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Las 'locas' que desafiaron las convenciones sociales de su tiempo

La escritora y farmacéutica Marisol Donis publica ‘Mujeres grises sobre fondo negro’, un ensayo en el que documenta los ingresos psiquiátricos como herramientas de control social para silenciar a mujeres díscolas

Adele Hugo, Elizabeth Packard, Lucia Joyce y Charlotte Perkins.

Adele Hugo, Elizabeth Packard, Lucia Joyce y Charlotte Perkins. / EPC

Natalia Araguás

Natalia Araguás

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Corría el siglo XIX cuando el escritor Victor Hugo recibió una carta del cónsul francés en Barbados donde ponía: “Hay aquí una loca que dice ser su hija”. En efecto, se trataba de Adèle Hugo, que vagaba por las calles hambrienta y con la ropa hecha jirones después de que su amado, el oficial británico Albert Pinson, abandonase el Ejército y las islas tras casarse con otra. Antes se lo había pedido a Adèle, que lo rechazó pues no creía en el matrimonio a la vista del desastre de sus padres. Luego Pinson pasó página y ella se arrepintió y lo persiguió por todo el globo: ya en 1863 se fugó del hogar familiar para seguir sus huellas hasta Halifax, en Canadá. Tras la carta del cónsul de Barbados a Victor Hugo volvió a Francia y fue ingresada en una casa de salud reservada a mujeres. Le diagnosticaron erotomanía, un amor romántico llevado al extremo. A la muerte del escritor, Adèle heredó su fortuna, sin poderla administrar por su estado mental. Toda Francia pensaba que los cinco hijos de Victor Hugo habían muerto hasta que una periodista descubrió la existencia de Adèle en 1902, que nunca más volvió a vivir de forma autónoma. Pese a su fijación romántica cuando fue institucionalizada no estaba loca, pero eso no la libró de un ingreso tan aislado que ni se enteró de la muerte de su padre, que solía visitarla, en 1885. Murió a los 85 años de edad.

Es uno de los casos que documenta ‘Mujeres grises sobre fondo negro’ (Al Revés), que destapa una realidad largamente invisibilizada: durante los siglos XIX y gran parte del XX, miles de mujeres fueron etiquetadas como “locas” sin sufrir enfermedad mental alguna, solo por desafiar las convenciones sociales de su tiempo. El ensayo recoge casos como el de la valenciana Juana Sagrera, víctima de una conspiración familiar para arrebatarle su patrimonio. O Elizabeth Packard, declarada demente después de que su marido, un pastor calvinista catorce años mayor que ella, la encerrase bajo llave con su bebé de 18 meses y tapiara las ventanas con tablas de madera claveteadas: fue su hijo mayor de edad quien pidió que la sacasen del manicomio después de tres años de encierro con la etiqueta de “incurable”. Ya repuesta, lucharía por los derechos de las mujeres incapacitadas y publicaría ‘Llamamiento a favor de los insanos’. O Charlotte Perkins, que nunca quiso casarse pero al final accedió y se quedó embarazada. Tras sumirse en una cruda depresión posparto y que el psiquiatra Silas Weir Mitchel le prescribiera ya en un sanatorio una total dedicación a la vida doméstica, tener a la bebé siempre al lado y dejar de pintar y escribir, empeoró. Acabó por divorciarse, escribió ensayos, narrativa y vivió de su trabajo. En 1892 publicó ‘El papel de pared amarillo’, el relato de una madre reciente que enloquece mirando el empapelado de la pared. Fue pionera en defender la eutanasia y los derechos de la mujer.

“En el siglo XIX ingresaban a las mujeres por transgredir los roles de género, no porque estuvieran enfermas. Por vanidosas, por inadaptadas, porque salían con hombres que no gustaban a sus padres o por melancólicas”, enumera en conversación telefónica Marisol Donis, autora de un ensayo que tiene el revelador subtítulo ‘Herramientas de control social para silenciar a las mujeres’: “Normalmente el mal lo tenían en casa. Si tenías un padre raro o ausente y una madre machacona que te hacía la vida imposible, tenías todas las papeletas para acabar en el manicomio”, añade la escritora y farmacéutica.

Cumplía todas estas condiciones Lucia Joyce, que nació en Trieste, en un hospital para indigentes, porque sus padres eran refugiados. Sólo James Joyce la quería: aunque destacaba por su cultura y sus dotes para la danza -llegó a formarse en París con Raymond Duncan, hermano de Isadora Duncan-, solo cosechaba críticas por parte de su madre, que además se negaba a que fuese bailarina y se burlaba de su ligero estrabismo, pese a su belleza. Tras enamorarse y ser rechazada por Samuel Beckett, sufría colapsos nerviosos. Acabó ingresada en un sanatorio de Francia y sometida a “curas de sueño”. Las pacientes eran noqueadas a base de barbitúricos, que se pusieron de moda en los años 20, y dormían entre cinco y nueve días, necesitando asistencia incluso para alimentarse dado su estado de inconsciencia.

"No habría psiquiátricos para todas"

“Si actuaran como en el siglo XIX y principios del XX no habría psiquiátricos para encerrarnos a todas”, concluye Marisol Donis. Fue la visita a la exposición ‘Voces Olvidadas’, sobre mujeres ingresadas en el psiquiátrico de Conxo de Santiago de Compostela, la que le inspiró para escribir el ensayo, al quedar impactada por lo sencillo que resultaba en el pasado invalidar a cualquier mujer molesta alegando problemas de salud mental. Al ponerse a investigar, descubrió que había sentado escuela el neurólogo francés Jean-Martin Charcot durante su etapa como director de La Salpêtrière a partir de 1862, donde podían acabar mujeres con cualquier problema mental insignificante. Una mujer con una úlcera en la pierna que apenas cicatrizó, que se volvió maníaca por el temor de volver a pasar por lo mismo, fue ingresada allí durante años.

Charcot se dedicó a investigar la histeria en La Salpêtrière haciendo experimentos con mujeres del todo desvalidas. Comenzó a considerar la histeria como un problema de la corteza cerebral, y no del útero, utilizando la fotografía y la hipnosis para recrear el sufrimiento convulsivo de las histéricas. En la práctica, sugestionaba a las internas para recrear el momento exacto de sus crisis, y montaba visitas guiadas para exhibirlas, como si de un zoo humano se tratase. Una de ellas fue una niña de 14 años, que acabó allí para protegerla de la mala vida de su madre y sufría el baile de San Vito. Cuando salió del hospital y fue dada de alta, se convirtió en la famosa bailarina Jane Avril, estrella del Moulin Rouge y musa del pintor Toulouse-Lautrec. Muchas de las pacientes de La Salpêtriere mejoraron milagrosamente tras su muerte. Muchas otras eran cocineras. Según un artículo supuestamente científico del doctor Berthier, médico del Hospital de Dementes de Bicétre, en París, “las cocineras tienen un humor desigual, un orgullo excesivo, voluntad caprichosa que suelen llevar hasta la terquedad y un carácter extremadamente irritable y extraño. Algunas llegan a divagar y padecer crisis histéricas”.

Por fortuna, tanta arbitrariedad en los ingresos psiquiátricos se acabaron hace décadas y la investigación de Marisol Donis se interrumpe en los años treinta. “Ahora ningún médico ni psiquiatra te trata así. Sigue habiendo depresiones postparto y mujeres que quieren dirigir su propia vida y no que se la dirijan. Los problemas los tenemos pero se resuelven de otra manera”, concluye. Ni en cuestiones de salud mental ni en feminismo se aguanta el axioma de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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