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Vivir en un pequeño pueblo de menos de 100 habitantes: “Antes venía el médico una vez a la semana, pero ahora las citas son telefónicas"

Veinte pueblos cuentan con menos de 100 vecinos censados en el territorio valenciano. Castell de Cabres es el que menos con 21, aunque en realidad residen menos de una decena. José Ramón Segura es uno de ellos. La despoblación también obliga a la experiencia de la soledad

José Ramón Segura, en el local que regentaba en Castell de Cabres.

José Ramón Segura, en el local que regentaba en Castell de Cabres. / Levante-EMV

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Iván Fernandez

Castelló
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Calles desiertas, ausencia de negocios, falta de servicios básicos y largos desplazamientos en coches para realizar la mayoría de gestiones. Pero a cambio, una vida en un entorno natural privilegiado y una existencia más relajada, más pausada y, en muchos sentidos más libre. La despoblación deja estas contradicciones en muchas poblaciones. En la Comunitat Valenciana, en la actualidad, son 20 los pueblos que cuentan con menos de 100 vecinos censados, según el Instituto Nacional de Estadística, y 2 de ellos están en la provincia de Alicante, mientras que 3 se encuentran en la de Valencia. Es la provincia de Castellón la que se lleva la palma con 15 poblaciones por debajo de este umbral.

Esta lista lo componen Villamalur (99 habitantes), Fuentes de Ayódar (98), Matet (94), Villanueva de Viver (94), Pavías (72), Herbers (68), Sacañet (67), Vallat (66), Vallibona (63), Torralba del Pinar (57), Fuente la Reina (55), Higueras (54), Villores (51), Palanques (34) y Castell de Cabres (21). Según el INE, han abandonado esta situación en 2025 Espadilla y Torrechiva que ya superan los 100 vecinos, con 101 y 106 respectivamente. Por su parte, en Alicante, Famorca y Tollos tiene 49 y 32 habitantes cada uno, y en Valencia están Carrícola (94 habitantes), Puebla de San Miguel (63) y Sempere (33).

Castell de Cabres, el municipio menos habitado de la Comunitat Valenciana.

Castell de Cabres, el municipio menos habitado de la Comunitat Valenciana. / Levante-EMV

Esto convierte a Castell de Cabres en el pueblo más pequeño de la Comunitat Valenciana. Aunque los datos oficiales señalan que el municipio supera la veintena de censados, no alcanza la decena el número de personas que residen en esta localidad del Baix Maestrat. Un lugar en el que todos se conocen y donde, entre estas pocas personas, se encargan de mantener con vida el municipio.

Uno de los que sabe cómo es la experiencia de vivir en esta soledad casi extrema es José Ramón Segura, ahora ya jubilado, pero que durante 33 años se encargó de la gestión del bar-restaurante la Espiga, el único de estas características de la población. “La vida no es fácil, pero en todos los sitios es igual”, señala Segura. Después de haber abandonado Castell de Cabres con dieciséis años y haberse pasado década y media en distintos trabajos lejos del pueblo, volvió con treinta a su lugar de nacimiento, donde lleva residiendo los últimos 40 años.

Los servicios están fuera y dependemos del coche para ir a comprar lo que necesitamos

José Ramón destaca la necesidad de contar con un vehículo propio para habitar en un pueblo de estas características. “Los servicios están fuera y dependemos del coche para ir a comprar lo que necesitamos en otros sitios”, comenta, pero valora que “no es el ajetreo de la urbe. También hay personas que necesitan una hora y media de trayecto para ir y volver del trabajo en una gran ciudad”.

Entre lo que más valora se encuentra “el entorno en el que vives, que eso no lo tienes en una ciudad, y otra velocidad a la hora de vivir. Pasas los días tranquilo y puedes dar vueltas por los caminos. No es algo monótono”.

Sin embargo, sí que es cierto que hay dificultades a las que se debe enfrentar. “Antes había consulta médica en el pueblo o venía el médico una vez a la semana, pero ahora las citas son telefónicas o recibes llamadas del hospital para que vayas al doctor en tal día concreto. Es un déficit, porque en otros lugares puedes ir al centro de salud a pie”.

Tampoco facilitan las cosas los fenómenos meteorológicos. José Ramón Segura señala especialmente a la nieve. “Es lo que más respeto genera. La nieve y el hielo pueden producir que la carretera quede cortada y es un peligro. Pero son momentos puntuales, como el calor extremo o el viento violento”, afirma.

De todas formas, a pesar de las carencias y el aislamiento, su valoración de la vida en el pueblo más pequeño de la Comunitat Valenciana es positiva. “Està tot una mica llunyà -dice-, pero siempre tienes tareas por hacer. No sabría vivir en otro sitio ahora mismo”, concluye.