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La nueva "normalidad" de esta mujer en su pueblo de Zamora

Así vive Azucena tras escapar de la jaula de Faraday: su aventura tras seis meses en un búnker escondida de la radiación de las farolas

Su familia ha conseguido cambiar la iluminación, previo pago de más de siete mil euros, y con ello mejorar la compleja vida de una persona intolerante a sustancias químicas y tecnologías inteligentes

Azucena Barrio totalmente protegida en el jardín de su casa

Azucena Barrio totalmente protegida en el jardín de su casa / J. S.

Irene Gómez

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Lo primero que hizo Azucena cuando se aseguró de que las luminarias de su calle ya no amenazaban a su salud fue salir de la jaula de Faraday, ponerse su mascarilla de protección a los productos químicos, su gorro apantallado, sus gafas de sol y plantarse en el jardín. Luego se sentó debajo de los árboles, se descalzó y tocó la tierra. Habían pasado seis meses sin ver la luz del sol, sin "respirar" aire puro.

"Necesitaba conectarme con la tierra para descargarme". Un acto tan común como salir a tomar el aire puede ser una quimera para una persona con Hipersensibilidad Electromagnética (EHS) y Sensibilidad Química Múltiple (SQM). Intolerancias que han condenado a Azucena durante medio año a un inhumano encierro en una celdilla de apenas dos metros cuadrados protegidos por una tela de hilo de plata y malla de acero inoxidable.

Y todo porque el alumbrado público con luces led instalado en Cerecinos del Carrizal, donde Azucena Barrio vive junto a su marido Javier Salvador, generaba una transmisión electromagnética demoledora para un cuerpo tan hipersensible. La familia emprendió una batalla incansable por la sustitución de farolas y seis meses después lo han conseguido, teniendo que costear los 7.304 euros por el cambio de 18 luminarias mientras la Diputación Provincial de Zamora se comprometió a asumir el coste de la pérdida de la subvención por la desinstalación de las anteriores, que supone una modificación del proyecto ejecutado con fondos europeos.

Azucena Barrios en su casa de Cerecinos del Carrizal, donde empieza a adaptarse a la "normalidad"

Azucena Barrios en su casa de Cerecinos del Carrizal, donde empieza a adaptarse a la "normalidad" / J. S.

La burocracia no sabe de valores ni de sensibilidad, y Azucena ha tenido que firmar con el Ayuntamiento un acuerdo donde queda bien claro que la sustitución de las luminarias "no supondrá coste alguno para la Diputación", que ésta a su vez se compromete a asumir "la pérdida de la subvención" y que "no se hace responsable del funcionamiento de las nuevas luminarias ni de su integración en el sistema de telegestión existente".

"Eran las farolas o mi vida"

Unas condiciones y un sacrificio económico extraordinario, pero irrenunciable para esta familia que ya viene soportando otros muchos gastos para asegurar a Azucena una vida mínimamente digna. "Eran esas farolas o mi vida" cuenta al otro lado de un teléfono fijo, convencional y desde una nueva "normalidad" que le permite estar en casa sin mascarilla, dormir en su cama o preparar la comida para ella y su familia.

Con la misma disciplina que han asumido las condiciones de la administración, la familia agradece la "diligencia" y "generosidad" de la empresa encargada de la nueva instalación para buscar los modelos de farolas más adecuados, con unos cuadros eléctricos que controlan el encendido y apagado a través de un interruptor crepuscular.

Instalación de las nuevas farolas

Instalación de las nuevas farolas / J. S.

"Después de muchos meses he conseguido el récord de dormir durante cinco horas seguidas. Para mi eso era inalcanzable; de hecho, no me atrevía a decírselo a mi familia, pero no tenía esperanza de salir de la jaula". ¿Ya no tiene que entrar? "En momentos puntuales sí, porque no solo me afecta un teléfono móvil, puede ser hasta un avión. Cuando mi cuerpo percibe cualquier campo electromagnético, ahí está mi refugio y me tiro el tiempo que necesite".

El desafío no es baladí frente a la hostil realidad de un mundo dominado por las tecnologías inteligentes y el uso generalizado de sustancias químicas. "Tengo muchos problemas neurocognitivos, en cuanto percibo un tóxico, sea químico o electrosensible, me empieza fallar el habla, tengo dificultad para expresarme, no asimilo información, empiezo a tartamudear, me falla la vista, el oído…".

Tal es la quimera de esta zamorana que no deja de dolerse ante la "incomprensión" de un sistema público de salud aún "tibio" con el reconocimiento de estas enfermedades emergentes derivadas de la exposición a tóxicos y campos electromagnéticos que pueden llegar a distorsionar el funcionamiento normal del organismo hasta límites más extremos.

Azucena cuando estaba encerrada en la jaula de Faraday

Azucena cuando estaba encerrada en la jaula de Faraday / J. S.

Por eso el imprescindible refugio de la jaula. Porque cuando sale al jardín, o desde su propia casa, cualquier teléfono móvil, antena, máquinas, aparatos conectados más allá de su anillo de seguridad "me obligan a meterme corriendo en casa", cuando no, ir directamente a la jaula para salvarse de una crisis de imprevisibles consecuencias en su organismo. "Estoy intentando día a día coger mis rutinas, ponerme mi desayuno; mi chocolate vegano (que mi marido lo hace riquísimo), mis piezas de fruta, mi manzana y mi plátano troceado, que me dan mucha energía, a nivel físico y psicológico".

Todo un desafío para una existencia condicionada por un móvil, un despertador inteligente, antenas, el rúter, wifi, radio, televisión o un ordenador, además de los tóxicos que pululan en el ambiente, la fatiga crónica y, un enemigo no menos doloroso, la incomprensión. Por fortuna, Azucena y su familia se sienten arropados por un entorno, amigos, asociaciones o "tantas personas de mi pueblo, Manganeses de la Lampreana, que se han preocupado por mi situación y nos han apoyado". Sencillos gestos "que me dan vida y mucha energía".

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