Política forestal
El 'escudo vasco' frente al fuego que se mantiene vivo para esquivar incendios este verano
El País Vasco registró un impacto muy inferior al de otras comunidades del norte en el año más devastador de la historia de España

Un bombero de Euskadi trabaja en las labores de extinción de un incendio en 2022. / Eduardo Sanz / Europa Press
Mientras gran parte de España luchaba el pasado año por contener la peor ola de incendios en tres décadas, con cientos de miles de hectáreas arrasadas en comunidades del norte como Galicia o Castilla y León, Euskadi logró esquivar los fuegos de gran magnitud. El País Vasco registró cifras mucho más contenidas, consolidando una tendencia que se viene repitiendo los últimos años, en los que apenas se queman unas decenas de hectáreas anuales.
En 2025, la Comunidad Autónoma Vasca volvió a registrar una superficie quemada reducida. Vizcaya contabilizó 21 incendios forestales que afectaron a 82,78 hectáreas, mientras que Guipúzcoa y Álava mantuvieron cifras igualmente contenidas, sin fuegos de gran magnitud.
Las cifras de los últimos años sitúan al País Vasco como una de las autonomías con menos hectáreas quemadas del país, junto con La Rioja, Murcia o Baleares. Tanto es así, que el Gobierno vasco, en colaboración con las diputaciones de las tres provincias, adquirió en 2024 su primer -y por ahora único- medio aéreo, un helicóptero antiincendios que, junto a decenas de efectivos, colaboró el pasado verano en la lucha contra el fuego en otras comunidades.
Prevención durante todo el año
Las tres diputaciones forales, que destinan conjuntamente más de 100 millones de euros a prevención y extinción de incendios, lideran la lucha contra las llamas en Euskadi. El Gobierno Vasco, por su parte, coordina la respuesta en situaciones de emergencia.
“Un monte cuidado arde menos, y si arde, avanza más despacio y se puede atacar con eficiencia”
La estrategia vasca no se limita a la extinción, sino que apuesta por una prevención permanente basada en la gestión del monte, la vigilancia y la regulación del uso del fuego. La creación de barreras naturales para frenar el avance de las llamas, las labores de desbroce, clareos y podas destinados a reducir la carga combustible, y el mantenimiento de una red de pistas forestales son algunas de las medidas que lleva a cabo la diputación de Vizcaya. “Un monte cuidado arde menos, y si arde, avanza más despacio y se puede atacar con eficiencia”, señalaba el pasado año la diputada vizcaína de Medio Natural, Arantza Atutxa.
1989, un año negro en la memoria
Las terribles imágenes que dejó el fuego en varias comunidades en 2025 se vivieron hace 37 años en Euskadi. En aquel diciembre de 1989, las llamas de 174 incendios convirtieron los montes vascos en un infierno que arrasó cerca de 30.000 hectáreas, un 10% de la masa forestal.
Este episodio oscuro en la historia vasca marcó un punto de inflexión que impulsó a las administraciones a tomar medidas preventivas que dieron resultado. Si en la década de los ochenta ardía cada año el 1,51% de la superficie forestal, en los noventa la cifra se redujo al 0,13%.
Un patrón particular
Puede parecer contraintuitivo que la dramática situación del 89 se diera en pleno invierno, pero nada más lejos de la realidad. El asesor y divulgador ambiental Julen Rekondo explica a este diario que, al contrario de lo que ocurre en otras comunidades, en la vertiente cantábrica del País Vasco -Vizcaya, Guipúzcoa y norte de Álava- “la época de incendios más peligrosa es en otoño e invierno, coincidiendo con los vientos de componente sur y una menor humedad ambiental en esos meses”. En cambio, en la zona sur -Rioja alavesa y Llanada alavesa- el riesgo aumenta en verano y principios de otoño, algo semejante a lo que ocurre en el resto de la península.
A ello se le suma el cambio climático, que si bien no es el causante de la chispa que provoca la destrucción, sí dibuja un escenario más propicio para la expansión de los grandes fuegos. Tal y como explica Rekondo, las altas temperaturas y la reducción de las precipitaciones provocan que la vegetación esté más seca y los paisajes sean más inflamables. En una autonomía con casi 400.000 hectáreas de masa forestal, lo que supone un 55% del territorio, se convierte en el cóctel perfecto para un desastre.
La propiedad de la superficie arbolada tampoco es baladí. En Vizcaya y Guipúzcoa en torno al 75% de los montes son privados, mientras que en Álava ocurre justamente lo contrario. Los propietarios privados, buscando el rendimiento económico, suelen mantener cuidadas sus tierras, pero, al mismo tiempo, plantan “árboles de crecimiento rápido como el pino radiata o el eucalipto, que son especies muy pirófilas, más que los árboles autóctonos como hayas y robles”, explica Rekondo.
“Prevenir es salvar bosques, territorios y vidas humanas”
Galardonado con el Premio Nacional de Medio Ambiente de 1998, Julen Rekondo advierte de que, aunque en los últimos tiempos Euskadi no ha sido víctima de grandes incendios, el riesgo es latente. Por ello, aboga por hacer un esfuerzo mayor en la prevención, puesto que hechos como la propagación de la enfermedad de la banda marrón en los pinos indican una falta de control por parte de las administraciones y propietarios de los terrenos.
“Prevenir es salvar bosques, territorios y vidas humanas”, subraya Rekondo, que defiende la necesidad de que la ciudadanía asuma también su responsabilidad. “En la época de nuestros abuelos, la gente conocía cómo podía sobrevivir y los riesgos ante estas situaciones. En la sociedad actual, se considera el incendio un problema de los trabajadores forestales y las administraciones”, expone, y llama a los ciudadanos a ser más partícipes y estar más informados.
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