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Nuevas tecnologías

Crecer sin pantallas: las habilidades que las generaciones mayores desarrollaron y que hoy día escasean

Psicólogos y expertos en educación alertan de que la conexión permanente está debilitando habilidades como la paciencia, la tolerancia al aburrimiento o la autonomía emocional

Si tienes menos de 25 años es probable que tengas menores capacidades mentales según un estudio realizado por psicólogos franceses

Un grupo de adolescentes jugando con el móvil.

Un grupo de adolescentes jugando con el móvil. / MARTA G. BREA / VIGO

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Daniela Cabeza

Daniela Cabeza

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La manera de crecer, relacionarse y entender el mundo ha cambiado radicalmente en apenas medio siglo. Las generaciones nacidas en los años 60 y 70 vivieron una infancia en la calle y con interacción cara a cara. Hoy, en cambio, niños y adolescentes se desarrollan en un entorno dominado por las pantallas, la inmediatez y la hiperconexión.

Aunque la transformación tecnológica ha traído enormes ventajas - como el el acceso instantáneo a la información o la posibilidad de mantener el contacto con personas que viven lejos-, psicólogos y educadores llevan tiempo advirtiendo de que esta revolución también tiene efectos secundarios en el desarrollo emocional y social de los más jóvenes.

Entre las principales preocupaciones figuran la dificultad para mantener la atención, la necesidad constante de estímulos, la dependencia del teléfono móvil y una sensación creciente de aislamiento pese a vivir conectados permanentemente.

Menos creatividad por aburrimiento

Uno de los cambios más visibles tiene que ver con la desaparición del aburrimiento como parte habitual de la infancia. Antes de la expansión de internet y de los teléfonos inteligentes, los momentos vacíos eran frecuentes y obligaban a buscar alternativas: inventar juegos, salir a la calle, leer o simplemente dejar volar la imaginación.

Ahora, el entretenimiento está disponible de forma permanente. Las redes sociales, las plataformas de vídeo y el consumo rápido de contenidos han reducido casi a cero los tiempos muertos. Para muchos especialistas, eso tiene consecuencias importantes.

Desde distintos ámbitos de la psicología se insiste en que el aburrimiento no es necesariamente negativo. Al contrario: puede estimular la creatividad, favorecer la reflexión y mejorar la capacidad de concentración. También ayuda a desarrollar tolerancia a la frustración y autonomía emocional.

El problema aparece cuando cualquier instante de espera se llena automáticamente con una pantalla. Revisar el móvil mientras se espera el autobús, ver vídeos cortos durante las comidas o alternar varias tareas al mismo tiempo se ha convertido en una rutina habitual, especialmente entre adolescentes y jóvenes.

Los especialistas recomiendan recuperar espacios cotidianos libres de pantallas, no como rechazo a la tecnología, sino como una forma de equilibrar su uso. Actividades sencillas como dibujar, jugar o conversar pueden ayudar a reducir la dependencia digital y fomentar otras formas de entretenimiento.

Además, advierten de que no todos los contenidos digitales tienen el mismo impacto. El consumo continuado de vídeos breves y estímulos rápidos puede dificultar la concentración y reforzar la búsqueda de gratificación inmediata, especialmente en edades tempranas. Por ello, muchos expertos aconsejan priorizar contenidos más largos y supervisados, especialmente en la infancia.

El consumo acelerado de contenidos también está modificando la forma en la que muchos jóvenes perciben el tiempo y mantienen la atención. Series, películas o libros que antes se seguían con normalidad ahora son percibidos por muchos adolescentes como demasiado lentos, reflejando un cambio en los hábitos de consumo cultural.

La dificultad de esperar y resolver problemas sin ayuda

La tecnología también ha cambiado la relación con la incertidumbre. Hace unas décadas, encontrar información requería tiempo y esfuerzo: consultar una enciclopedia, preguntar a alguien o acudir a una biblioteca. Hoy, prácticamente cualquier duda se resuelve en segundos desde un teléfono móvil.

La navegación GPS, los tutoriales y los asistentes digitales han facilitado enormemente la vida cotidiana, pero algunos especialistas consideran que también han reducido la capacidad de orientación, improvisación y resolución autónoma de problemas.

Perderse en una ciudad, no saber cómo solucionar una avería o tener que buscar alternativas cuando algo falla eran situaciones mucho más habituales para generaciones anteriores. Esa experiencia obligaba a desarrollar paciencia y tolerancia a la frustración.

Actualmente, la dependencia tecnológica se hace especialmente visible cuando desaparece la conexión o falla el teléfono móvil. Muchas personas experimentan entonces una sensación inmediata de desorientación, como si hubieran perdido una herramienta básica para desenvolverse con normalidad.

Más conexión digital, menos cercanía cotidiana

Otro de los grandes cambios afecta a las relaciones sociales. Las redes permiten mantener el contacto constante con personas de cualquier parte del mundo y han ampliado enormemente las posibilidades de comunicación.

Sin embargo, relaciones presenciales han perdido peso en muchos entornos urbanos. La vida de barrio, el contacto cotidiano con vecinos o las dinámicas comunitarias que eran frecuentes hace décadas han ido desapareciendo progresivamente.

En generaciones anteriores, la red de apoyo más cercana solía construirse alrededor de familiares, vecinos y amistades del entorno inmediato. Esa convivencia favorecía la empatía y una sensación de comunidad que hoy muchos consideran debilitada.

La interacción digital, además, elimina parte del lenguaje emocional presente en la comunicación cara a cara: los gestos, las pausas, las reacciones inmediatas o el contacto físico. Para algunos expertos, esta pérdida de presencia contribuye a que muchas personas se sientan más solas pese a estar continuamente conectadas.

El cambio positivo: una mayor atención a la salud mental

Pese a estas diferencias, los especialistas subrayan que no se trata de idealizar el pasado ni de considerar que las generaciones anteriores estaban mejor preparadas emocionalmente.

Las personas que crecieron en los años 60 y 70 también convivieron con modelos mucho más rígidos respecto a la gestión emocional. Expresar vulnerabilidad, hablar de ansiedad o pedir ayuda psicológica era mucho menos habitual. En muchos casos predominaban mensajes asociados al sacrificio, la dureza y la idea de soportar los problemas en silencio.

Hoy, en cambio, la salud mental ocupa un lugar central en el debate social y educativo. La crianza emocional, la validación de los sentimientos y la importancia del bienestar psicológico forman parte de una conversación mucho más abierta que hace unas décadas.

Los expertos también recuerdan que el ejemplo familiar sigue siendo uno de los factores más determinantes en la relación de los menores con la tecnología. El uso constante del teléfono móvil por parte de los adultos puede terminar normalizando determinados hábitos de consumo digital desde edades muy tempranas.

Por ello, consideran que el reto actual pasa por encontrar un equilibrio entre ambos modelos: recuperar habilidades como la paciencia, la autonomía o la capacidad de desconectar, sin renunciar a los avances en bienestar emocional y conciencia psicológica que han ganado terreno en los últimos años.