esquivar preguntas incómodas es una estrategia recurrente y en algunos momentos resulta difícil seguir el hilo porque introduce largos incisos que cuestan de reconducir.

Asegura que ella estaba en la relación por dinero y que cuando empezó la pelea “caí en la trampa y como siempre iba armado…” Cabe decir que no tenía licencia y que su profesión no requería arma alguna. También se presenta como un buen hombre muy enamorado: “Por eso hice esta tontería.” En ningún momento muestra arrepentimiento; al contrario, afirma que no puede asegurar que no lo repetiría. Sigue relatando el feminicidio sin ninguna conciencia crítica: “Si ella me hubiera devuelto todo lo que yo había pagado, no habría pasado nada. Fue un instante.” Un instante que se tradujo en un disparo en la cabeza.
La violencia psicológica siempre está presente

La mayoría de los entrevistados niegan dificultades previas en la relación: “Teníamos las discusiones normales de cualquier pareja”; “era una relación sincera” o “nunca habíamos tenido problemas”. La mayoría también desmiente haber ejercido violencia física, aunque en las conversaciones aparecen numerosos ejemplos de cómo ejercían violencia psicológica continuada y violencia vicaria cuando hay hijas o hijos. Una situación que confirma la abogada Serra cuando asegura que “la violencia psicológica siempre está presente”, y también la agente Neli Arévalo, del Grupo de Atención a la Víctima de los Mossos de Salou: “No siempre hay violencia física, pero sí hay mucho maltrato psicológico”. Arévalo, que lleva 10 años en el GAV, asegura que en la mayoría de los casos atendidos “las mujeres llevan mucho tiempo soportando violencia psicológica sin ser conscientes ni identificarla, porque la han normalizado”. Esta radiografía lleva a la abogada Esther García a mostrarse contundente: “Deben tomarse medidas para abordar la violencia psicológica, porque muchas veces es más peligrosa que la física”.

Una de las vías sería, como apunta Laia Serra, acabar con el imaginario de que antes de un feminicidio siempre hay violencia física: “Si los cuerpos policiales, las familias y la propia mujer piensan que no hay riesgo porque no ha habido una bofetada, es un error”. En la misma línea se expresa Andrés Pueyo, para quien “no siempre el feminicidio es el final de un maltrato crónico e intenso. El feminicidio no es la violencia paradigmática de la violencia de género, pero obviamente es la que más nos preocupa”.

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“Quien vea mi caso se asustará”

Liam Emiliano es un chico de poca altura y apariencia tímida. Exjugador de fútbol de 29 años. Tenía 23 cuando lo detuvieron y tendrá 52 cuando quede en libertad vigilada. Está condenado por asesinato con alevosía y ensañamiento; maltrato habitual en el ámbito familiar y quebrantamiento de medidas cautelares. Dice que su abogado lo estafó, aunque reconoce: “Quien vea mi caso se asustará”.

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Sentado al otro lado de la mesa, apenas mira a los ojos y mantiene la cabeza baja todo el tiempo. Dice que hace la entrevista porque su madre le dijo que la hiciera "y que dijera la verdad”. Acepta el delito asegurando que “no hay ninguna excusa" por lo que hizo, aunque inmediatamente añade: “Desde muy pequeño sufrí violencia de mi padre”.

Insiste en que no recuerda nada pese a haberla apaleado hasta la muerte. "Se me fue el alma. Yo la quería mucho y la echo mucho de menos”. Llevaban dos años de relación y ella ya había presentado dos denuncias: “La pegaba y siempre decía que no volvería a pasar, pero mentía”. Reconoce que era machista, muy celoso, impulsivo y violento y que se peleaba para defender lo que era suyo, “la mujer”. Muestra arrepentimiento porque ha "arruinado" su vida y la de su hijo. "Lo destrocé todo (…) sé que viviré señalado toda la vida”. Dice que ha pensado en el suicidio, pero que a la hora de la verdad se “vuelve maricón" y se acobarda: "No tengo los huevos para hacerlo”.
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El sistema de protección falla en uno de cada cuatro feminicidios (según los Mossos, en el 27% de los casos existían denuncias previas)
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“Yo soñaba con ser presidente de mi país”

Antonio fue condenado en 2021 a 20 años por el asesinato de su pareja cometido en 1997. No fue hasta que la seguridad que muestra durante toda la entrevista lo hizo caer en un error que acabó detenido por la Interpol y extraditado a España. Una llamada telefónica a una amiga de Barcelona fue el hilo que, 18 años después de cometer el asesinato, lo llevó a prisión.

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Su discurso manipulador y la actitud desafiante aparecen con contundencia cuando se le pregunta por el motivo de aquella llamada. A pesar de la insistencia, no da una respuesta clara. Atribuye la culpa a la educación recibida y a las malas influencias. Explica que estaba “ilusionado con formar una familia”, mientras que su pareja había decidido separarse, y admite que “era muy celoso": "Pensaba que ella era de mi propiedad”. Finalmente reconoce el feminicidio, añadiendo que no pensaba que acabaría siendo detenido, y afirma que “era demasiado joven": "Me sentía engañado porque ella era prostituta y yo no lo sabía”.

Antonio asegura que no lo volvería a hacer porque ahora, aunque le molestaría, sabe "gestionar las emociones”. Una frase que repiten todos los condenados que han seguido el programa de violencia de género. La necesidad de admiración y las ínfulas de grandeza que han aparecido durante el encuentro cierran su discurso: “Yo soñaba con ser presidente de mi país y cuando pasó esto mi vida se acabó”.

La culpa de todo es de las mujeres

Cuando la pareja expresa el deseo de romper la relación, “estos hombres experimentan vergüenza y pérdida de estatus que amenaza su masculinidad, emociones que pueden derivar en violencia extrema”, explica la psicóloga Cecília Gelpí. A partir de las entrevistas, se ha confirmado que el proceso de separación iniciado por las mujeres y supuestas infidelidades no demostradas por parte de ellas son momentos de riesgo. “Ella tenía relaciones con varias personas, le gustaba muchísimo el sexo y no solo conmigo”; “me enfadaba que fuera infiel”, “te impones para que no te falte al respeto, estoy defendiendo lo que supuestamente es mío”. Hay quien afirma que las nuevas relaciones de ella lo provocaron: “Ella estaba teniendo relaciones con varios y mis hijos hablaban un día de Joan, un día de Marc... Creo que eso fue uno de los detonantes”. 

A la figura de la “mala madre”, que aparece en un buen número de entrevistas, se suman otras justificaciones para responsabilizar a las mujeres: dicen que consumían alcohol y drogas y que eran interesadas, violentas y tenían mal carácter. Para la abogada Esther García, es habitual que los agresores pretendan “desacreditar a la mujer mientras ellos crean una historia falsa que interiorizan, e incluso algunos lloran, para colocarse en posición de víctima: solo buscan humillarlas”.

“Te impones para que no te falte al respeto, estoy defendiendo lo que supuestamente es mío”, afirma uno de los condenados

De hecho, la mayoría de los feminicidas que explican el asesinato lo hacen cargando la responsabilidad en el carácter de ellas: “Me gritó, me atacó cuando yo llevaba todo el día sin comer, sin descansar, me dolía la cabeza... y no aguanté” o “ella sacó un cuchillo mientras gritaba que se mataba. Yo se lo quité y al final la maté”. Otros llegan a afirmar, intentando mostrar cierta vulnerabilidad, que se defendieron. “Ella me pegó en la cara y yo me defendí”; “fue en defensa propia” o “ella se puso muy violenta, hasta que se me cruzó el cable, agarré un cuchillo y ya está”. Cabe decir que las sentencias recogen la superioridad física de los asesinos y la extrema violencia, con ensañamiento y traición, con la que la mayoría cometió el delito.

Mientras, ellos se presentan como buenos hombres, padres, trabajadores y amigos: “Tengo un corazón muy grande. Si encuentro a una persona mayor en la calle, sea mujer u hombre, la acompaño hasta su casa”; “yo separaba mucho mi faceta de padre y mi tiempo libre, y ella no”, o “toda la familia me quiere mucho porque nunca he ejercido violencia y tengo mucha paciencia”. El hijo mayor de este feminicida declaró en su contra durante el juicio asegurando que ejercía violencia. Para Rubén Sánchez, psicólogo del Servicio de Atención a la Víctima de los juzgados, estas respuestas son coherentes con la realidad de los feminicidios que él vio durante 17 años en los juzgados: “Son maestros de la manipulación, del chantaje emocional y de la violencia psicológica. Es toda una vida manipulando”.

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“No fue por violencia de género”

Jaume es un hombre de 53 años que se presenta con una actitud nerviosa y un discurso intrigante, a menudo cargado de intelectualizaciones sobre su trayectoria personal. Explica que tiene una carrera universitaria y que, antes de los hechos, disfrutaba de una buena posición económica. Está condenado a 20 años de prisión por asesinato con alevosía y ensañamiento por las más de 100 heridas que causó a su pareja.

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Reconoce el feminicidio, pero se defiende diciendo: “No fue por violencia de género, yo no odiaba a mi mujer, fue un asesinato como podría haber sido el de un amigo”. Admite que la relación “se había deteriorado” y de inmediato añade que ella tenía un carácter “muy explosivo” y que lo provocaba: “Me agredía físicamente y aquel día me dijo que me tirara de un puente y me suicidara”.

La realidad es que ella quería separarse y él se sentía abandonado. Mientras responsabiliza a la mujer, él se presenta como un buen hombre que durante el juicio no lo explicó todo para “no ensuciar la memoria de una persona que no podía defenderse”. Las excusas de Jaume son interminables y las cierra diciendo: “Tenía el cuchillo y me fui, fue una explosión de ira y de rabia”. Sigue explicando que “era como si estuviera en una piscina de agua negra y espesa. Eres consciente de que estás agrediendo a una persona, pero no te controlas hasta que acabas”. Según él, sufrió un Trastorno Mental Transitorio que nadie ha diagnosticado.

Ellos son las víctimas del sistema

La responsabilidad, dicen, no es solo de las mujeres, también del sistema social, político, policial y judicial. De entrada, culpan a las defensas que tuvieron: “Tantos años de condena no son justos. No tuve una buena defensa”. Otros lo atribuyen a errores policiales. Uno de ellos incluso insinúa que los Mossos alteraron las pruebas: “No creo en la justicia ni en la policía. Los primeros ladrones son los policías.” Otro de los entrevistados asegura que, cuando llamaba a los Mossos porque ella le agredía, "a quien echaban de casa" era a él.

Hay otro grupo de entrevistados que critican duramente las leyes de igualdad porque aseguran que son injustas con los hombres: “Ahora el hombre no tiene derechos” o “nos pueden meter a todos en la cárcel”. Una situación de la que, según ellos, las mujeres se aprovechan. "Ellas han evolucionado muy rápido y maltratan a los hombres” o “en cuanto las mujeres no consiguen lo que quieren, el hombre agacha la cabeza y la mujer se lo come”. Este discurso aparece en muchas conversaciones y uno de los entrevistados, que aún clama su inocencia a pesar de estar condenado a prisión permanente revisable, afirma que “no hay justicia porque las leyes discriminan a los hombres”.

Según datos del Departamento de Justicia de 2020, la tasa de reincidencia de los condenados por delitos de violencia de género fue del 17,7 %
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“El único culpable fui yo”

Kevin tiene 28 años y lleva casi tres en prisión por homicidio en grado de tentativa contra su expareja. Aparece algo cohibido, le cuesta mantener la mirada y durante toda la conversación se muestra muy serio. Solo sonríe tímidamente al final cuando se le agradece su participación. Dice que ha cambiado gracias al programa de violencia de la prisión y que le gustaría pedirle perdón: “Ella era muy buena chica, el único culpable fui yo”.

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Él insistía en retomar una relación de 10 meses que ella había decidido terminar. El día de los hechos, la esperó en el trabajo, la siguió hasta su casa y allí intentó matarla mientras gritaba: “Si lo dejamos, te mato”. Ella se defendió y la llegada de los vecinos la salvó. Kevin se muestra colaborador y da gracias a Dios. “Aunque suene mal, pero podría haber sido peor, la podría haber matado y no sé qué habría sido de mí”.

Asume el delito diciendo que “estaba obsesionado y si no era conmigo, no estaría con nadie”. Recalca que intentó “darle lo mejor, todo lo que quería". "Nunca le levanté la mano, nunca discutimos hasta el día que cometí el delito”. Aun así, acaba aceptando que “era un poco celoso y quizá posesivo". "Sí que ejercí un poco de violencia porque le revisaba el móvil y la controlaba un poquito… prácticamente ya solo salía conmigo”. Ese “poquito” de control se traducía en que hacía dos horas de camino solo para comprobar si ella estaba en su casa, tal como le había dicho.
¿Es posible la rehabilitación?

La mayoría de las expertas consultadas tienen serias dudas de que la prisión facilite una rehabilitación real y generalizada. "Para muchos hombres que cometen delitos de violencia de género, el mejor lugar para rehabilitarse no es la prisión”, afirma Andrés Pueyo, uno de los directores del ‘Programa de intervención en violencia de género’ en los centros penitenciarios. Según los datos de este psicólogo, hay pocos hombres que cometan más de un feminicidio porque “cuando salen en libertad son muy mayores y difícilmente volverán a tener pareja. ¿Los ha rehabilitado el tratamiento? Probablemente no”. Por su parte, la jueza Carla Vallejo añade que esta no reincidencia tiene que ver con que “la prisión derrota psicológicamente a las personas y condenas tan largas los vuelven menos peligrosos, y llega un momento en que reconocen los hechos”, a menudo para acceder a beneficios penitenciarios. “No son tontos, saben que soy la persona que les puede dar o no la libertad condicional”. Por este motivo, tanto Carla Vallejo como la jueza y exdelegada del Gobierno en violencia machista Victoria Rosell consideran que hasta que no se compruebe una evolución real en el programa de tratamiento, y cuando ya están cerca del cumplimiento de la condena, no pueden concederse ni siquiera permisos temporales: “Es una cuestión de seguridad, porque una vez tienen la libertad definitiva ya no se puede hacer nada”.

La rehabilitación, dicen las expertas, dependerá de la voluntad del condenado y cuando esta existe “los programas demuestran que las tasas de reincidencia bajan de forma espectacular”, asegura Garrido. Una valoración con la que coincide Justícia cuando asegura que, aunque haya agresores para “los que la rehabilitación puede ser especialmente difícil, los programas han demostrado ser útiles para reducir el riesgo en casos con capacidad de cambio y apoyo social”. Este programa de 31 sesiones, que profundiza en el tratamiento, las causas y la gestión de la conducta violenta en el ámbito de la pareja, es voluntario y “muchos de ellos lo siguen sin demasiada convicción; algunos acaban aceptando que quizá estaban equivocados y otros abandonan. Es una herramienta que en algunos casos ayuda a la rehabilitación, pero no es una vacuna contra la violencia”, afirma Andrés Pueyo. Fuentes de Justícia comparten esta valoración y especifican que la respuesta de los internos varía según el perfil: los que tienen rasgos “antisociales, con psicopatologías o con violencia instrumental” son los que presentan una evolución menos positiva. Según datos del mismo Departament de 2020, la tasa de reincidencia de condenados por delitos de violencia de género fue del 17,7%.

"Los condenados con rasgos antisociales, con psicopatologías o con violencia instrumental son los que presentan una evolución menos positiva", apuntan desde Justícia

Expertas como Garrido comparten la necesidad de cambiar el abordaje de esta violencia “porque no hay elementos que permitan prever que estos hombres acabarán convirtiéndose en feminicidas”. Por ello, Belén Gallo, médica forense y exdirectora general para la Erradicación de las Violencias Machistas de la Generalitat, asegura que “se tiene que incidir en la prevención. Debe ser un cambio estructural y trabajar con los jóvenes antes de que cometan un feminicidio”. Fuentes de Justicia señalan que “los programas penitenciarios deben ir acompañados de políticas preventivas sólidas” y corroboran que “la prevención es clave porque permite actuar antes del delito, desmontar mitos y roles de género y detectar señales de alerta en entornos familiares, escolares y comunitarios”. Eso sí, añaden las mismas fuentes, sin olvidar que “la rehabilitación es necesaria aunque puede parecer más reactiva porque se aplica sobre personas que ya han mostrado el problema”.

De hecho, cuando se pregunta a los condenados cómo actuarían si se volvieran a encontrar en la misma situación, solo tres de ellos afirman que nunca más lo harían porque el programa de prisión los ha "cambiado". El resto de entrevistados responden que evitarían la situación: “No la tendría que haber conocido”; “Si llego a saber que pasaría esto, no me habría acercado” o “habría tenido que irme”. Solo uno de ellos muestra dudas: “Si hablamos seriamente no puedo asegurarlo, si caíste una vez puedes volver a caer. Nadie puede decir que no lo hará”.

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“El día que me pasó esto”

Arnaldo, condenado a 23 años por homicidio de violencia de género, avisa que en algún momento puede mostrarse incómodo: “Justo hoy hace 10 años que no veo a mi hijo, fue el día que me pasó esto… Bueno, que la maté”. Es un hombre de 50 años, de apariencia fuerte y contundente, con un pasado de alto consumo de alcohol, al que culpa del feminicidio.

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Desde el primer momento activa los tópicos más recurrentes del discurso machista: la figura de la “mala madre”, la frivolidad y la obsesión por la imagen: “Ella era mucho más joven y le gustaba mucho Instagram, Facebook y todas esas cosas, y para mí el niño era lo primero”. Reitera que él cuidaba del niño mientras afirma, no sin cierto desprecio, que ella salía y “estudiaba y estudiaba”.

Describe la relación de pareja como tormentosa y con discusiones constantes de las que culpa a ambos. “El día que me pasó esto, se me fue la olla”, afirma. Llegaron desde el norte de Europa, donde vivían, a pasar unas vacaciones en Catalunya, y por la noche empezó la discusión: “Ella me pegó, me insultó y me hizo de todo”, dice. Aunque asume el delito porque lo que hizo "no está bien”, se escuda en la defensa propia y relata los hechos con frialdad y sin empatía ni señales de arrepentimiento, afirmando que para él “era como una película”. Una película en la que no menciona que la descuartizó y que intentó hacerla desaparecer distribuyendo las partes del cuerpo en diferentes contenedores. Él ya tenía un billete de avión para huir del país.

Admitan o no si lo volverían a hacer, la mayoría de entrevistas perpetúan la revictimización de las mujeres. Ellos se presentan como la parte débil de la pareja, víctimas de las mujeres y del sistema, y a partir de una inseguridad promovida, en la mayoría de los casos, por el miedo al abandono, la falta de control de la situación, la pérdida del poder y la dificultad para gestionar emociones, proyectan su malestar sobre las mujeres creyendo que con el asesinato desaparecerán sus problemas. La muerte acaba siendo la forma definitiva de consolidar el dominio sobre la mujer. 

Nota: Las entrevistas se realizaron junto con Cecília Gelpí, psicóloga especializada en violencias machista. Ello ha sido clave para entender la lógica íntima que subyace a los feminicidios.


Un reportaje de EL PERIÓDICO

Texto: Isabel Muntané
Diseño: Andrea Hermida-Carro
Coordinación: Rafa Julve / Núria Marrón

Este reportaje recibió la beca a la investigación periodística de los Premios Montserrat Roig 2023 del Ayuntamiento de Barcelona.

Premio Montserrat Roig 2023 Este texto es un homenaje a todas las mujeres víctimas de feminicidio o de tentativa y a sus hijas e hijos.

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