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Amputada por culpa de una bacteria hospitalaria: "Así aprendí a vivir sin brazos ni piernas"
La valenciana Carla Maronda se operó de un quiste sin importancia hace dos años, pero una infección adquirida en el propio hospital acabó haciéndole perder las cuatro extremidades. Ahora ha contado su experiencia en un libro cargado de optimismo

Carla Maronda / Rafael Ricoy

Los últimos dos años de Carla Maronda (Xátiva, Valencia, 27 años) han estado plagados de días que marcan un antes y un después en una vida, pero ella ha elegido el momento del despertar del coma para titular el libro donde relata su experiencia de estos meses: 'El día que volví a abrir los ojos' (Kailas editorial).
Podría haber elegido el 23 de marzo de 2024, el "maldito día" –así se refiere a él en su relato- en el que pasó por el quirófano para quitarse un quiste sin importancia que le había salido en la ingle y dio comienzo su periplo por las salas de hospital, las sondas y los bisturís. O dos días después, cuando empezó a sentirse mal y tuvo que volver al centro hospitalario, de donde no volvería a salir en los dos meses siguientes. O el día en que, sedada y tras sufrir cinco paradas cardíacas, los médicos pidieron a sus padres que pasaran a la UCI para despedirse de ella porque su muerte era inminente.
Podría haber elegido el día en que, tras superar aquella crisis, le anunciaron que sus extremidades se habían necrosado debido al tratamiento que le habían aplicado para salvarle la vida. O la mañana en la que se miró por primera vez en el espejo después de pasar nuevamente por el quirófano y se vio sin manos y sin pies.
Pero ella ha elegido el despertar del coma como el momento clave de esta experiencia, y en su elección hay un mensaje encerrado: "La vida viene como viene y hay que saber adaptarse. Yo estuve a punto de cruzar al otro lado, pero sigo aquí, y eso es lo importante. Podría seguir llorando por lo que he perdido, pero prefiero aprovechar esta segunda oportunidad que la vida me ha ofrecido", cuenta con una vitalidad desbordante.

Carla Maronda / Rafael Ricoy
La operación
En realidad, su vida empezó a cambiar el día que se notó un pequeño bulto en la ingle al que no quiso dar demasiada importancia. A sus 25 años, con el título de Derecho ya enmarcado y dos másteres en camino, guapa, alegre, deportista y enamoradísima de su novio Ángel, sus preocupaciones no iban más allá de confiar que las grandes expectativas que tenía ante sí se fueran consolidando con el paso del tiempo. Pero aquel bulto siguió creciendo y el médico le aconsejó quitárselo.
El diagnóstico era bueno y la operación sería rápida, en unas horas estaría de nuevo en casa como si no hubiera pasado nada. De hecho, el cirujano le aconsejó que no cancelara las entradas del concierto de música al que tenía previsto ir el mismo día de la intervención, y al que acabó acudiendo confiada. Al día siguiente, vómitos, fiebre de 40, dificultad para respirar, un desmayo camino de Urgencias y fundido a negro.
Lo siguiente que Carla Maronda recuerda es abrir los ojos en una cama de hospital, intubada, rodeada de cables por todos lados y con los brazos y las piernas vendadas. No sabía dónde estaba ni por qué. Le contaron que la habían tenido 12 días sedada para tratarle la infección bacteriana que, al parecer, había cogido en el propio hospital y que había estado a punto de acabar con su vida. Quedaba pendiente resolver el encharcamiento pulmonar que le había ocasionado el tratamiento y el extraño cosquilleo que sentía en las extremidades.

Portada del libro El dia que volví a abrir los ojos. Carla Maronda / EPC
Lo primero se solventó sin tener que hacerle la traqueotomía que durante unos días sobrevoló su garganta, y a la que se resistió temiendo las secuelas. Lo segundo tuvo peor solución: un mes después de haber entrado a la UCI, la liberaron al fin de aquella red de cables, sondas y máquinas a la que había vivido conectada y llevaron a la consulta del cirujano, que no se anduvo con rodeos: "Tus manos están muertas y tus pies van fuera, tenemos que amputar", le soltó. "Ahí sí que me vine abajo. Lloré, grité, me enfadé con todo y con todos, sentí que mi vida se acababa y me pregunté por qué no me habían dejado morir cuando estuve a punto de hacerlo", recuerda.
El 28 de mayo, dos meses después de aquella primera operación "sin importancia", la joven volvía al quirófano para que le seccionaran los dos antebrazos y las dos piernas a la altura de las espinillas.
Nueva vida
En el carrusel de giros de guion que lleva padeciendo estos dos años, el último y definitivo ocurrió el día que los muñones que ahora rematan sus extremidades entraron en contacto por primera vez con las prótesis de pies y manos que hoy la completan. Ese día empezó su nueva vida. "Lo duro no fue la amputación, sino llegar a casa y afrontar la nueva realidad. Tenía que empezar de cero, recuperar la musculatura, adaptarme a las prótesis y educar al cerebro para que aprendiera los códigos de movimiento que me permiten moverlas", explica.
A esta tarea ha estado entregada estos meses, y con gran éxito, a juzgar por la soltura con que se maneja y los vídeos que cuelga en sus redes sociales, donde se presenta como "mujer biónica" y se la puede ver cocinando, pintando, nadando, en el gimnasio, desfilando en pasarelas de moda y montando a Bolero, su caballo. También le dio tiempo a acabar los dos másteres que estaba cursando cuando empezó todo y montar el despacho de abogada que tiene previsto inaugurar a la vuelta del verano.
Podría haberse limitado a digerir todos los cambios que ha sufrido, pero ha querido contarlos en un libro convencida, dice, de que su testimonio puede ayudar a personas que sienten que lo han perdido todo y que no hay salida. "Si yo he logrado llegar aquí después de todo lo que me ha pasado, quiero que quien conozca mi historia sepa que también puede, por muy mal que esté", declara. El libro lo prologa Irene Villa, que perdió las dos piernas y varios dedos hace 35 años en un atentado de ETA, otro ejemplo de superación como ella, que define a Carla como "el mejor ejemplo de que la vida conspira a favor de quien se atreve a avanzar".
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