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Salud y medio ambiente

La resistencia a los antibióticos se dispara en jabalíes y animales de granja

Las conclusiones de un nuevo estudio liderado por el IDIBELL advierten de que no se puede abordar el problema de la resistencia sin tener en cuenta los animales

La fauna salvaje, excepto el jabalí, presenta índices de resistencia mucho menores

La resistencia a los antibióticos podría matar a más de 200 millones de personas en 25 años

Un ejemplar de jabalí en Collserola.

Un ejemplar de jabalí en Collserola. / Ferran Nadeu / EPC

Guillem Costa

Guillem Costa

Barcelona
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Las bacterias resistentes a los antibióticos ya no son solo un problema de hospitales y centros de salud. Un estudio liderado por investigadores catalanes advierte de que la circulación de bacterias resistentes a los antibióticos es elevada, sobre todo en animales domésticos y de granja.

En cambio, en los espacios naturales, la presencia de estas resistencias en fauna silvestre es mucho menor. Solo hay una excepción: el jabalí, una especie que en las últimas décadas se ha adaptado a entornos muy antropizados.

El trabajo, publicado en la revista 'Microbiology Spectrum', ha analizado 307 estreptococos aislados en animales de Catalunya y ha confirmado esta conclusión, que pone la alerta principalmente en los animales que tienen contacto con las personas.

A lo largo de mucho tiempo, se examinaron bacterias halladas en especies muy diversas (cerdos, vacas, ovejas, perros, gatos, conejos, buitres, delfines, rebecos, jabalíes) para medir su resistencia a distintos antibióticos, especialmente a macrólidos y lincosamidas. Los resultados muestran unas tasas globales del 49,2% de resistencia a macrólidos y del 57% a lincosamidas. Además, muchas de esas cepas resistentes lo eran también a otras familias de antibióticos.

Los riesgos del contacto

"La resistencia es mucho más elevada en animales de granja o en entornos humanizados", resume Carmen Ardanuy, responsable del Servicio de Microbiología del Hospital de Bellvitge y una de las autoras del estudio, liderado por el Institut d’Investigació Biomèdica de Bellvitge (IDIBELL). En el caso de los animales salvajes, las cifras son mucho más bajas. El caso del jabalí se explica, según Ardanuy, por el contacto con "los desechos de los humanos" y con "explotaciones ganaderas".

La doctora avisa de que los estreptococos forman parte a menudo de la microbiota y no siempre provocan enfermedad, pero pueden intercambiar material genético. Esto abre la puerta a que las bacterias resistentes circulen entre animales y personas. "El debate sobre la resistencia a los antibióticos no puede limitarse a las personas, debe enfocarse el problema desde una perspectiva 'one health' (una única salud)", asegura en conversación con EL PERIÓDICO.

¿Qué implica este enfoque? Vigilar mejor lo que ocurre en la ganadería, en los animales de compañía e incluso en las aguas residuales, en las que estas bacterias pueden permanecer, detallan desde Bellvitge.

"El estudio halló genes y mecanismos moleculares de resistencia ya descritos en estreptococos humanos, pese a que es difícil determinar qué fue antes, si el huevo o la gallina", relata la investigadora. Sin embargo, lo que sí está claro es que la resistencia puede ir en elementos móviles que se pueden pasar de un animal a otro y también a las personas.

Problema conocido

En los animales de granja, el hallazgo apunta a un problema conocido. Durante años, el uso intensivo de antibióticos (ya fuera como promotores del crecimiento, una práctica prohibida en Europa desde 2006, o como tratamientos masivos ante riesgos epidémicos) ejerció una presión que favoreció la selección de linajes resistentes.

Ardanuy lo ilustra con una comparación: "Llevar chubasquero cada día es incómodo si no llueve, pero si llueve a diario acaba siendo útil". "Con las bacterias ocurre algo parecido: cuando se exponen de forma repetida a antibióticos, las que portan defensas sobreviven y se expanden", añade.

En este escenario, es importante, subraya la microbióloga, decidir qué productos consumimos: "En Europa estamos haciendo las cosas bien, pero en otros países no se ofrecen las garantías necesarias en el uso de antibióticos en animales de granja".

Además de limitar el contacto con animales y tratar de intervenir lo mínimo en el devenir de los ecosistemas salvajes, Ardanuy pone sobre la mesa la necesidad de hacer un uso prudente y correcto de los antibióticos: "No hay que tomarlos cuando no están indicados y es esencial completar siempre las pautas prescritas para evitar que queden bacterias vivas que puedan desarrollar resistencia". También, añade, es clave extremar la higiene, porque el contacto estrecho entre animales y personas favorece que bacterias y genes de resistencia circulen con más asiduidad.

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