Eclipse solar
Dos turistas astronómicos que han visto hasta 16 eclipses solares totales: "Hasta que muera, me apuntaré siempre que haya uno"
Carme y Jaume han recorrido el mundo siguiendo este fenómeno y recomiendan «disfrutar» en lugar de hacer fotos durante la totalidad
Estas son las medidas de los expertos para disfrutar del eclipse de agosto de forma segura: "En 1999 salimos tarde y quedamos colapsados en la carretera"

Los turistas astronómicos Jaume Sacasas y Carme Lluís prueban las gafas de protección de eclipses que utilizarán el 12 de agosto / Guifré Jordan
ACN / Guifré Jordan / Oriol Escudé
Panamá, Kenia, Hungría, Túnez, Rusia, Australia o, incluso, la Antártida. Son solo algunos de los destinos de los viajes de Carme Lluís y Jaume Sacasas durante las últimas tres décadas. Las visitas y el turismo, sin embargo, son secundarios para ellos, que tienen otra prioridad cuando se desplazan al extranjero: cazar eclipses. Carme ha presenciado 16 eclipses solares totales y dos anulares en todos los continentes, y Jaume, su marido, la ha acompañado en la mayoría de las aventuras. Con su experiencia, no pueden evitar reconocer que «la gracia» es que un eclipse se produzca al mediodía y no al límite de la puesta de sol, como el del 12 de agosto, pero, en cualquier caso, recomiendan «disfrutarlo» en lugar de hacer fotografías durante la totalidad.
«Hasta que muera, me apuntaré siempre que haya uno», afirma Carme en una entrevista con la ACN. La mujer ronda los 80 años, pero eso no le impide planear junto a Jaume no solo el fenómeno del 12 de agosto, sino también el eclipse solar total de agosto de 2027 y el solar anular de 2028. Para ella, vivir uno es el mejor «espectáculo de la naturaleza» que se puede presenciar y una «ilusión brutal». Además, expresa que cada uno es diferente por el entorno, la duración, la hora, la montaña o el mar. «Me molesta mucho que me digan que, visto uno, vistos todos», exclama.

Carme Lluís, con la camiseta conmemorativa del eclipse del 1998 que vivió en Panamá / Oriol Escudé
Con el presidente de Panamá o en la Libia de Gadafi
Todo empezó en 1994, cuando comenzaron a viajar al extranjero con el objetivo de disfrutar de un eclipse solar, y desde entonces se ha convertido en «una droga» para ellos. Uno de los que más recuerdan es el que presenciaron en la selva del Darién, en Panamá, «un lugar de tránsito de narcotraficantes», en 1998. Jaume recuerda que el ejército de este país de América Central los protegió y que incluso apareció «el presidente de Panamá, que llevó hasta allí un buque de guerra». Pese al despliegue de las autoridades, pasaron por diversas vicisitudes —como en otros viajes astroturísticos, especialmente a lugares remotos— porque no había lavabos.
Desde entonces, han visitado lugares como China, Indonesia o la Libia de Muamar el Gadafi, donde, según explica Carme, acudieron los mejores científicos del mundo y les prepararon «las mil y una noches en tiendas de campaña con luces» para las comidas y para dormir en sacos. «El eclipse fue brutal, en medio del desierto, en medio de la nada», recuerda sobre un espectáculo «inolvidable» que tuvo lugar al mediodía. «Lo mejor de la naturaleza que he visto nunca por el mundo», remacha.

Distintas camisetas conmemorativas de eclipses a los que han asistido los turistas astronómicos / Guifré Jordan
El turismo astronómico para cazar eclipses tiene un riesgo: la meteorología, como bien saben estos dos entusiastas del fenómeno residentes en Badalona. Algunas de las experiencias «frustrantes» que han vivido fueron las de las islas Feroe y la Antártida, donde las nubes arruinaron parcialmente sus planes. También ocurrió durante una expedición que realizaron a Kenia. En algunos casos, para esquivar la nubosidad, Carme explica que «los grandes científicos y la gente poderosa que puede pagárselo alquilan avionetas» y contemplan el acontecimiento por encima de los obstáculos.
El «silencio sepulcral» de un eclipse
En cualquier caso, recuerdan que durante un eclipse solar total, se vea o no el astro, siempre oscurece. Además, explican que mientras se produce «hay un silencio sepulcral» y los pájaros dejan de piar. Las temperaturas, añade Jaume, pueden bajar hasta cinco grados y, cuando se acerca el fenómeno, «sopla un poco de aire que se conoce como viento del eclipse».
Para estos astroturistas, desplazarse para ver las alineaciones celestes también representa una oportunidad para hacer turismo. Así ocurrió durante el eclipse que vivieron en Novosibirsk, Rusia, en plena Siberia. En aquella ocasión se bañaron en el río Obi, que atraviesa la ciudad, visitaron el lago Baikal y subieron al tren Transiberiano.
Además de las experiencias vividas, Carme y Lluís siempre se llevan de sus expediciones recuerdos y souvenirs, como camisetas conmemorativas del eclipse, los periódicos del día siguiente, cuando se encuentran en un lugar donde pueden comprarlos, o imanes. En algunos lugares, como las Feroe, vieron que se preparaban packs de cervezas para recordar la jornada, mientras que en Georgia elaboraron vino con una etiqueta dedicada al eclipse.
También tienen algunas fotografías tomadas durante sus diversos viajes astroturísticos. Sin embargo, a quienes nunca han visto un eclipse solar total les recomiendan con mucho énfasis que se concentren en disfrutar del espectáculo y que no estén pendientes del móvil o de la cámara de fotos. Carme explica que la fase de totalidad dura unos segundos o unos minutos, por lo que existe un riesgo elevado de que el gran momento «pase de largo».
Llorar, la reacción más habitual después del eclipse
Este es uno de los consejos que la pareja ofrece a los no iniciados en la materia. Otro de los más básicos es acudir con tiempo para evitar colapsos en las carreteras. «¡Creedme, salid a las seis de la mañana!», afirma Carme, que ya prevé que la gente no seguirá la advertencia al pie de la letra. También recomienda llevar agua y bocadillos y tener en cuenta que no será posible comprar nada durante las horas previas al fenómeno. «Contad también con que quizá tengáis que quedaros a dormir allí, en el coche o en el suelo», añade sobre las colas en las carreteras, hablando desde la experiencia. Asimismo, deja claro que vivir la totalidad será «muy diferente» a experimentar una parcialidad, aunque sea «del 99,8%».
A quienes tienen la oportunidad de estrenarse el 12 de agosto, pero no se han interesado por hacerlo, les recuerdan que «es algo muy curioso» y que «lo más probable es que la gente no vuelva a ver nunca ninguno más». Además, destacan la emoción que genera vivir el fenómeno. Carme asegura que cada vez que han presenciado uno se han abrazado con sus acompañantes y se han emocionado. Quienes han acudido con ellos por primera vez, explican, siempre preguntan cuándo será el siguiente. En cualquier caso, ya sea por la frustración provocada por las nubes o por la alegría, Carme y Lluís aseguran que después de cada eclipse han acabado llorando.
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