EXPERIENCIA GASTRONÓMICA
¡Menudo truco! Una cena a ciegas cuando no eres ciego
Sé que existen restaurantes así. Yo lo desconocía, pero anoche, de pronto, me encontré participando en una experiencia única: una cena a ciegas para no ciegos, para gente que ve. Yo no repetiré, que lo sepan, pero he decidido contársela. El periodismo son historias humanas. Aquí tienen otra.

Cada vez que te servían un plato, debías ponerte las gafas de motocross negras antes de comértelo. / ALEJANDRO CERESUELA

Nada más sentarme en la mesa, pensé en mi amigo del alma, uno de los grandes periodistas y productores de Deportes que ha habido en Catalunya, Christian García, que se está quedando ciego, poco a poco, por culpa de un maldito ‘Síndrome de Stargardt’, retinopatía regresiva y degenerativa de la mácula.
No, no, por favor, no se apiaden de él. Christian es una lección de vida, de humanidad, alguien que todos deberíamos imitar, admirar, como tantos otros supervivientes modélicos. Como lo fue mi hermano pequeño, Pepo, que se nos fue por una desgarradora ELA. Sí, sí, yo sé lo que es eso, señores. Pepo acabó hablándonos con los ojos, perdón, con los parpados, moviendo los parpados. Y le entendíamos a la perfección, sabíamos qué canal de la tele quería ver y si debíamos subirle el volumen.
Digo que Christian se ha convertido en un ejemplo, en un activista de cómo transformar la adversidad en una oportunidad. Tal cual. Así que, cuando las compañías Alpinestars y Prosecco Doc nos invitaron a cenar anoche en su espectacular ‘hospitality’ de Le Mans y el norteamericano Randy Mamola, cuatro veces subcampeón del mundo de 500cc (1980, 1981, 1984 y 1987) y uno de los pilotos más populares de la historia que ejercía de anfitrión, nos dijo que se trataba de “una cena a ciegas”, pensé, de inmediato, en mi colega.

El chef Francesco Dal Bosco y Randy Mamola muestra el excelente 'risotto'. / ALEJANDRO CERESUELA
Nos dieron unas gafas de motocross, o de esquiar, qué se yo, negras, que debías ponerte antes de que te sirviesen cada uno de los tres platos y, tras comértelos, debías adivinar de qué manjares se trataba, qué sabores tenía, que ingredientes, que texturas. Fue curioso, fue divertido, fue especial. Randy y Vera Spadini, la periodista de Sky Italia TV MotoGP, que ayudó a Mamola a que pasáramos una velada entretenida y, repito, muy original, contribuyeron con su desparpajo a que la cena fuese un soplo.
También he de contarles que una cosa es ser el comensal de un menú de colegio, ustedes ya me entienden, arroz a la cubana, tortilla de patatas, escalopa y patatas fritas, croquetas…y otra, muy distinta, caer en manos de sofisticados cocineros como Francesco Dal Bosco y Ciro Scialdone, que, de inicio, nos dieron a degustar un steak tartar de Wagyu con caviar, una ‘cheesecake’ con crema de queso y una pasta con calabacín, salmón y espuma de Prosecco. Venga, adivine usted los ingredientes. Capaz de definir los sabores sí eres, lo otro, lo dejo para mi amigo Pau Arenós, que, seguro, nunca ha comido a ciegas.
Es evidente que la experiencia no tiene nada que ver, supongo, si eres ciego de nacimiento o si ves y, de pronto, te hacen comer a ciegas. Yo, que sobrevivo con un glaucoma serio que me cuida, opera y mima el doctor Alfonso Antón, del Institut Català de Retina, tuve, anoche, una sensación rarísima, diferente, cada vez que me metía algo en la boca.
El norteamericano Randy Mamola, cuatro veces subcampeón del mundo de 500cc, fue el anfitrión de una exquisita cena, en Le Mans, en la que debías adivinar qué comías, qué ingredientes tenía y cómo estaban confeccionados los platos. Todo ello, claro, con los ojos totalmente tapados. Es decir, a ciegas.
La verdad es que la cena que nos sirvió el equipo dirigido por Sofía Torri, ‘hospitality manager’ de Alpinestars, fue exquisita (es poco) y los alimentos estaban estratégicamente colocados sobre el plato “a las tres, a las doce y a las nueve”, nos susurraba al oído Randy Mamola antes de que empezasemos a degustarlos.
Por descontado que saborear, detectar y juzgar el ‘risotto’ con arándanos, nueces, azafrán y crema de parmesano fue mucho más sencillo que los entrantes, al igual que el ‘tataki’ de atún rojo con crema de zanahoria y jengibre. El arroz lo acerté, sí; que se trataba de atún, también. El resto, imposible.
Gracias, Christian
“Sabes qué pasa, Emilio”, me dijo un celestial Christian García, “que si has visto, todo te conduce al cerebro ¡menudo órgano ese! Siempre se ha dicho que comemos con la vista ¿a qué sí? Es más, a los niños se les dice que dejen de tocar las cosas, la comida, las aceitunas de la ensalada, porque “parece que tengáis los ojos en los dedos”. Cuando ves, todo te entra por los ojos, todo. Y, si has visto, ¿sabes qué ocurre?, que enseguida se abre un cajoncito de los miles que tenemos en el cerebro para recordarte de qué manjar se trata, pues, seguro, que lo has comido alguna vez”.
“Pero, cuando dejas de ver, se complica la cosa, lo que no significa que debas renunciar a comer, a disfrutar, a saborear, ¡ni hablar!”, sigue contándome mi amigo. “Mi sabor y olfato son ahora una bomba, han multiplicado su eficacia por cien. Ahora, Emilio, miro más que veo. Mirar te lleva a la idea de observar, oler, probar, tocar, de tanto mirar, acabas viendo”.

Andrea Cogotti y Gigi Soldano, dos de los fotógrafos del Mundial, prueban la comida con las gafas negras. / ALEJANDRO CERESUELA
Hice bien en llamar a Christian cuando llegué al hotel, pues no era demasiado tarde y tenía unas ganas locas de conversar con él. ¡Qué ser, en serio! “No hay nada, ¿verdad?, como ver un plato del mejor jamón ¿a qué sí? O ese huevo frito rizadito. O esa tortilla de patatas. Aaaaaah, amigo, pero si no ves, debes imaginarte el jamón por el olor, ese olor de la grasita que penetra por la nariz. o cuando lo acaricias con las yemas de los dedos. La tortilla es más complicada. A mí, me gusta jugosa, pero no puedo saber si lo es o no, hasta que la corto con el tenedor o me llevo un trocito a la boca”.
Lo nuestro tenía truco y algo de trampa. Qué mentira esa de hacerse el ciego durante dos minutos, dos minutos y dos minutos y, luego, ser tan torpe con tu gusto, tacto y sabor que ni siquiera eres capaz de acertar dos de los ingredientes (sofisticados, cierto) que Francesco y Ciro han preparado para ti.
Me juego cualquier cosa, lo que sea, hasta mi Bultaco ‘Lobito’ clásica, casi tan antigua como yo, a que Christian nos hubiese derrotado a todos, ¡qué derrotado, humillado, goleado!, no solo con su lección de humanidad sino con su certeza, total, sobre lo que había comido.
“De tanto mirar, Emilio, yo ya veo”. Gracias Christian, gracias. Recuerda, por si te preguntan, que anoche cenaste conmigo en el ‘hospitality’ de Alpinestars en Le Mans. Yo solo intuí lo que cené; tú hubieses sabido lo que era.
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