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Entrevista

Antonio Ariño, catedrático de Sociología: “Nuestra sociedad no está vacunada contra el fundamentalismo”

El catedrático de la Universitat de València, Antonio Ariño, considera que las lógicas inquisitoriales se han trasladado a las redes sociales: “Dan voz a ‘hechos alternativos’ que cuestionan el conocimiento científico y ofrecen altavoces para toda clase de bulos”

El catedrático de Sociología, Antonio Ariño, en la UV

El catedrático de Sociología, Antonio Ariño, en la UV / Fernando Bustamante

Marta Rojo

València
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Parece obvio que las cosas han cambiado mucho desde 1826, cuando la Inquisición ejecutó a su último hereje, Gaietà Ripoll, en València. Parece obvio, pero el catedrático de Sociología por la Universitat de València Antonio Ariño no puede dejar de destacarlo: "Ese mundo y el nuestro no son comparables". Y es cierto que la historia no se repite, pero rima. Para Ariño, Inquisición rima con redes sociales, con bulos, con cancelación y con un uso de la inteligencia artificial destinado a vejar a las personas o a destruir su imagen pública. El sociólogo advierte contra el negacionismo que busca destruir la verdad científica y abrir la puerta a un peligroso "todo es cuestionable". Pero también contra el fundamentalismo que todavía, 200 años después, se empeña en convertir las sociedades en espacios más vigilados y excluyentes.

El sociólogo Antonio Ariño en la UV

El sociólogo Antonio Ariño en la UV / Fernando Bustamante

“Impedía que los niños dijesen ‘Ave María Purísima’ y que hiciesen la señal de la cruz, que no era necesario oír misa para salvarse y retraía a los mismos a dar la debida adoración al Señor Sacramentado, cuando era llevado para administrar el viático a los enfermos”. Son algunas de las cosas de las que se acusaba a Gaetà Ripoll, el último ejecutado por la Inquisición. ¿Quiénes son los herejes de hoy y cuáles son sus ofensas o crímenes?

El mundo de Gaetà Ripoll y el nuestro no son comparables. Entonces la herejía existía porque una institución en la Valencia y la España de la época tenía el monopolio público de la verdad. Hoy vivimos en sociedades plurales, democráticas, con reconocimiento de derechos humanos, donde existen diversas formas de socialización que producen oportunidades amplias de adquirir relevancia pública. Es cierto que en las últimas décadas, y en España especialmente en la última, se producen dos fenómenos relevantes que están cambiando el panorama y la forma de funcionar la pluralidad y la diversidad: el primero es la polarización política, el segundo es el cuestionamiento posmoderno de la imposibilidad de alcanzar la verdad y de acuerdos básicos sobre valores comunes que sustenten la convivencia. En ese contexto, determinadas fuerzas están logrando imponer un discurso intolerante de la diversidad postulando lo que ahora se llama prioridad nacional. Incluso adoptan posiciones de odio, exclusión y crueldad frente a la diversidad.

En las redes se practica el acoso, el señalamiento y la destrucción de la imagen personal

La Santa Inquisición es pasado, pero ¿se han trasladado sus dinámicas a otros ámbitos? ¿A cuáles?

Las redes sociales supusieron una promesa de democratización de la opinión pero son en realidad instrumentos y tecnologías de captación de la atención de las personas utilizando estrategias adictivas y permitiendo la persecución intolerante de formas de expresión de la diversidad. Determinadas comunidades de usuarios, así como instrumentos tecnológicos operados por organizaciones globales que combinan intereses políticos y económicos, explotan el odio y la persecución de personas, con una capacidad de anulación insólita en la historia. En las redes se practica el acoso, el señalamiento y la destrucción de la imagen personal.

Dogma, monopolio de la violencia, imposición de la ley del silencio… ¿qué caracteriza a las “nuevas inquisiciones”?

La cultura científica, un rasgo fundamental de la sociedad contemporánea, opera mediante el cuestionamiento de mitos y dogmas, de prejuicios y sesgos cognitivos. Ahora bien, en la sociedad actual ha quedado abolida la autoridad del saber y todo el mundo se considera con capacidad de opinar y dictar verdad sobre todo. Las plataformas digitales dan voz a lo que se denominan 'hechos alternativos', cuestionan la validez del conocimiento científico y ofrecen altavoces para toda clase de bulos que son vividos como verdades fundamentales por determinadas comunidades digitales, que pueden sumar en los estudios estadísticos porcentajes significativos de población, aunque muy lejos de conformar mayorías sociales. Lo hemos visto y vivido durante la covid y durante la dana.

Ripoll fue denunciado por sus propios vecinos. ¿Qué papel juega la comunidad en estos procesos de denuncia y persecución ideológica?

Las comunidades en sí mismas no son buenas ni malas. Depende siempre del papel que juegan en un contexto dado. La movilización de comunidades y masas de personas ha formado parte siempre de los procesos de persecución ideológica y denuncia, pero esas movilizaciones raramente son espontáneas; tienen siempre instigadores y agitadores detrás que actúan a partir de situaciones de precariedad, amenaza y temores colectivos. Por ello mismo, la educación como herramienta crítica individual es tan importante, para neutralizar la credulidad y la posibilidad de movilización en función de los bulos.

¿Siguen existiendo 'castigo'” o señalamientos ejemplarizantes? ¿Qué papel juega la exposición mediática en ellos?

Recientemente estamos viendo cómo pseudoperiodistas persiguen por la calle y a las puertas de los domicilios a voces críticas frente al dogmatismo y la exclusión social. Las plataformas les proporcionan audiencias masivas en tiempo real y tienen efectos destructivos. También estamos viendo cómo herramientas de inteligencia artificial sirven literalmente para desnudar a personas, vejarlas y destruir su imagen social.

¿Qué papel juegan los algoritmos y la viralidad en amplificar estas nuevas hogueras simbólicas?

La viralidad de señalamientos se alcanza por la combinación de algoritmos operados por grupos o individuos con determinados intereses destructivos. Las guerras digitales tienen detrás tanto grupos con intereses concretos como las herramientas más o menos sofisticadas de la IA. Hoy por hoy, sociedad y tecnología actúan de forma interactiva.

El catedrático en Sociología por la UV, Antonio Ariño, en la universidad

El catedrático en Sociología por la UV, Antonio Ariño, en la universidad / Fernando Bustamante

¿Cómo evitar, a nivel social, que la crítica legítima o el señalamiento de injusticias desemboque en linchamiento social?

Los sistemas educativos, incluidas las universidades, deben —debemos— jugar un papel relevante en la socialización crítica en el uso de estas herramientas, que no son neutras por sí mismas. Pero también han de intervenir los medios de comunicación que quieren contribuir al bien social, algo que no debe darse por supuesto. La convivencia en común requiere aceptación de la diversidad y disposición para enriquecerse con la diferencia.

Nunca antes hubo medios con tanta capacidad de hacer daño y cancelar

Muchas veces quienes denuncian la llamada 'cultura de la cancelación' pertenecen a posiciones tradicionalmente dominantes. Si pensamos el momento en que el poder social y religioso señalaba y castigaba al disidente, ¿puede interpretarse ese discurso actual como una reacción a la pérdida de privilegios o como una reacción a una verdadera limitación de la libertad de expresión?

Hay casos en que determinadas personas confunden las críticas legítimas con una cancelación mientras se quejan de ello desde los grandes altavoces mediáticos. Es obvio que no han sido cancelados, pero ese discurso victimista les favorece. No deja de ser un ardid cínico. Ahora bien, la cancelación existe y se produce cuando se persigue a personas que hablan con libertad para que tengan miedo y dejen de hablar. Hay muchas formas de aniquilar la presencia pública y la imagen pública de las personas. Nunca antes hubo medios con tanta capacidad de hacer daño y cancelar. Este es un hecho que no debemos ignorar.

Hoy, ¿los disidentes son protegidos o igualmente castigados, aunque de otra forma?

En la sociedad española actual la crítica de las creencias religiosas católicas o cristianas no lleva a una condena a muerte, que es lo que sucedió, ni tampoco es imaginable la espectacularización que acompañó la ejecución de la sentencia. Pero hay sectores religiosos que utilizan la religión cristiana, como los autodenominados Abogados Cristianos, que son fundamentalistas e intolerantes. En otros países —véase el fundamentalismo cristiano en EE UU y otros fundamentalismos religiosos en distintos países del mundo— tienen la capacidad de hacer mucho daño e incluso de acabar con la vida de quienes tienen creencias diferentes. Nuestra sociedad no está vacunada contra el fundamentalismo y hay un fundamentalismo patriótico que tiene una presencia creciente. La libertad de expresión y la convivencia pacífica y democrática con los diferentes solo se pueden considerar conquistas adquiridas si tienen bases sociales que las sustentan.

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