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SIN DENUNCIA NO HAY CASO

La pesadilla de una víctima de violencia de género: "Cuando volvamos a casa te vas a enterar"

Ocurrió ayer, a las 19.00 horas, en la gran sala de embarque del aeropuerto de Jerez. Un hombre agredió a su esposa, lo denunciamos, lo retuvieron en Jerez, su esposa voló a Palma y, al llegar a la isla, su hijo la convenció de que no denunciase a su padre

Dos guardias civiles, en la pista de Son Sant Joan, atienden a la señora maltratada y a dos mujeres que fueron testigos de lo ocurrido.

Dos guardias civiles, en la pista de Son Sant Joan, atienden a la señora maltratada y a dos mujeres que fueron testigos de lo ocurrido. / EMILIO PÉREZ DE ROZAS

Emilio Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

PALMA
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Lo relato tal y como ocurrió. Pongo nombres falsos, imaginarios, a las mujeres que intervinieron, pues el despreciable protagonista ni siquiera merece tener nombre inventado, tal fue su mezquindad. A la señora mayor (o no tan mayor) la conoceremos por Consuelo; a la valiente muchacha que dio el grito de alarma, Carolina, y a la segunda testigo, Mercedes.

Cuento la historia, desgraciadamente real como la vida misma, que ocurrió a las 19.20 horas de ayer, en la puerta de embarque número 2 del coqueto aeropuerto de Jerez, Vueling-3154, con salida hacia Palma a las 20.30 horas, y que acabó adelantándose 10 minutos. Y la cuento para que se hagan una idea, aunque ninguno de ustedes se llevará sorpresa alguna, de cómo funciona, no solo el maltrato, sino lo mucho que cuesta que las mujeres se atrevan a denunciar a los que las maltratan de palabra u obra.

Golpes y amenazas

Esperábamos decenas de pasajeros (había, incluso, overbooking, es decir, exceso de viajeros) a que llegase la hora de embarcar. En Jerez, no hay ‘jardineras’, ni ‘finger’ ni pasarelas. Llegas al avión caminando por la pista hasta el Boeing, cuyo morro casi toca las cristaleras de la inmensa sala de espera, una sola, grande y común, para las cinco puertas de embarque.

Yo estaba sentado, espalda con espalda, al matrimonio mayor, coincidiendo con el asiento del hombre, mientras que Consuelo estaba a su lado. Y, de pronto, apercibí como si la fila de asientos se moviese, ligeramente, nada escandaloso pero llamativo. No le di importancia hasta que escuché los gritos de Carolina, la joven que estaba sentada frente a la pareja. Carolina gritaba, desesperada, para que el hombre dejase de darle codazos fuertes, contundentes, en un brazo, en el hombro a Consuelo, y le amenazase con algo más. Peor, sin duda.

Ocurrió ayer en Jerez. Una muchacha dio el grito de alarma al ver como un hombre, mayor pero no viejo, agredía, a codazos, a su esposa mientras esperábamos embarcar en el Vueling-3154 rumbo a Palma. La Guardia Civil retuvo al agresor y ella voló a la isla..

Carolina llegó a ponerse de pie, en ningún momento hizo ademán de enfrentarse al hombre, entre otras cosas porque el aeropuerto es tan pequeño que la pareja de la Guardia Civil acudió de inmediato al oír los gritos de Carolina.

Mercedes y yo, que, repito, habíamos estado a punto de intervenir, oímos, nítidamente, cómo, cuando uno de los guardias cogía, sin violencia ninguna, con tacto, al hombre por su antebrazo izquierdo, el agresor le soltó a su esposa, asustada es poco, asustadísima: "Cuando lleguemos a casa, te vas a enterar". El matrimonio, por descontado, vive en Palma y tienen un hijo, sí.

Pocos minutos después de que la Guardia Civil se llevase al hombre a las dependencias que tienen en el aeropuerto, regresó el más joven de los policías para pedirle a Carolina si podía relatarles, ya en su despacho, lo ocurrido. Carolina nos dejó sus enseres y se fue con ellos. Regresó a los cinco minutos. No había mucho que contar, aunque fuese tremendamente desagradable y denunciable. No volvimos a saber más del agresor y entramos en el avión.

Cuando estábamos ya todos sentados, una pareja de azafatos, tremendamente amables y, por descontado, tremendamente sensibles, acompañaron a Consuelo a su asiento. Carolina se sentó, curiosamente, detrás de mí, que tenía el asiento 5C. Tras haber acomodado a Consuelo, ofrecido agua, algo de comer y unos bombones, el azafato le preguntó a Carolina cómo se encontraba y si necesitaba algo. La muchacha respondió que estaba bien y que solo sufría por Consuelo.

La Guardia Civil del aeropuerto de Jerez quiso que otros dos viajeros reforzásemos la versión de la muchacha que reclamó su presencia y así lo hicimos, aunque no sirvió de mucho. Bueno, no sirvió de nada.

Evidentemente, de los cientos de pasajeros que viajaban en el VY-3154, nadie se enteró del percance. Nadie. Eso sí, el comandante le sugirió a su tripulación que le ofreciesen a Consuelo la posibilidad de ir, más cómoda y protegida, en los asientos delanteros, pero la mujer dijo que ya se había instalado en el suyo y, tras agradecer el ofrecimiento, no se movió.

Ya saben ustedes que, en cuanto el avión toca tierra, los pasajeros se vuelven locos, se levantan de inmediato de sus asientos e, incluso, mientras el avión va camino de su aparcamiento, ya están sacando las maletas de los maleteros superiores. Y, sí, así ocurrió al tocar tierra, sobre las 22.00 horas de ayer martes en el aeropuerto de Son Sant Joan.

“¡Por favor, señores, por favor!, vuelvan a sus asientos, coloquen, de nuevo, las maletas en los compartimientos superiores, pues tiene que entrar la Guardia Civil!”, dijo el azafato por megafonía. Alguien, probablemente el comandante, con gran criterio y sensatez, debió de sugerirle a la pareja de la Guardia Civil que se quedasen en la escalerilla del avión y Consuelo, Carolina y Mercedes fueron las primeras en desembarcar, con suma discreción.

Mientras el resto de pasajeros fuimos descendiendo poco a poco y llenando las dos ‘jardineras’ que estaban aparcadas a los pies del avión, los policías custodiaban a Consuelo, que estaba hablando con su móvil con su hijo ante la mirada, atónita, de Carolina y Mercedes. Ninguna de las dos daba crédito a lo que estaba pasando. O sí, desgraciadamente sí daban crédito a lo que estaba ocurriendo, “pues siempre ocurre lo mismo”, dijo Carolina al subirse al autobús.

En efecto, Consuelo trataba, bueno, no, no trataba, justificó el comportamiento de su esposo, llegando a decir que “tiene pronto, pero enseguida se le pasan”, “va medicado”… Y todos pensamos: por Dios está volviendo a suceder.

Nada más aterrizar en el aeropuerto de Son Sant Joan, bajo el borro del avión, la mujer agredida llamó a su hijo, que le convenció, ante la presencia de la Guardia Civil, que, de ninguna manera, se le ocurriese denunciar a su marido, a su padre.

Carolina, al detectar, en efecto, que el hijo de Consuelo le estaba diciendo a su madre que no podía denunciar a su padre de ninguna manera, les dijo a la pareja de la Guardia Civil que ella ya había cumplido, ya había hecho lo que creía que debía hacer, que la policía de Jerez tenía sus datos y que, lo sentía mucho, pero que ella no perdía ni un minuto más “si la señora quiere correr el riesgo de no denunciar”.

Y, en efecto, cuando los tres, Carolina, Mercedes y yo nos juntamos en un rincón de la ‘jardinera’, insisto, sin que el resto del pasaje sospechase nada, en el trayecto hasta la sala de equipajes del aeropuerto de Palma solo pudimos lamentar y comentar con amargura esa maldita coletilla de “luego, pasa lo que pasa”.

"Si hace eso en público..."

“Si ese hombre se atreve a hacer lo que ha hecho, en público, en plena sala de embarque, qué no se atreverá a hacerle a su esposa en la intimidad de su hogar”, les comenté a ellas, insisto, con la boca pequeña. “Que se atreverá a hacerlo, no, ¡qué le habrá hecho, ya!”, apostilló Mercedes. "Lo siento, pero creí que debía hacerlo”, añadió Carolina, a la que felicitamos por su acción, por su tremenda valentía y determinación.

Se supone que aquel despreciable hombre cogerá, hoy mismo, el primer vuelo Jerez-Palma y volverá a su casa donde, con el consentimiento de su hijo, sin duda, seguirá maltratando, de palabra y obra, a Consuelo, pese a que, ante la presencia de su hijo, le habrá prometido no volver a hacerlo nunca más.

Sin denuncia, ya se sabe, no hay caso, pero todos sabemos que lo habrá, sí, lo habrá.

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