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Con 83 años se matriculó en Bellas Artes

Miguel Ángel Gallo, el estudiante de 92 años que escribe una tesis doctoral sobre arte a mano: “Le dedico seis horas diarias”

Con 13 hijos, 39 nietos y 15 bisnietos, es el alumno más veterano de la UIC, donde está investigando sobre el asombro y la creación artística

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Miguel Ángel Gallo, en la UIC.

Miguel Ángel Gallo, en la UIC. / Ferran Nadeu / EPC

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Olga Pereda

Olga Pereda

Madrid
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A sus 92 años, Miguel Ángel Gallo es el estudiante más veterano de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC), donde está escribiendo una tesis doctoral sobre la fenomenología del asombro y la creación artística. Cada día, dedica "unas seis horas" a redactarla. Lo hace a mano. Ingeniero industrial de formación y docente del IESE, Miguel Ángel niega tener un cerebro privilegiado. “Solo soy una persona normal”, responde con humildad al tiempo que confiesa la inmensa suerte que tiene de gozar de salud física y mental. “Cada vez que voy a ver a mi médico de cabecera, me dice que ojalá él tuviera las analíticas tan perfectas”, admite con orgullo.

Nacido en Zaragoza, Miguel Ángel es hijo de un militar republicano fusilado por el régimen de Franco. Huérfano de padre, se quedó al cuidado de su abuelo, que decidió enviarle a Barcelona para que hiciera lo que muy pocos se podían permitir en aquella época: estudiar en la universidad. En 1956, se licenció y doctoró en Ingeniería Industrial y puso un pie en la docencia, campo que no soltó jamás. A lo largo de su trayectoria profesional, cruzó 500 veces el Atlántico para trabajar en Estados Unidos y América Latina. Su asombroso currículo también tiene eco en su vida personal: 13 hijos, 39 nietos y 15 bisnietos. Aunque goza de buena salud, su familia le ha prohibido seguir con dos de sus aficiones favoritas: el esquí y la equitación.

“Cada vez que voy a ver al médico de cabecera, me dice que ojalá él tuviera las analíticas tan perfectas”

Semejante trayectoria no le hace mirar por encima del hombro a nadie. “Soy solo un vulgar profesor del IESE”, ríe. En el IESE –donde sigue ejerciendo de profesor emérito– continúa también su secretaria, que le está pasando a ordenador la tesis doctoral que él está escribiendo a mano. “No se me da muy bien el ordenador, solo uso dos dedos”, explica.

Con 83 años empezó Bellas Artes

Cuando tenía 83 años, Miguel Ángel, un hombre de ciencias, agarró un pincel y se puso a pintar. Era la forma que tenía de pasar el tiempo porque su mujer, enferma, ingresó en una residencia. Él pasaba mucho tiempo en casa y pensó que una actividad artística le vendría bien. “Me hice un lío con los pinceles y los lienzos y pensé que lo mejor era acudir al lugar donde más saben de arte, la facultad de Bellas Artes”, narra. Miguel Ángel formalizó su matrícula en la Universitat de Barcelona y comenzó a convivir con “chiquillos y chiquillas” de 18 y 19 años. “Me llamaban de usted y yo les decía que, por favor, lo hiceran de tú. Encontré en la carrera gente maravillosa, verdaderos compañeros, majísimos. Me ayudaron mucho. La universidad es un privilegio”, elogia.

"Si no te asombras por algo, jamás querrás profundizar en ello”

“Me costó siete años terminar la carrera. Cada año hacía medio curso”, explica Miguel Ángel, que recibió un sonoro, largo y afectuoso aplauso en su ceremonia de graduación. Muchos de sus compañeros le asaltaban a preguntas. "Miguel Ángel, ¿crees que tendremos trabajo una vez terminada la carrera?". Él jamás les desanimó y les instó a probar suerte en una casa de moda o en instituciones públicas o privadas. "Uno de ellos me reveló que se había matriculado en Bellas Artes porque quería ser tatuador. Me pareció genial. De hecho, creo que alguno podrá vivir perfectamente de la pintura profesional. No muchos, pero unos pocos sí”, comenta el ingeniero, que acostumbra a publicar sus dibujos en su perfil de Instagram.

"Mi objetivo es pintar cada día mejor"

Tras licenciarse en Bellas Artes en la UB, optó por seguir estudiando en la universidad. Esta vez, apostó por la UIC y por un doctorado sobre la fenomenología del asombro y la creación artística. El asombro es –explica– un acto involuntario, el principio de la filosofía y el conocimiento. “Si no te asombras por algo, jamás querrás profundizar en ello”. Con la tesis doctoral, además de asombrarse y profundizar en los saberes del arte, tiene un claro objetivo: pintar más y mejor. Esa sigue siendo su meta vital, junto a comer con sus hijos los fines de semana y dar paseos con algunos de sus nietos. "Tengo una vida muy sencilla porque solo soy una persona normal", concluye.

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