Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

PAU en Galicia

Consejos de los correctores del examen de selectividad: "No escribas como si te persiguiera Napoleón"

La PAU desde el otro lado de la mesa: FARO consulta qué errores se repiten cada junio, por qué el comentario crítico no es un resumen disfrazado y cómo una pegatina perdida puede provocar más ansiedad que un examen de Historia. Correctores de selectividad desvelan qué hunde —y qué salva— un examen

Imagen de un alumno durante su primer día de selectividad en Galicia.

Imagen de un alumno durante su primer día de selectividad en Galicia. / E. P.

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Hay una escena que se repite cada junio en España con la puntualidad de las cigarras, el calor pegajoso y los mensajes de madres en mayúsculas en el grupo de WhatsApp: un estudiante entra en el aula de la PAU convencido de que se juega la vida, el futuro y probablemente también la estabilidad emocional de toda su familia. Lleva tres bolígrafos, una botella de agua, dos subrayadores, el DNI a medio caer del bolsillo… y la sospecha íntima de que el tribunal está ahí para destruirle.

Del otro lado de la mesa, sin embargo, no hay villanos. Hay profesores con algo de empatía y algo de cansancio por el doblete del final del curso y el sprint de la corrección. Como los que contactó FARO, que acumulan entre una y casi cuatro décadas viendo exámenes y una conclusión compartida: la mayoría de los errores se repiten año tras año. Y no, el principal no es no saberse el tema.

Cuatro correctores veteranos —de Biología, Historia de España, Historia de la Filosofía y Lengua Castellana— explican cómo se vive realmente la Selectividad desde el otro lado del folio. Qué penaliza. Qué ayuda. Qué desespera. Y qué detalles absurdamente pequeños pueden acabar marcando décimas decisivas.

Porque a veces un examen no se hunde por desconocimiento. Se penaliza por no leer bien la pregunta.

«El texto no es un pretexto»

El corrector de Historia de España lleva tantos años corrigiendo que ya perdió la cuenta. Empezó en los años 80, fue director de instituto, inspector educativo y todavía conserva intacta una mezcla entre ironía pedagógica y paciencia franciscana. Y sí: hay un error que detecta cada convocatoria y que resume con una frase memorable: «No utilicen el texto como pretexto».

Esto, traducido al idioma PAU significa que si el examen pregunta por la desamortización de Mendizábal, no hace falta empezar por los Reyes Católicos, atravesar la Revolución Francesa y terminar contando «que los egipcios tenían faraones» porque en algún lado se citaba el río Nilo. «El alumnado tiende a soltar toda la teoría que recuerda aunque no responda exactamente a lo que se le pide», explica. «Y tan malo es divagar como parafrasear el texto sin aportar análisis». En ello coinciden los cuatro.

En Historia ya no basta con memorizar párrafos enteros. Los modelos actuales buscan más interpretación y relación de ideas. Hay ejercicios para detectar errores históricos en un texto, comparar procesos o comentar documentos desde una situación práctica. «La metodología cambió», resume el corrector. «Quizá memoricen menos, pero también tienen más capacidad para relacionar y sintetizar».

Aunque hay una carencia que detecta claramente: menos lectura. «Se nota muchísimo en el vocabulario, en la redacción y en la capacidad para matizar ideas. TikTok da rapidez; los libros dan fondo».

La correctora de Biología lleva 18 años corrigiendo pruebas de la PAU. Lo dice sin dramatismo: «En Biología los criterios son muy objetivos». «Si el criterio dice que mencionar un concepto vale 0,2, vale 0,2. Aunque el alumno haga una explicación preciosa», explica. «Hay estudiantes que se lucen muchísimo, que sabes que dominan la materia, pero el examen tiene una estructura muy tasada».

En su materia, los errores más frecuentes son conceptuales: confundir procesos, mezclar términos científicos o no relacionar adecuadamente contenidos. Pero también pesa mucho no entender exactamente qué se pregunta. Desde el cambio de modelo tras la pandemia, Biología exige además llevar «toda la materia estudiada». Ya no sirve apostar estratégicamente por tres temas favoritos y encomendarse a la suerte.

«La primera pregunta es competencial y puede mezclar bloques distintos. Hay que relacionar conocimientos, interpretar esquemas, comprender textos…». Y luego están los nervios. Los eternos nervios. «Los primeros minutos son los peores. Después del primer examen ya se relajan muchísimo», cuenta. «Pero ese primer día llegan con una tensión tremenda».

La letra no da puntos…

Los correctores niegan que una letra bonita suba nota. Oficialmente no. Otra cosa es abrir el examen número 117 del día y encontrarse algo limpio, ordenado y con márgenes.

El corrector de Historia de la Filosofía reconoce que algunos exámenes rozan la ilegibilidad, aunque asegura que los evaluadores intentan no penalizar la caligrafía debido al peso que tienen las notas en el acceso a carreras y ciclos superiores. La correctora de Biología coincide: una respuesta clara y ordenada facilita identificar mejor los conocimientos demostrados por el alumno. Especialmente desde que las pruebas introdujeron más componentes competenciales.

Y ahí aparece otra coincidencia: todos recomiendan exactamente lo mismo en los primeros minutos del examen: leer. Leer despacio. Y volver a leer. «Hay alumnos que empiezan a escribir como locomotoras y luego descubren que eligieron mal la opción», resume el corrector de Historia. «No escribas como si te persiguiera Napoleón», ironiza. Y el de Lengua, asignatura que este año inaugurará la PAU pide autoconfianza al alumnado. «Es fácil aprobar el examen de Lengua Castellana», asegura. Si han llegado hasta ahí, defiende, es porque pueden hacerlo. Sus profesores lo saben.

El corrector de Historia de la Filosofía también destaca la dificultad para estructurar las ideas con claridad y precisión que percibe a veces. Según explica, «los alumnos suelen emplear conceptos filosóficos sin explicar adecuadamente su significado, olvidando que en filosofía tiene tanta importancia el razonamiento y el proceso argumentativo como la conclusión final».

Ya no es memorizar y repetir

Los cuatro coinciden en que la PAU ha cambiado. Mucho. La Historia ya no consiste solo en vomitar temas enteros de memoria. Ahora se piden comparaciones, interpretación de documentos y análisis de errores históricos. La Biología mezcla bloques y obliga a relacionar conocimientos. Y Lengua exige comentarios críticos donde importa tanto pensar como escribir.

«Antes se memorizaba muchísimo más», reflexionan. «Ahora tienen menos cultura libresca, eso es evidente, pero también manejan la información de otra manera». Sí detectan carencias en vocabulario, lectura y capacidad de redacción.

El corrector de Lengua lo observa cada año en forma de anacolutos, perífrasis imposibles o expresiones calcadas del habla coloquial. «Hay problemas de expresión escrita muy evidentes», explica. «Y eso, en una asignatura de lengua, pesa».

El mito del corrector despiadado

Los cuatro coinciden en desmontar una idea bastante extendida entre el alumnado: la del corrector que disfruta suspendiendo. «Al contrario», resume la profesora de Biología. «Se intenta corregir con flexibilidad y tirando al alza siempre que sea posible». Eso sí: dentro de unos criterios.

En Biología, cada concepto tiene asignada una puntuación concreta. Todo está publicado en la web de la CiUG. Historia funciona con rúbricas detalladas. Lengua también. Y en Biología ocurre lo mismo. «Los criterios son públicos y están colgados desde principio de curso», insiste el corrector de Lengua.

Eso no evita errores humanos en la corrección. Como en cualquier proceso que maneja miles de exámenes en pocos días, pueden producirse incidencias puntuales de corrección o de cómputo: una suma errónea o alguna pregunta inadvertida entre montañas de exámenes. Porque corregir más de un centenar de pruebas en menos de una semana tampoco es precisamente un retiro espiritual.

Con más de 120 exámenes por cabeza —a veces, en apenas cinco días los profesores deben corregir hasta 140 exámenes, aplicar criterios milimétricos y decidir décima arriba, décima abajo, buena parte del futuro inmediato de miles de estudiantes— y eso coincidiendo con evaluaciones finales de instituto, el cansancio también juega su partido, reconoce la profesora de Biología. «Por eso existen las revisiones». Aunque pedir una segunda corrección también tiene su riesgo: la nota puede subir… o bajar.

El minuto más importante

Curiosamente, los cuatro veteranos coinciden en que el momento clave no suele ser cuando el alumno escribe, sino justo antes. Esos primeros cinco minutos. «Lo peor que pueden hacer es ponerse a escribir sin pensar», coinciden. «Conviene leer todo, entender qué se pregunta y decidir bien».

La recomendación se repite casi como un mantra: hacer un pequeño esquema mental antes de lanzarse. Y otra cosa más importante de lo que parece: dormir. «Si se puede», matizan. Y otro detalle importante: hidratarse. Sí, parece consejo de monitor de campamento, pero después de décadas viendo alumnos bloquearse, llorar o quedarse completamente en blanco, los veteranos insisten en lo básico. «Tranquilidad», repiten los cuatro.

La palabra aparece tantas veces durante las entrevistas que casi podría figurar entre las instrucciones de la prueba: tranquilidad.

En Física importa más el proceso que el resultado

«En Física, tan importante o más que el resultado es demostrar que entiendes lo que estás haciendo». Tras años corrigiendo la PAU, este profesor de Física identifica un error recurrente que va más allá de las fórmulas: muchos estudiantes no leen bien el enunciado y, por tanto, no logran conectar el problema con los conocimientos adquiridos durante el curso. «A veces lo que se pregunta es más sencillo de lo que parece», advierte.

Frente a la idea de que un examen de Física se reduce a acertar un número, reivindica el valor del razonamiento. Llama la atención sobre la importancia de la presentación: respuestas ordenadas, claras y desarrolladas de forma lógica facilitan la comprensión y evitan errores.

Anécdotas de pasillo: de un falso hermano a una plaga de ¿cigalas?

Los correctores acumulan pequeñas historias que mezclan tensión, comedia y surrealismo universitario, después de tantos años corrigiendo y vigilando exámenes, relatan (con mucho respeto a los afectados) historias tiernas y tragicómicas. Hay alumnos que olvidan el DNI y entran en pánico como si acabaran de extraviar un órgano vital. Otros pierden las pegatinas identificativas y aparecen al borde del colapso convencidos de que no podrán examinarse. Es normal la preocupación, pero –aclaran– existe solución.

O quienes descubren demasiado tarde que respondieron la opción equivocada. «Y no pasa nada», insiste la correctora de Biología. «Se les da otro cuadernillo y pueden empezar de nuevo si acaban de comenzar».

También, sonidos que resuenan en pleno silencio sepulcral del aula. Uno, recuerda una profesora, rompió tanta tensión que incluso acabó despertando risas desternillantes. «Era una voz infantil», recuerda la correctora. Entonces, aún se podía acceder con móviles en la mochila. Otras veces, el uso directo del móvil, como ocurrirá este año con bolígrafos o gafas inteligentes, ha supuesto el abandono de la prueba. Otro año, un estudiante que ya había terminado la PAU apareció en el aula intentando hacerse pasar por su hermano. «Venía de fiesta», resume entre risas la profesora. El presidente de la comisión lo expulsó antes de que la broma terminase peor.

Entre algunos de los lapsus más simpáticos detectados en una prueba, uno de los profesores explica aquel comentario cargado de contexto que hizo un alumno sobre los países del Magreb. «Sufren muchas plagas de cigalas», escribió. ¿Cigalas?, se preguntó el corrector. Una sonrisa se saltó a la comisura del labio al entender lo que había sucedido. Langostas, claro. Eran plagas de esos insectos capaces de devorar cultivos enteros en cuestión de horas. Pero (¡obvio!), el nombre también recuerda al de otro de nuestros apreciados crustáceos.

Porque quizá esa sea la gran conclusión después de tantos años corrigiendo Selectividad: desde dentro, la PAU parece mucho menos monstruosa de lo que se imagina desde fuera. «Al final», resume el corrector de Historia de España, «casi todos salen diciendo lo mismo: pues no era para tanto». n

Suscríbete para seguir leyendo