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Arte

Mercè Barberà: "Siempre he pensado que si mi madre me dio la vida, yo no podía hacer una tontería con la mía; le debía lo mejor"

Mercè Barberà estudió Enfermería e Historia del Arte y, junto al artista Pasqual Fort, formó un tándem imparable impulsando, entre otras iniciativas creativas, el prestigioso y singular concurso internacional Mini Print de Cadaqués hace ya cuarenta y seis años

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Mercè Barberà con el tórculo para estampar grabados que tantas veces utilizaron con Pasqual Fort, en el taller-galería Fort.

Mercè Barberà con el tórculo para estampar grabados que tantas veces utilizaron con Pasqual Fort, en el taller-galería Fort. / Eduard Martí

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Cristina Vilà Bartis

Cadaqués
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Por las mañanas, Mercè Barberà (Barcelona, 1933) va al mar a darse un baño. Es una costumbre antigua que mantiene viva. Por las tardes, religiosamente y desde hace cuarenta y seis años, abre las puertas del taller-galería Fort de Cadaqués para mostrar, a quien lo desee, los pequeños tesoros que le han llegado de todo el mundo. Los artistas optan a llevarse uno de los seis premios del concurso Mini Print, que da derecho a realizar una exposición individual al año siguiente.

Este concurso fue creado por Mercè Barberà junto a su marido, el artista Pasqual Fort (1927-1991). Tras su muerte, y a pesar de las dificultades, ella lo ha mantenido vivo con el apoyo de sus hijos y por amor al arte.

"Pasqual me abrió mucho los ojos a muchas cosas. Tuve esa suerte", admite la galerista, toda una institución en Cadaqués. A sus 93 años, Mercè Barberà mantiene intacta la ilusión y sigue disfrutando de todo lo que le ha aportado el Mini Print.

Mercè, ¿dónde nació?

En Barcelona, en la calle Àuria, 115. Es decir, soy barcelonesa y, además, de familia barcelonesa, porque mi tío abuelo era Santiago Rusiñol.

¿El escritor y pintor?

Sí. Mi padre era médico. El doctor Francesc Gallart tenía la Escuela de Patología Digestiva de Barcelona, en el Hospital de Sant Pau, que era la mejor de Europa. El doctor tenía la manía de decir "coño, coño, coño" cada cinco minutos, pero trataba a la burguesía barcelonesa; era el mejor médico del aparato digestivo. Entonces mi padre era el segundo.

Un día, María Rusiñol llamó al doctor Gallart y este le dijo: "Ve tú, Josep". Y así fue. Mi padre nunca decía una palabrota; era una persona buenísima. María tenía una sobrina, Mercè Barberà, y se la presentó a Josep. María fue mi madre, pero murió cuando yo nací.

¿Murió durante el parto?

Sí. Le hicieron una cesárea y una transfusión. En aquella época las transfusiones estaban empezando y fue fatal. Sobre todo teniendo en cuenta que mi padre era médico y que estaba el doctor Puig Sureda, que era el mejor. Fue uno de esos fracasos tremendos.

¿Sintió la ausencia de su madre?

No, no. Mi padre hizo de madre y de padre, pasó la guerra... Te seré sincera: lo que sí pensé, y lo he pensado siempre, es que si mi madre me dio la vida, yo no podía hacer una tontería con la mía. Le debo hacer lo mejor que sé, ¿no? Y lo hago. Lo que pasa es que es poca cosa.

Que su padre asumiera solo esa responsabilidad dice mucho de él.

Era un hombre maravilloso. Después volvió a casarse y tuve dos hermanos, a los que quiero muchísimo y que fueron una alegría. Recuerdo que salía del colegio y mi ilusión era ver al bebé. No he tenido muchos remordimientos en la vida, de nada.

Así que tuvo una buena infancia, a pesar de haber nacido en 1933.

Sí, la guerra... Yo tenía tres años. Mi madre tenía una hermana gemela y, con su familia, huyó. Antes le dijo a mi padre que me llevaría con ella, pero él respondió que no, que la niña seguiría su destino.

Entonces mi padre eligió a una paciente, una mujer fantástica y muy educada, para que me cuidara, y alquiló una enorme masía en Cervelló a una marquesa que había sido paciente suya. Nos fuimos allí ella y yo, con caballos y todo tipo de animales.

¿Se fueron al exilio?

No. Mi padre era médico en el Hospital Clínic. Iban con botas de soldado. Eran médicos con bata blanca, pero preparados para actuar como médicos de guerra cuando les tocara.

¿Por eso usted estudió Enfermería?

Sí, pero al salir del colegio hice durante tres meses el Servicio Social en Aranjuez. Allí, por cierto, estaba la castañera, ya muy mayor, que era amiga de Santiago Rusiñol. Él pintó allí los jardines y, cuando terminaba, después de que el rey le facilitara un carruaje para entrar y salir, se iba con la castañera porque allí estaba calentito. Me hizo mucha gracia que ella aún se acordara de él; eran íntimos amigos.

Eso me impidió entrar en Historia del Arte, que era lo que yo quería estudiar. Sin embargo, después de esos tres meses, el doctor Roca de Viñals me ayudó a entrar en Enfermería y me gustó mucho. Aprendí muchísimo.

Quizá así entendió un poco mejor la profesión de su padre.

Claro, aunque a él no le gustaba demasiado que trabajara allí, porque veía sufrir mucho a la gente.

¿Llegó a ejercer?

Estuve tres años en el hospital estudiando, haciendo guardias y pasando por todas las secciones. Después tuve la ventaja de que, cuando nacieron mis hijos, lo tenía todo gratis. Los médicos se acordaban de mí y acudía a quienes habían sido compañeros. Y eso que nunca he tenido un duro, porque cuando te casas con un artista... (ríe).

¿Cómo conoció a Pasqual Fort?

Mi padre era de Reus, bueno, de Alcover, pero a los cinco minutos de nacer ya estaba en Reus. Su hermano tenía una casa en Salou, la Villa Enriqueta, en el paseo marítimo, y yo iba allí un mes como invitada.

Mi prima tenía novio y nosotros hacíamos de "sujetavelas". Íbamos a comer pizzas a playas desiertas. Un día llamó a un amigo para que fuéramos cuatro. Ese amigo era Pasqual, que era de Reus.

Pasqual Fort y Mercè Barberà preparando el Mini Print en el Taller Galería Fort de Cadaqués.

Pasqual Fort y Mercè Barberà preparando el Mini Print en el Taller Galería Fort de Cadaqués. / Archivo familiar

Él era mayor que usted.

Sí, unos siete años. Había nacido en 1927. Era un hombre que no perdía el tiempo con tonterías. Me vio y dijo: "Esta". Yo no lo sabía, pero después me lo explicó. Y lo consiguió. Me convenció.

Ahora que soy mayor y que ya no está, pienso que tuvo buen ojo, porque no sabes todo lo que llegamos a hacer juntos. A veces pienso qué otra mujer le habría seguido o incluso entendido. No lo sé.

En aquella época, ¿él ya se dedicaba al mundo del arte?

Sí. Hacía esmaltes sobre cobre inventando técnicas.

Era artista de verdad.

Era lo único que era. Bueno, también era relojero y joyero en la joyería Pasqual de Reus, por eso trabajaba con esmaltes. La joyería Pasqual siempre fabricó sus propias joyas. No era una tienda al uso. Llevaban haciéndolas desde 1803 y se cree que es la primera joyería de Cataluña.

Quizá estaba destinado a ser joyero.

Su madre era fantástica, una mujer muy valiente. Una bomba lo destruyó todo y lo perdieron absolutamente todo. Acabaron en el hospital y ya te puedes imaginar cómo estaba la gente. No quedó ni un anillo. Tuvieron que empezar de cero. También reconstruyeron la casa, pero tenían mucho crédito.

Él tenía un espíritu muy independiente y no podía desarrollarse al lado de una persona con tanta personalidad como su madre. Así que nos fuimos, aunque la queríamos muchísimo.

Recién casados abrimos una galería de arte y una pequeña tienda de antigüedades en la Rambla Nova de Tarragona, en el número 3, junto a Roger de Llúria.

¿Cómo era la galería?

Primero montamos una tienda de antigüedades, pero con objetos divertidos, sin tomárnoslo demasiado en serio. Como él era joyero, también vendíamos joyas.

Con el tiempo, en la planta de arriba, inventamos una galería dedicada a pintores catalanes muy modernos, y eso hacía que mucha gente pasara de largo. No entendían nada; todavía no estaban preparados. Solo conectaban con los artistas más accesibles, como Cesc, Guinovart o Joaquim Chancho, que hizo allí su primera exposición.

Lo bonito era conocer a todo ese mundo porque Pasqual hacía cosas tan especiales que quería relacionarse con ese tipo de personas.

A Pasqual le gustaba experimentar.

Todo el tiempo.

Más tarde, en 1965, se marchan a Estados Unidos.

Sí, fuimos a la Feria Mundial de Nueva York. Entre tanto habíamos tenido cuatro hijos y, cuando nos marchamos, Mercè tenía solo ocho meses. Dejé a dos de ellos con una tía, en las mejores manos posibles.

Eso no significa que no lo pasara fatal. La añoranza fue muy dura, pero allí veíamos un futuro para un artista y, sobre todo, para nuestros hijos, porque con Franco no veíamos ninguna posibilidad de salir adelante.

¿Participaron en la Feria?

En el Pabellón Español. Elegimos un espacio muy pequeño donde instalamos el taller de esmaltes, con el horno, los ácidos y todo el material.

¿Pensaban quedarse allí?

No, pero sí ganar algo de dinero, hacer contactos... Sin embargo, tuvimos éxito. Se llegó a decir que los esmaltes catalanes eran los mejores del mundo.

Pasqual hacía las cosas más atrevidas y yo aprendía sobre el románico catalán, también gracias a él. Todo era autodidacta. Éramos una mezcla.

Usted acabó estudiando Historia del Arte después de casarse.

Sí. Cuando regresamos de Estados Unidos y la Universidad de Barcelona abrió sede en Tarragona, me matriculé.

Mercè Barberà en el taller-galería Fort de Cadaqués rodeada de todos los grabados participantes en el concurso Mini Print 2026.

Mercè Barberà en el taller-galería Fort de Cadaqués rodeada de todos los grabados participantes en el concurso Mini Print 2026. / Eduard Martí

En Nueva York abrieron una galería.

Vivíamos en Queens. Íbamos a Sutton Place y había una galería de una mexicana que tenía obras muy interesantes. Un día encontramos al propietario muy enfadado. Nos explicó que la mujer se había marchado sin pagar.

Entonces Pasqual le preguntó si el local estaba en alquiler. Cuando el hombre respondió que sí, él dijo: "I take it". Esa frase aún la llevo aquí (se señala el pecho). Pensé: "¿Y los niños? ¿Cómo lo haremos?". Era un lugar fantástico, pero también un gran desafío.

¿Estuvieron allí mucho tiempo?

No. Intentamos regularizar la inmigración, pero a mí me deportaron. Tuve que volver con los niños con la intención de regresar, pero era imposible. Además, para los españoles había veinte años de espera para conseguir los papeles, mientras que un sueco entraba enseguida.

Aun así, el abogado consiguió que más de trescientos estadounidenses firmaran diciendo que Pasqual era necesario para el país. Habíamos conocido a muchísima gente en la Feria y él les escribió. Aquí no lo habría hecho ni mi tía (ríe). Los estadounidenses fueron muy generosos; ahora tienen esa especie de monstruo, un asesino.

¿Cómo terminó todo?

Estábamos separados. Un día fui al consulado y el cónsul me dijo que si no era capaz de vivir separada de mi marido, tampoco sería capaz de vivir en América.

Ahí se me acabaron las ganas de quedarme y regresé. Dos años después la lista de espera había pasado de veinte años a tres, pero Pasqual ya no soportaba seguir separado. Me escribía una carta cada día. Conservo un montón de aerogramas explicándole lo que hacían los niños.

¿Y la galería?

Fue un éxito y funcionaba muy bien, pero no pudo ser. En cambio, todos aquellos contactos y aquella experiencia hicieron posible el Mini Print. Pasqual decía: "Estoy inventando cosas y, si alguien está haciendo lo mismo en otra parte del mundo, estoy perdiendo el tiempo y me gustaría saberlo". Ahora es fácil, pero en los años setenta no lo era.

¿Fue entonces cuando llegaron a Cadaqués, en 1973?

Primero alquilamos una casa porque Pasqual no conocía la Costa Brava. Yo, en cambio, llevaba toda la vida yendo a Llafranc.

¿Por qué Cadaqués?

Porque confiábamos en que hubiera movimiento artístico. Un día el marido de una amiga me llamó para decir que había comprado dos de las imprentas más importantes de Barcelona, las Sobirana, pero que no sabía qué hacer con ellas.

Volviendo de Portbou pasamos cerca de la casa del capitán Moore y nos detuvimos para ver si podía surgir algún trabajo con Dalí. Íbamos con los niños, que eran monísimos, y fue una gran carta de presentación.

Nos quedamos. Pasqual le pidió trabajo y precisamente Dalí quería hacer 'La vida es sueño', de Calderón de la Barca. Tenía los dibujos en París, enormes y maravillosos. Fuimos allí para estudiar si podían reducirse para hacer aguafuertes. Pasamos dos años invitados en Portlligat, en una casita junto a la de los Dalí.

Mesa de trabajo en la galería Fort de Cadaqués.

Mesa de trabajo en la galería Fort de Cadaqués. / Eduard Martí

Debieron de tener mucha relación.

Continuamente. Dalí era muy riguroso con el trabajo y el libro quedó precioso.

¿Hicieron más trabajos juntos?

Sí, tuvimos suerte. Más tarde, con su otro secretario, Sabater, también trabajamos bastante para él.

¿Fue entonces cuando decidieron quedarse?

Conocimos a Bombelli y vimos este edificio, que estaba completamente destrozado y quemado. El propietario y el arquitecto, Bombelli, decidieron vender los espacios a artistas.

Nos entusiasmó, aunque todo el mundo nos decía que allí nadie nos vería. Como estaba medio en ruinas y nosotros éramos artistas, nos lo dejaron a un precio muy bajo (ríe).

Hoy sería imposible con los precios actuales.

No habríamos podido pagarlo. Incluso cuando no podíamos afrontar las cuotas, nos dejaban hacerlo como si fuera un alquiler. Nos dieron todas las facilidades y fuimos los primeros artistas en instalarnos aquí. Después llegaron un alemán, varios escultores y la calle se transformó en una calle de artistas y galerías.

¿Pasqual tenía aquí su taller de grabado?

Tenemos el tórculo, sí, pero el taller estaba en Barcelona. Cuando volvimos de Estados Unidos estuvimos dos años en Tarragona y luego nos trasladamos a Barcelona, donde abrimos un magnífico taller en la calle Major de Gràcia. Allí realizamos los trabajos para Dalí con la ayuda de varias personas.

¿Cómo se les ocurrió crear el Mini Print?

Estábamos en el cabo de Creus pensando qué podíamos hacer y queríamos saber qué se estaba haciendo en el mundo. Aprovechando que teníamos tantas direcciones y muchas revistas, pensamos en lanzar una convocatoria.

Inventamos las bases sin copiarnos de nadie. Elegimos ese formato porque era perfecto para enviarlo por correo y porque una plancha de cobre ya ofrecía muy buenos resultados.

Empezaron sin saber qué ocurriría.

Ni mucho menos. Y la respuesta fue fantástica. Lo anunciamos en todas las revistas estadounidenses y empezaron a llegar obras de todo el mundo, desde Japón hasta Australia.

El primer año participaron unos cuatrocientos artistas y la respuesta superó nuestras posibilidades económicas. Nos quedamos asombrados.

Ahora el jurado lo forman los artistas ganadores, pero el primero estuvo compuesto por Lanfranco Bombelli, Richard Hamilton, con quien éramos muy amigos, Rafael Santos Torroella, Glòria Moure...

La Generalitat nos ayudó un poco para editar el catálogo. Entonces estaba Daniel Giralt-Miracle, que entendió el proyecto. Hoy todavía hay quien no lo entiende.

¿Qué quiere decir?

Que ahora ya no nos ayuda nadie. Cuando murió Pasqual me ayudó el Ministerio de Cultura porque Jordi Solé Tura era ministro y también el hijo de Mariona Sanahuja.

Pero el Mini Print es un concurso muy singular.

Es el único concurso internacional de estas características que se celebra en Cataluña y este año reúne a artistas de cincuenta países. Ha habido años en los que participaron sesenta.

También destaca por su continuidad. Nunca han dejado de celebrarlo.

Sí, cada año. Pasqual murió en 1991. Acabábamos de firmar un acuerdo con Inglaterra en septiembre y falleció en diciembre de un cáncer fulminante.

Llamé para preguntar qué hacíamos, si aún querían seguir adelante porque Pasqual había muerto. Se quedó en silencio y me dijo: "Do it". Esas dos palabras me ayudaron muchísimo.

También estaba Mariona Sanahuja trabajando en el Mini Print en casa cuando murió Pasqual. Me dijo que fuera a ver a su hijo, que era el segundo de Solé Tura, en Madrid.

Le enseñé el catálogo y me preguntó: "¿Esto se hace en España?". Le respondí: "Se hace en España y tu madre participa". No lo sabía. Me dieron el dinero suficiente para poder seguir tranquila.

A pesar de la ausencia de Pasqual, continuó con el proyecto.

Sí. Mi hijo Pep, que se había quedado sin trabajo, me ayudó. Ahora me ayuda mi hija Mercè. Esto tiene que ser un proyecto familiar y completamente voluntario, porque somos una asociación sin ánimo de lucro.

¿Alguna vez pensó en dejar el Mini Print?

No. Como todo lo hacía con él y sabía cómo hacerlo, no tenía dudas. Teníamos muchas cosas organizadas; era una coproducción. Además, me ayudó a superar su pérdida y todavía me ayuda, porque para mí las personas no se van del todo.

También era un proyecto al que ambos tenían mucho cariño y que levantaron juntos.

Sí. La parte creativa era suya; yo solo podía opinar. Pero era una auténtica coproducción.

¿Qué ha significado para usted este concurso?

Todo. Mis hijos y mis ocho nietos son muy importantes, pero el Mini Print es fantástico. Voy a Correos, abro los paquetes, los miro, decido...

Las cartas que recibo de los artistas diciéndome que están contentos y que siguen participando me emocionan. A veces la gente no se da cuenta de que detrás de un papel hay una persona, y esa persona me influye, me dice cosas.

Cuarenta y seis años de Mini Print. ¿Con la vista puesta en el medio siglo?

Sí, espero llegar. A estas edades, cada día es un regalo.

Fuente: Empordà