Sara Álvarez, investigadora en la Universidad de Michigan: "Hay que coger las oportunidades que te da la vida y demostrar que vales"
La joven gallega investiga la resistencia a herbicidas en la Universidad Estatal de Michigan y colabora con grandes empresas como BASF

La investigadora guardesa Sara Álvarez, en el laboratorio. / FDV
La vida se teje de casualidades como las que han llevado a Sara Álvarez (A Guarda, 1996) hasta la Universidad Estatal de Michigan. Empezó a estudiar Biología tras haber suspendido esta materia en selectividad. Era su segunda opción tras Enfermería y su intención era cambiarse de carrera al siguiente curso, pero le encantó. Tanto, que después inició un doctorado que la llevó hasta Milán. Allí conoció a otro joven investigador italiano y, fruto del azar y del amor, acabó en una de las instituciones académicas más potentes en agricultura y en la que impulsar su carrera profesional.
Allí estudia la resistencia a los herbicidas de la ambrosia común (Ambrosia Artemisiifolia), que además de perjudicar en gran medida a los cultivos produce grandes cantidades de polen y, por tanto, es responsable de las alergias en humanos. Y aunque nativa de América del Norte, se extiende por Europa como una especie exótica invasora.
«Se está haciendo resistente a muchos grupos de herbicidas. Yo estudio mutaciones en dos poblaciones de esta planta que me llegaron desde unos campos de Michigan y las comparo con las de otra no susceptible a los herbicidas PPO. Y he encontrado una nueva mutación que no había sido reportada antes en EE UU. Estoy en el proceso de escribir el artículo científico para publicarla y estudiándola individualmente en bacterias para analizar su capacidad de producir resistencia en solitario», comenta.
Una de las cosas que destaca de su grupo en Michigan , que lidera el especialista en genómica y resistencia en herbicidas Eric Patterson, es la intensa colaboración con multinacionales como Corteva, Basf o Syngenta. «Una parte muy importante de nuestra financiación viene de la industria. De hecho, gracias a eso pudimos seguir investigando durante el shutdown del gobierno Trump del año pasado», comenta.
«No vi esta colaboración mientras estaba en España. Pero aquí las empresas asisten a los congresos y, si les parece interesante tu investigación, te financian. Hay un link mucho más grande y todos ganan. Cuando encontramos la mutación contactamos con un experto de BASF en Alemania que nos envió una muestra de herbicidas para estudiar la resistencia y el verano pasado me invitaron allí para dar unas charlas y tuve muchas reuniones con ellos. Fue muy productivo. Además, estas colaboraciones siempre te pueden abrir puertas», destaca.
En Michigan también tiene acceso a muchos más recursos: «En la UVigo había un invernadero y aquí hay ochenta. Y tienes 600 cámaras de cultivo en vez de una sola a tu disposición. Es otra cultura y es difícil estar tan lejos, pero compensa si te focalizas en la carrera profesional».
Antes de llegar a EE UU, Sara realizó el máster en Biotecnología Avanzada de la UVigo y después dedicó su tesis a la búsqueda de metabolitos producidos por las propias plantas para elaborar bioherbicidas sostenibles frente a los sintéticos tradicionales. Lo hizo en el grupo de Agrobiología Ambiental bajo la dirección de Adela Sánchez Moreiras, con la que ya se había «adentrado» en este campo para el trabajo fin de grado y cuya profesionalidad y trato alaba.
Y además tuvo como cotutor al profesor Fabrizio Araniti, junto al que realizó una estancia en la Universidad de Milán. Allí conoció a su pareja, Tomasso Tadiello, al que acabó siguiendo hasta Michigan. Y en septiembre de 2024 inició su doctorado en el laboratorio de Patterson.
«Hay que coger las oportunidades que te da la vida y demostrar que vales. Me fui a la otra parte del mundo por amor, pero a la vez ha sido muy bueno para mi carrera. En investigación siempre te hace falta esa pizca de suerte, de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Además de trabajar y esforzarse», señala.

Sara Álvarez, en los invernaderos de la Universidad de Michigan. / FDV
Cuando llegó a EE UU también tuvo que enfrentarse al hecho de ser la única mujer y la única ‘postdoc’ en su grupo y en los más cercanos del departamento. «Los primeros meses fue un shock. La mayoría eran hombres y en un nivel por debajo del mío. No sabes qué rol tomar. Llegaba de otro sistema y a nosotras siempre se nos juzga más que a ellos, pero al final con esfuerzo y buena actitud todo fue muy bien y aquí sigo», celebra.
La agricultura es uno de los pilares económicos del Estado de Michigan, y su enfoque ahora es «muchísimo más aplicado». «Una gran parte del territorio está dedicado a cultivos de maíz y soja y nosotros trabajamos con esas plantas reales en el laboratorio para entender por qué son resistentes. Analizamos su ADN buscando mutaciones específicas que expliquen su resistencia o nos ayuden a entender cómo son capaces de inactivarlos», explica.
«Lo que hago es una combinación muy interesante entre la biología molecular en el laboratorio y el trabajo en el invernadero. Durante el doctorado estaba como al principio de la cadena, estudiando moléculas, pero ahora estoy en contacto con los agricultores, dándoles soluciones. Y, al mismo tiempo, investigo y sigo publicando y yendo a conferencias», resume.
Vive en la ciudad de East Lansing y destaca la gran calidad de vida que se disfruta en Michigan, aunque los salarios sean más bajos que en otras zonas del país. «Es muy bonito, se le conoce como el Estado de los Grandes Lagos, y disfruto la experiencia de vivir las cuatro estaciones de forma muy marcada. Aunque siempre prefiero Galicia, la morriña la sigo teniendo», admite entre risas.
De cualquier forma, el regreso todavía no es una opción: «El sacrificio que hacemos viviendo lejos de casa es tan grande que no vamos a volver a cualquier precio. No me importaría establecerme dentro de un tiempo en Europa, pero sabiendo que tenemos estabilidad laboral y mental. Ahora mismo estamos buscando alternativas para quedarnos los dos unos años más».
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