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Espectáculo astronómico

"Tranquilo, Patricio, es solo un eclipse solar”

Cubelles, una de las poquísimas localidades de la provincia de Barcelona que pudo disfrutar del eclipse al 100%, contó con un escenario privilegiado: la playa de La Mota, al lado de lo que un día fue la histórica central térmica de Foix

El eclipse hechiza el país con un minuto de oscuridad mágico y asombroso

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol.

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol. / Antonia P.

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Julián García

Julián García

Cubelles
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«Tranquilo, es solo un eclipse solar», responde Calamardo a un asustado Patricio Estrella mientras el día se convierte en noche sobre Fondo de Bikini. No hay nada astronómico en la escena, sino un gofre gigante cayendo al agua cuya sombra sume en la penumbra a nuestros amigos animados. El momento dura apenas 15 segundos y pertenece a un viejo anuncio estadounidense de Kellogg’s y Bob Esponja de 2004, pero capta con entrañable ternura una atávica fascinación humana: pocas cosas nos descolocan tanto como ver desaparecer el Sol en mitad del día.

Cubelles (Garraf) es uno de los poquísimos municipios de la provincia de Barcelona en que el eclipse se pudo disfrutar en su totalidad. Estaba ahí, como Vilanova i la Geltrú, rozando el límite de la ya legendaria zona oscura. Y aunque la duración del evento fue allí casi un suspiro, apenas 30 segundos, su principal punto de observación fue un mirador de ensueño: la playa de La Mota, justo en la linde del solar ahora vallado que entre 1975 y 2015 ocupó la gran central térmica de Foix. La demolición de la imponente chimenea y de sus edificios adyacentes permitió una visión del fenómeno tan inesperada como privilegiada que, según cómo te pillara el cuerpo o el ánimo, no era extraño emocionarse y hasta llorar.

El emplazamiento permitía dirigir la vista al edénico horizonte del eclipse desde la arena o desde la propia orilla de la playa. Quizás la circunstancia de que cientos de personas siguieran las evoluciones del asombroso fenómeno desde el interior del agua, tan caliente y espesa como el líquido amniótico, permitió la evocación, por una extraña asociación de ideas, del viejo comercial de Kellogg’s y el falso eclipse del gofre. En cualquier caso, la gente que fue llenando la playa enseguida tuvo claro que lo que se avecinaba a partir de las 19.35 iba a superar las barreras del simple asombro o de la broma. El 'hype' no era un simple 'hype': era verdad de la buena.

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol.

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol. / Antonia P.

Familias con niños. Grupos de amigos con cámara réflex y trípodes. Sillas de playa. Pícnics en la arena. Risas infantiles en el agua. Juegos con la pelota. La vida en la playa. De repente, a la hora prevista, las 19.35, la gente deja en pausa sus conversaciones para mirar al cielo a través de unos visores de cartón que dan a todo el mundo un aire ligeramente absurdo, como salido de un cómic 'pulp' de los años cincuenta ambientado en el espacio exterior.

Mordisquitos al Sol

Las gafas permiten ver que la Luna va dando mordisquitos al Sol. El día va perdiendo fuerza. El potenciómetro de la luz desciende su intensidad poco a poco en un final de jornada anómalo, sin tonos dorados ni crepúsculo. El paisaje adquiere el aspecto de una diapositiva descolorida y, de repente, empiezan a ocurrir cosas extrañas. La temperatura empieza a descender desafiando el insoportable bochorno ambiental. Las sombras se deforman y fragmentan, y por un momento todo parece ligeramente fuera de lugar, como en una realidad paralela. Quizás es algo mental, porque lo que está pasando en el cielo no es normal. Hay una desorientación compartida que recuerda que, por mucho que la vida diaria nos parezca bajo control, la mecánica del cosmos sigue yendo por libre. Un eclipse no es algo que entre en la lógica de la rutina: el Sol no desaparece dos veces en un mismo día.

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol.

Playa de La Mota de Cubelles durante el eclipse total de sol. / Antonia P.

La culminación del 100% provoca gritos y aplausos de una audiencia entregada a un espectáculo asombroso de prestidigitación cósmica. No se hace de noche cerrada, porque el cielo no queda de color negro, sino gris como una chapa de metal. Miras al Sol sin las gafas, y la corona, con sus anillos de diamantes, ya no parece el Sol, sino Gargantúa, el agujero negro de 'Interstellar', con su horizonte negro suspendido en medio de un resplandor que parece venir de otro universo.

Han sido solo 30 segundos, quizá menos, pero cuando el Sol vuelve a emerger, la gente de la playa despide a la corona negra con más vítores y más aplausos, asombrados por el evento como los primeros pobladores de la Tierra. No con su miedo (ni con el de Patricio Estrella), porque todos saben ya que un eclipse es un fenómeno astronómico y no un presagio catastrófico. Pero el asombro que provoca el primer eclipse, como el primer amor o el primer beso, es, y será, siempre el mismo: boca abierta, desconcierto y emoción al borde de la lágrima.

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