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Gibraltar

Aracely Laza, la niña que creció gritando a su familia al otro lado de la Verja de Gibraltar: "Me arrebataron la infancia con mis primos"

Aracely Laza tenía cinco años cuando el cierre decretado por Franco en 1969 partió a su familia entre el Campo de Gibraltar y el Peñón: durante trece años, las visitas fueron gritos desde la frontera, canciones dedicadas por la radio y viajes imposibles por Tánger

Aracely Laza, la niña que creció gritando a sus tíos al otro lado de la Verja de Gibraltar

Aracely Laza, la niña que creció gritando a sus tíos al otro lado de la Verja de Gibraltar / Patricia Godino

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Patricia Godino

Patricia Godino

La Línea de la Concepción
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La niña Aracely tenía sólo cinco años cuando de un día para otro la vida de su familia cambió. "A mi abuela le arrebataron los abrazos de tres de sus cuatro hijos; a mi madre, estar cerca de sus hermanos; a mí, crecer y jugar con mis primos, disfrutar de una familia grande como éramos. Mi familia cambió para siempre", cuenta alrededor de una taza de té en una cafetería de Algeciras, donde ahora vive. Como la suya, miles de familias del Campo de Gibraltar sufrieron de lleno las consecuencias del cerrojazo que Francisco Franco pegó a la frontera de Gibraltar el 8 de junio de 1969.

Ese mismo paso fronterizo dejará de funcionar como control ordinario en la medianoche de este 15 de julio, con la entrada en vigor provisional del tratado entre la Unión Europea y Reino Unido sobre Gibraltar. "No supieron hacer política", sentencia Aracely que, con todo, observa con cautela cómo se materializará "en el día a día" el fin de la Verja.

Aquel cierre traumático se mantuvo hasta la medianoche del 15 de diciembre de 1982, cuando se abrió la frontera para el paso a pie en lo que fue una de las primeras decisiones que tomó el recién elegido Felipe González. El primer Gobierno socialista de la democracia tardó dos años más en permitir que pasaran los coches. Aquel aislamiento al que la dictadura sometió al pueblo gibraltareño y las consecuencias que causó en la economía y la sociedad del Campo de Gibraltar aun se pagan. En política, nada es inocuo.

En el caso de Aracely Laza (Estación de San Roque, 1964) dejó una huella honda: a un lado de la Verja, en suelo británico, se quedaron sus tíos, las dos hermanas y el hermano de su madre. "Ellos tres se fueron a trabajar a Gibraltar porque aquí no había oportunidades. Mi tío se metió a conductor de camiones y mis tías empezaron a servir en las buenas casas del Peñón. Cuando se cerró la frontera, ya estaban casados, tenían sus casas allí y sus familias, no se podían venir".

Aracely Laza junto a su tío

El tío de Aracely Laza, Manuel Delgado, junto a su hijo Bryan, en una fotografía de la época tomada junto a la frontera de Gibraltar.. / Aracely Laza

En una comarca como ésta, el empleo en la colonia ha sido una salida laboral desde siempre. Miles de españoles contribuyeron a la riqueza de Gibraltar trabajando como mano de obra que sostenía negocios, tiendas y casas. Una riqueza que llegaba de forma generosa también a los negocios de La Línea y a la sociedad, donde había cuotas de libertad inéditos en otras partes del mapa español: a este lado de la Verja había vinilos de rock &roll en inglés, llegaron los condones, las mujeres fumaban, usaban medias, sedas y perfumes y había dinero suficiente para contratar a los grandes nombres de la copla y el toreo para las ferias locales. La Línea era moderna.

En 1967 Gibraltar votó de forma masiva seguir bajo bandera británica

Demasiada libertad para Franco. La decisión del cierre pilló a todos por sorpresa. Instigado por uno de los próceres del régimen, el ministro de Exteriores, Fernando María Castiella, Franco no terminaba de asimilar que en 1967, los gibraltareños hubieran elegido en referéndum de manera abrumadora seguir bajo soberanía británica en lugar de pasar a manos españolas, como viene reivindicando nuestro país desde el inicio de este conflicto diplomático que hunde sus raíces en 1704. Años antes, al dictador ya le había irritado que la reina Isabel II visitara durante un día y medio, en mayo de 1954, un viaje que se calificó de "histórico" y que exhibió ante los ojos del mundo quién era la dueña de aquellos monos que coronan el Peñón.

Así que de la noche a la mañana, cerró la Verja. "En el lado de Gibraltar, las vallas siempre permanecieron abiertas, fue un gesto para que quedara claro que la puerta la había cerrado España, no los ingleses", cuenta Aracely.

A gritos en la frontera y en barco a través de Tánger para llegar a Gibraltar

A partir de entonces, el relato familiar de Aracely se parece al de tantas familias de la zona, como bien retrató en su día el documental La Roca (Raúl Santos, 2011). "Cada 15 días, sin faltar uno solo, lloviera o granizara, mis padres, mi abuela, mis hermanos y yo íbamos a la frontera. Nos colocábamos pegados a la Verja, en fila, y nos poníamos a gritar. Hasta que allá a lo lejos mi tío o mis tías lograban distinguir nuestros gritos", recuerda sobre ese territorio llamado La Focona, la adaptación al llanito del término en inglés Four Corners (cuatro esquinas), la zona neutral del puesto de control fronterizo que conecta Gibraltar con La Línea.

Los pulmones de esa niña, que se hizo adolescente agarrada a unos barrotes cada dos semanas, eran potentes y por tanto útiles para trasladar los mensajes familiares de un lado a otro, mensajes que se escuchaban "peor o mejor dependiendo del viento": "¡Titooooo, estamos bien!. ¡Titoooo, es la comunión de Rosa!". Aracely muestra en su movil un puñado de fotografías que ha hecho del album familiar que custodia su madre, María Delgado, hoy de 89 años. En una de ellas aparece una de sus hermanas vestida con uno de esos trajes de comunión casi como si fuera una princesa tan típico de los 80. Está subida en los alto de la vaca de un coche de la época. "Como desde la frontera mis tíos no podían verla, mi padre la subió al coche", cuenta. Era habitual ver a las familias ataviadas con prismáticos, con pancartas, con mil y un inventos para hacerse entender al otro lado. "Nos conformábamos minimamente con escuchar al otro lado: "Estamos bieeeen".

En esos 13 años que duró el bloqueo hay episodios felices y luctuosos pero todos están atravesados por los problemas de comunicación. "En aquella época el teléfono era un lujo, las cartas tardaban quince días en llegar o más y para ir a Gibraltar la única manera era ir en barco por Tánger, con un día entero de travesía", apunta. Ese fue el camino que tuvieron que hacer cuando junto a sus padres y sus hermanas viajó hasta el Peñón para acudir a la boda de su tío. "Aracely recuerda que "un viaje así no se lo podía permitir todas las familias": "Para nosotros fueron días de fiesta auténtica. Nos pusimos a cantar flamenco en los bares y mi tío se dedicó a llevarnos por todos los bares para que hiciéramos el show".

De aquel primer viaje a Gibraltar, Aracely se llevó también una percepción, que luego ha sido acervo común. "Si Franco quiso aislarlos y minarles la moral, lo que consiguió fue justo lo contrario", opina. Les hizo fuertes, se unieron entre ellos muchos y a falta de poder salir del Peñón inventaron la forma de entretener las horas: "Ellos tenían una vida cultural y social enorme, todas las causas, todas las fiestas tenían un día de celebración", cuenta sobre la idiosincrasia del puebo gibraltareño que celebraba en el antiguo casino, en el teatro de la Cueva de Saint Michael o en Casemates Square.

Aracely Laza mostrando fotografías de la boda de su tío

Aracely Laza mostrando fotografías de la boda de su tío / Patricia Godino

Aracely tiene un recuerdo imborrable de aquel tiempo de bloqueo y cerrojazo: el de su abuela, sentada en su mecedora y pegada al transistor a las cuatro de la tarde. Sintonizaba la radio de Gibraltar. Al otro lado de las ondas, se escuchaba la voz de Norma Delgado, una de las más queridas locutoras de radio del Peñón en la GBC y conductora de La hora de Gache, un magacín de variedades donde siempre había un espacio para las canciones dedicadas. "Norma era la mujer de mi tío; siempre encontraba la manera de dedicar al menos una canción a su suegra, mi abuela; era la forma de decir estamos bien".

Desde la parte gibraltareña, los yanitos, noqueados en un primer momento, se entregaron a su metrópoli y reforzaron su identidad británica, sustituyeron la mano de obra española por la marroquí y potenciaron aquello en lo que eran los mejores desde antiguo: business. Fundamentalmente lo hizo gracias a una política fiscal que, en las últimas décadas, ha facilitado la instalación de unas 17.000 empresas en su exiguo territorio de tres sectores fundamentales: los servicios financieros, el comercio lujo y el juego online, aunque éste ámbito se ha retraído bastante desde el Brexit a favor de Malta.

En su ensayo Yanitos: Viaje al corazón de Gibraltar (1713-2013), el periodista y escritor Juan José Téllez escribió: "Gibraltar y su campo parecen un matrimonio que duerme en habitaciones separadas, ajeno mutuamente a su respectiva actualidad".

Ahora, cuando la Verja vuelve a cambiar de significado, Aracely mira el nuevo tiempo con la prudencia de quien sabe que una frontera no es solo una línea en el mapa. Su final, más de medio siglo después, no borra aquella herida, pero obliga a mirarla de frente: durante trece años, miles de familias no pudieron abrazarse y aprendieron a quererse a gritos. Y quizá por eso espera que esta vez, cuando los barrotes dejen de ordenar la vida diaria entre La Línea y Gibraltar, la política no vuelva a olvidar a las miles de personas que cruzan a diario.

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Fuente: El Correo de Andalucía