Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Luna de agosto

El fin de las vacaciones, cuando el sueño se convierte en pesadilla

Pese a casos extremos de intentos de suicidio o atrincherarse con la familia bajo amenazas en el apartamento de verano, el síndrome posvacacional no es una enfermedad reconocida en los manuales diagnósticos, sino la consecuencia de otras afecciones

Numerosos turistas y disfrutan de la playa de La Malagueta.

Numerosos turistas y disfrutan de la playa de La Malagueta. / EP

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Jorge Fauró

Jorge Fauró

Alicante
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

En la noche del martes 26 de agosto de 1997, la Policía de Benidorm recibió una llamada de socorro desde unos céntricos apartamentos de la localidad. Desde el interior de uno de ellos se escucharon los estremecedores gritos de auxilio de una mujer y sus hijos retenidos contra su voluntad por su marido, un ciudadano francés que minutos antes había tratado de suicidarse colgándose de la mampara del baño. Hasta el lugar de los hechos acudió una unidad de operaciones especiales, los GEO, que durante dos horas negociaron con el hombre para que depusiera cualquier actitud violenta y liberara a la familia. En un descuido del marido y padre, la mujer logró hacerse con las llaves y lanzarlas por una ventana. Cuando los agentes irrumpieron en el inmueble y preguntaron a T.B.D., de 36 años, por qué había querido poner fin a su vida e impedido salir a su familia, solo acertó a contestar: «Je ne veux pas retourner».

Los síntomas vienen de antiguo, quizá desde el momento primigenio en que las vacaciones comenzaron a extenderse entre las clases medias como un periodo de asueto remunerado por las empresas con la obligación de regresar al trabajo. Lo llaman síndrome posvacacional, y aunque es el causante de cuadros de ansiedad, insomnio y, en muchos casos, comportamiento agresivo —quizá no tan extremos como el relatado al principio— no es una enfermedad reconocida en los manuales diagnósticos, sino «una respuesta adaptativa temporal a un cambio brusco de ritmo». Lo habitual es que se prolongue entre 2 y 15 días (así ocurre en el 65% de los casos), aunque un 15% puede experimentarlo durante más de un mes. Por tanto, tal síndrome no existe, sino que aparece como consecuencia de otras afecciones más propias de un cuadro depresivo, cuya falta de tolerancia al trabajo se caracteriza por una sensación de desidia y hastío, de una angustia vital que puede llevar a un bloqueo en el cual la persona que lo presenta es incapaz de tomar cualquier decisión.

T.B.D. acabó aquella noche en la Unidad de Psiquiatría de un hospital y regresó a Francia junto a su familia cuando los médicos resolvieron que estaba en condiciones de retornar. Un par de días antes, el hombre había salido de noche a tomar unas copas y a la mañana siguiente disfrutó del típico día de playa junto a su mujer y sus hijos. Y en ese adjetivo, ‘típico’, se escondía el problema. La salida nocturna y la posterior jornada playera con sus seres queridos y lejos del trabajo y de su país, representaban para él lo opuesto a lo característico, representativo o tradicional en su actividad diaria. Lo típico, en su caso, lo característico, lo representativo y lo tradicional, consistía en un aburrido empleo en una imprenta que ese verano acometía su reconversión tecnológica, una de tantas empresas de la época que comenzaba a universalizar el uso de la informática, a la que muchos trabajadores les costaba adaptarse. La idea de que el cambio ponía en riesgo su cualificación profesional y, por tanto, su fuente de ingresos, se fue convirtiendo en obsesión durante el mes de vacaciones, hasta que días antes del regreso, de hecho, el mismo día que acudió a la playa en familia, se encerró en el baño y trató de ahorcarse con el cinturón.

Este miedo a la rentrée se manifiesta inmediatamente antes y a la vuelta de vacaciones, habitualmente con un cuadro de debilidad generalizada, astenia, problemas de insomnio que se convierten en somnolencia a lo largo del día y una capacidad de concentración y de tolerancia al trabajo muy limitada. «Muchas personas no temen la vuelta al trabajo en sí, sino todo lo que representa. Volver a la velocidad, a las responsabilidades, a recuperar horarios exigentes, a afrontar conflictos laborales… Quizás, a volver a una vida en la que hay poco equilibrio entre el trabajo y el descanso», explica la psicóloga Isabel Soriano. «Si durante el año es muy difícil compatibilizar la vida laboral y la personal, cuando se acaban las vacaciones hay más riesgo de sufrir ansiedad anticipatoria. Las personas que tienen hijos pequeños son las que más riesgo tienen porque vuelven a no tener tiempo», añade. Los especialistas calculan que hasta un 41 por ciento de los trabajadores en España está sufriendo, o sufrirá, síndrome posvacacional tras finalizar el verano como consecuencia de la vuelta al trabajo.

Aquella noche, la mujer escuchó un golpe seco procedente del baño. Cuando entró en el aseo se encontró a su marido tendido en el suelo y con el cinturón todavía alrededor de su cuello. Él comenzó a gritar y a amenazar con suicidarse. Llegó a fabular con la idea de que a su coche le habían puesto una bomba. La mujer logró salir del piso con uno de sus hijos para alertar al encargado de un local de que avisara a la Policía. El hijo menor aún se encontraba con el padre y regresó al apartamento. Aún muy alterado, el hombre cerró la puerta con llave y echó el cerrojo. Desde la calle, un alto mando policial dirigió la negociación. El turista amenazaba con saltar por el balcón. Desde la ventana de un piso vecino, el agente se ganó su confianza y, en un descuido, indicó a la mujer que le lanzara las llaves y quitara el cerrojo de seguridad. Dos horas después, la Policía entraba en el apartamento y ponía fin al encierro.

Los médicos comprobaron que T.B.D., de 36 años, carecía de antecedentes psiquiátricos. Dictaminaron, no obstante, que no se trataba de una crisis pasajera y recomendaron devolverlo a Francia en ambulancia, dado que no se encontraba en condiciones ni de conducir ni de viajar sin asistencia facultativa. Los periodistas siguieron el caso unos días y el caso acabó desvaneciéndose en el marasmo de la actualidad. Nunca supimos qué pasó una vez reincorporado a su puesto de trabajo. La edad de jubilación en Francia se sitúa entre los 62 y los 63 años. En 2026 habrá cumplido ya los 65. Con suerte, la vuelta al trabajo habrá dejado de ser un problema.

Fuente: Información