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Alimentación

Muere Carlo Petrini, el fundador de Slow Food que nos enseñó que comer es un acto político

El fundador del movimiento Slow Food se pasó la vida defendiendo el consumo local de alimentos y luchando contra las tropelías de las multinacionales de la alimentación.

Los cocineros Slow Food de Catalunya, con la madrina de los galardones, Carme Ruscalleda, y el 'conseller' David Mascort.

Los cocineros Slow Food de Catalunya, con la madrina de los galardones, Carme Ruscalleda, y el 'conseller' David Mascort. / Pere Català

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Irene Savio

Irene Savio

Roma
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Carlo Petrini, el legendario fundador de Slow Food que plantó cara a la apisonadora de la comida rápida, ha muerto en su casa de Bra, en la provincia piamontesa de Cuneo, a los 76 años. Con la pérdida de Carlin —el hipocorístico afectuoso que conservó siempre como una declaración de principios—, Italia despide al arquitecto de la mayor red de activismo alimentario del planeta. El mundo se queda huérfano, además, de uno de los visionarios más indomables y lúcidos de las últimas décadas.

"Comer es un acto político". Aquella máxima, grabada a fuego en el ADN del movimiento, recordaba que la cesta de la compra es una de las armas ciudadanas más poderosas. Para Petrini, la biodiversidad y la tradición local no eran etiquetas corporativas para lavar conciencias, sino bastiones de resistencia cultural. Su gran caballo de batalla fue precisamente el combate contra los abusos de la industria agroalimentaria global cuyos dividendos superan con creces a los del sector armamentístico; gigantes a los que acusaba directamente de la destrucción de la biodiversidad y las economías locales artesanales, la mercantilización del hambre y el desperdicio estructural. Un desafío que consolidó a escala planetaria con la creación de Terra Madre.

De perito mecánico a sembrador de utopías

Todo ello a pesar de que su destino inicial distaba mucho de las esferas de la sociología y la gastronomía. Nacido en el seno de una familia trabajadora de la posguerra italiana, sus padres habían proyectado para él un porvenir obrero; tanto que lo matricularon en un instituto técnico para peritos mecánicos. "No era mi camino", confesaba el propio Petrini en una entrevista reciente en el Corriere della Sera, donde recordaba con humor que, mientras destacaba en letras, en las asignaturas técnicas era un desastre absoluto.

Por fortuna, la obstinación típicamente piamontesa terminó por imponerse. Se matriculó en Sociología en la Universidad de Trento y, tras abandonar las aulas a falta de cuatro exámenes para licenciarse, prefirió abrir un economato de alimentación en Bra. Fue el germen de una pasión visceral sobre la que más tarde articularía la tríada sagrada de su manifiesto: que los alimentos sean buenos (sabrosos y frescos), limpios (respetuosos con el medio ambiente) y justos (con retribuciones dignas para los productores). "Quien siembra utopías, recoge realidades", solía repetir para justificar su inquebrantable fe en el bien común.

El manifiesto contra la prisa

Aquella utopía cristalizó el 26 de julio de 1986 con la fundación de Arcigola, una reacción encendida contra la apertura de un establecimiento de McDonald’s en la plaza de España de Roma. No era una simple pataleta contra una hamburguesa, sino un acto de resistencia cultural frente a la fast life y la uniformidad global. Tres años después, en París, delegaciones de una veintena de países firmaban el Manifiesto Slow Food, consolidando un movimiento que hoy opera en 160 países y cuenta con más de 2.000 delegaciones locales, también en España.

A Petrini lo movía la indignación frente a las dinámicas del poder, pero conservaba una ternura intacta hacia los vulnerables, capaz de conmoverse escuchando a un pastor en los Alpes. Aunque en sus últimos años se retiró de la primera línea para dar paso a las nuevas generaciones, seguía vigilando desde la retaguardia. Al ser preguntado sobre el futuro de su legado, en una de sus últimas entrevistas, zanjó: "He trabajado bien. Lo lograrán". Aun así, hoy la tierra sin duda se ha quedado un poco más huérfana.

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