Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Reportaje

La UME pone a prueba en la base de Cerro Muriano en Córdoba su respuesta ante incendios cada vez más virulentos

Cerca de 200 militares y quince vehículos de la base de Morón de la Frontera han convertido durante cuatro días los terrenos de la base militar en un campo de ensayo de incendios forestales, con maniobras pensadas para preparar la campaña de verano y responder a escenarios cada vez más complejos

La UME prepara la campaña de incendios de Córdoba

La UME prepara la campaña de incendios de Córdoba / Manuel Murillo

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Adrián Ramírez

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

«Estamos simulando un incendio forestal que avanza por la ladera a gran velocidad y con varios focos abiertos». El capitán Adrián Simón coordina el operativo de la Unidad Militar de Emergencias (UME) desplegado desde el lunes y hasta ayer jueves en los terrenos de la base de Cerro Muriano, dentro del marco de la preparación de la campaña contra incendios forestales. La UME está presente en prácticamente cualquier catástrofe y el año pasado jugó un papel clave en la oleada de incendios que afectó a Galicia y Castilla y León en agosto. Allí estuvo Simón, que confiesa que «las llamas de hasta 13 metros impresionan».

En Cerro Muriano trabaja un batallón de la UME procedente de la base de Morón de la Frontera (Sevilla) con alrededor de 200 efectivos y quince camiones autobomba, mientras otros tantos operan en Los Pinares de Jódar (Jaén).

La elección de este punto de Córdoba no es casual, su orografía, las temperaturas a esta altura del año y la vegetación lo convierten en un escenario idóneo para entrenar maniobras y coordinar respuestas en un entorno muy similar al que después se encuentran en incendios reales.

Unos ejercicios vitales

Uno de los objetivos principales de estos días es poner a prueba material nuevo. Según explica el subteniente José Luis Camacho, este año se ha llevado a cabo una renovación importante, además de la incorporación de «drones terrestres». Estos aparatos no se parecen a un dron al uso: son de gran tamaño, se controlan por mando a distancia y se desplazan por el suelo realizando tareas diversas, desde abrir pequeños cortafuegos hasta retirar obstáculos con pinzas, mover objetos o incluso picar piedra. «Aún estamos analizando cómo usarlos», apunta Camacho.

Más allá de la tecnología, la preparación pasa por «repasar protocolos y formas de actuación» en un cuerpo que, como resume el subteniente, «un día está en la dana, otro en el día del apagón y al siguiente en un incendio».

Durante estos días, «se empieza desde el trabajo más individual y se escala hasta trabajar como un colectivo». Pero lo esencial, insiste Simón, es el entrenamiento con escenarios: simular lo más parecido posible a lo que ocurre fuera.

En el ejercicio de este jueves, alrededor de 36 personas y 14 vehículos trabajan sobre un supuesto incendio que devora una colina con rapidez, mientras en los días previos se han ensayado situaciones como la protección de puntos sensibles o poblaciones, rescates en zonas comprometidas, labores de extinción nocturna, la contención con viento intenso o el ataque coordinado por flancos. «Toda preparación es poca. Ningún incendio se parece a otro, hay mil condiciones que cambian cada segundo», afirma, mientras observa cómo llega un vehículo autobomba del que se bajan a toda prisa cuatro efectivos.

Dos soldados de la UME realizan parte del ejercicio de preparación para la lucha contra los incendios.

Dos soldados de la UME realizan parte del ejercicio de preparación para la lucha contra los incendios. / Manuel Murillo

En esa lógica, el capitán subraya una diferencia clave que marca las decisiones sobre el terreno: no es lo mismo «atacar» un incendio que «defender» una zona habitada. Simón insiste en que una cosa es atajar un frente, es decir, ganar metros, cerrar flancos, enfriar y liquidar, y otra muy distinta es proteger viviendas cuando las llamas amenazan poblaciones. Ahí la prioridad cambia, el avance del fuego por otros flancos pasa a ser secundario y el trabajo se redobla para proteger personas y bienes, asegurar perímetros y reducir exposición, aunque el incendio siga activo. «Cuando se puede se ataca. Cuando no, se espera», resume con firmeza mientras observa cómo los soldados atajan el supuesto fuego y se deslizan con habilidad entre la vegetación.

Capitán Adrián Simón: «La gente no es consciente de lo rápido que avanza el fuego»

La gestión de un incendio

Los camiones tienen un papel central. Los hay de entre 3.000 y 4.000 litros —según los modelos—, aunque Camacho añade que «todos llevan un depósito extra de 500 litros para emergencias». A algunos se les ha instalado otra novedad, un brazo mecánico que proyecta agua con fuerza y precisión, pensado para ganar eficacia en determinadas maniobras.

Pero no todo es potencia. Una parte fundamental, insiste Simón, es decidir cómo se llega a los puntos desde donde combatir el fuego, si los caminos permiten pasar a los vehículos y si existen vías de escape. «La gente no es consciente de lo rápido que avanza el fuego», recalca.

El capitán Adrián Simón manda órdenes por ‘walkie-talkie’ a sus soldados en pleno simulacro.

El capitán Adrián Simón manda órdenes por ‘walkie-talkie’ a sus soldados en pleno simulacro. / Manuel Murillo

El trabajo en un incendio se organiza en turnos de doce horas que, reconoce el subteniente, estos días se alargan y se modifica constantemente el estado del fuego para probar también el estrés operativo: «Son doce horas de andar por el monte, cargar material, tirar mangueras, actuar rápido...». Simón evita entrar en etiquetas como «sexta generación», pero sí lanza una advertencia: «Cada vez los incendios son más virulentos». Y apunta a un factor que, a su juicio, explica parte del cambio. «Cada año menos gente vive en el campo. Donde antes había cultivo y pasto, ahora hay más vegetación. Eso es combustible y favorece que el incendio progrese más rápido».

«El dron ha supuesto el mayor cambio en la lucha contra los incendios forestales»

Capitán y subteniente coinciden en que, si hay un antes y un después en la gestión de incendios (y en la respuesta ante casi cualquier emergencia), ese es el dron aéreo. «Ha sido una revolución», dice Simón. Su utilidad es enorme: identificar accesos, localizar puntos calientes, vigilar flancos, detectar vías de escape o evaluar el entorno. «Nos da un conocimiento tremendo en directo y es mucho más barato que un helicóptero», remata Camacho.

Un miembre de la UME programa la presión e intensidad de la manguera antes de atacar el fuego.

Un miembre de la UME programa la presión e intensidad de la manguera antes de atacar el fuego. / Manuel Murillo

Al preguntarle por su trayectoria en la UME y por los momentos más duros, Camacho guarda silencio unos segundos antes de responder. «Hemos estado en grandes nevadas, el covid, inundaciones, la dana, los incendios del año pasado... Cada cosa es muy complicada a nivel físico y mental». Y añade una idea que resume el oficio: «El miedo no llega cuando estás trabajando, ahí es todo adrenalina». Llega después, cuando uno vuelve a casa y repasa lo vivido. «Ahí a veces te vienes abajo», confiesa, apartando la mirada.

Cuando cae la tarde, los militares regresan a Morón. En los próximos días analizarán con detalle el trabajo y continuarán entrenando en su base. La próxima vez que pisen un terreno como este, eso sí, lo harán en un incendio real. Ojalá que para eso aún quede mucho.

Suscríbete para seguir leyendo