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'Ocellaires', entre una tradición centenaria y el marco legal

Los concursos de aves cantoras atraviesan un momento crítico en Catalunya, aunque existen todavía 85 asociaciones repartidas por el territorio

Los jueces se sientan frente a las jaulas para seguir con atención el transcurso del concurso.

Los jueces se sientan frente a las jaulas para seguir con atención el transcurso del concurso. / Carlos Molina Iserte

Carlos Molina Iserte

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En los 'bares de pueblo', lejos de los cafés de especialidad y los sillones tapizados, pervive un mundo que se sabe en retirada. Casi por inercia, sosteniéndose en un terreno cada vez más incómodo, las asociaciones de silvestristas se reúnen los fines de semana para organizar concursos de canto. Una práctica discreta y alejada de la mirada de los curiosos, donde hoy, lo que está en juego, no es solo el vigor de jilgueros, pinzones, pardillos y verderones, sino la continuidad de una práctica que durante décadas ha formado parte de la vida social y cultural de muchos pueblos y comunidades.

El mundo de los 'ocellaires' atraviesa en Catalunya un momento crítico. Las asociaciones envejecen, los concursos se vacían lentamente y el relevo generacional parece haberse roto en muchas de las zonas donde hace años esta tradición formaba parte del patrimonio cultural local. “Todo está yendo a menos, cada vez hay menos pájaros en los concursos y casi nadie joven se incorpora”, dice Josep Oliva, de la Associació Ocellaire de Manlleu.

Proyecto fotográfico ocellaires.

Participantes en un concurso en la Associació Ocellaire de Torelló. / Carlos Molina Iserte

Hoy, esta práctica se encuentra en el centro de una tensión entre una tradición centenaria y un marco legal y ecológico que la cuestiona de manera frontal. Entre ambas posiciones se despliega una realidad compleja y difícil de reducir a consignas y eslóganes superficiales que simplifican la realidad sin contexto ni profundidad. En la actualidad, en Catalunya, los concursos de aves cantoras continúan existiendo, principalmente, bajo el amparo de la Federació Catalana de Caça, organizados en asociaciones vinculadas a diferentes territorios. A pesar de esa sensación de retroceso, la estructura asociativa sigue siendo extensa.

85 asociaciones

Actualmente, en Cataluña existen más de 85 asociaciones 'ocellaires' repartidas por todo el territorio. Más allá de los concursos que se organizan semanalmente en los locales de cada entidad, el calendario incluye quince certámenes oficiales y el Campeonato de Catalunya. El relato predominante habla de una práctica que ya no es lo que fue, aunque su dimensión continúa siendo relevante.

En las asociaciones de la comarca de Osona, donde algunas remontan sus orígenes a mediados del siglo XIX, la sensación de final de ciclo es omnipresente. Los miembros superan mayoritariamente los sesenta años. Apenas hay jóvenes y las conversaciones, una y otra vez, regresan al mismo punto: antes había más gente, más pájaros, más concursos. Entre sus participantes, la prohibición de capturar fringílidos del medio natural no se vive únicamente como una restricción legal, sino como la ruptura de una forma de vida compartida. Salir al campo, capturar, cuidar, concursar y reunirse estaban unidos por un mismo propósito. Cuando uno de esos elementos desaparece, todo lo demás se tambalea.

Proyecto fotográfico ocellaires.

?Ocellaires' con sus pájaros. / Carlos Molina Iserte

Sin embargo, a poco más de una hora de carretera, en la corona metropolitana de Barcelona, el relevo generacional ha seguido otro camino. A la afición que trajeron consigo quienes emigraron desde Andalucía y otras regiones de España en los años cincuenta y sesenta, se ha ido sumando con fuerza la comunidad gitana, que hoy sostiene buena parte de la actividad y ocupa mayoritariamente los espacios donde aún se organizan concursos de canto. “En el área metropolitana la afición sigue viva. Hay concursos cada semana, hay gente que viene, hay comunidad”, señala Rubén Mariscal, presidente de la Societat Ocellaire La Vella de Ripollet y responsable ocellaire de la Federació Catalana de Caça.

Las diferencias no son solo generacionales y geográficas. También se reflejan en la manera de entender los propios concursos. Mientras en el área metropolitana de Barcelona, la valoración de tres de las cuatro especies en concurso se basa en la presteza de su canto, en el interior de Catalunya es la capacidad de resistencia la virtud valorada por los jueces que, sentados frente a las jaulas, van puntuando cada vez que el pájaro canta dentro del tiempo estipulado. Sin embargo, en las conversaciones de todos los locales se repite una idea: la relación con las aves no empieza ni termina en el concurso, sino que se construye con el tiempo y un cuidado que no se mide en puntos.

Las capturas

También cambia el significado que tuvo, y que todavía perdura en el recuerdo, la captura de fringílidos en el medio natural. En contextos donde la afición tiene raíces más profundas y ha estado más conectada al entorno natural, la imposibilidad de salir al campo no se menciona solo como un obstáculo legal, sino como la pérdida del sentido de una tradición. La práctica estaba ligada al territorio, al paisaje, a las estaciones, a una manera concreta de relacionarse con el entorno. Algunos hablan con nostalgia de salir al campo, otros esperan que en un futuro la normativa cambie y se permita de nuevo la captura regulada.

Proyecto fotográfico ocellaires.

Pájaros preparados para un concurso. / Carlos Molina Iserte

En cambio, donde el vínculo con el campo no ha ocupado un lugar destacado en la práctica, como sucede en cierta manera en los entornos metropolitanos, la afición se centra en el concurso, en el desempeño de los pájaros y en el bar o en la asociación como espacios donde se construye comunidad e identidad. La manera de entender la afición y el significado que se le atribuye dibujan una frontera simbólica que se percibe al adentrarse en cada contexto. Cada espacio tiene sus propios códigos y matices, que hacen que la experiencia de la afición se viva de manera diferente según el lugar, creando un terreno compartido pero interpretado de manera distinta.

Y, mientras este mundo desaparece en unos territorios y se transforma en otros, nunca se ha hablado tanto de biodiversidad, aunque cada vez menos gente sepa distinguir un jilguero por su canto o diferenciar un verderón de un pardillo o un pinzón. La prohibición de la captura de fringílidos en Catalunya, enmarcada en directrices europeas de conservación, responde a una concepción de protección de la naturaleza a través de marcos normativos que buscan frenar la pérdida de biodiversidad. Para unos, proteger significa reducir la intervención humana; para otros, la relación con el entorno se ha construido precisamente a través de esa interacción. Entre ambas miradas no solo hay desacuerdo, sino formas distintas de entender qué es la naturaleza y cuál debe ser el lugar de las personas en ella.

Prohibición y tráfico ilegal

Desde 2015 está prohibido en Catalunya usar sar todo tipo de métodos para cazar vivos a los pájaros fringílidos, protegidos por el Convenio de Berna. Pero desde entonces ha aumentado el tráfico ilegal de estas aves y solo en los últimos años, según los datos a los que tuvo acceso EL PERIÓDICO en 2025-se estima que han entrado de forma ilegal en Catalunya unos 30.000 emplares de jilguero (Carduelis carduelis), verderón (Chloris chloris), pinzón (Fringilla coelebs) y pardillo (Linaria cannabina).

Con la prohibición de la caza, la alternativa que se les ofreció a los aficionados a a los concursos de pájaros cantores era criar a estas aves en casa. Para poder hacerlo, es obligatorio sacarse un carnet de criadot, un trámite relativamente sencillo. Al criador se le entregan unas anillas de un tamaño muy concreto que, en teoría, solo se pueden introducir en la pata del animal cuando hace poco tiempo que ha nacido. Pero miles de aves protegidas entran en Catalunya desde Andalucía y la Comunitat Valenciana y se les colocan anillas falsas para parecer que se han criado aquí. Según el cuerpo de los Agents Rurals, este tráfico se ha profesionalizado tanto como el de droga.

Ahora, la Generalitat quiere poner coto a esta situación y entre las medidas que acompañan al proyecto de Presupuestos que se está negociando figura una disposición para que los pro­pie­ta­rios tengan que comunicar al Depar­ta­ment de Tran­si­ció Ecològica el número de ejem­pla­res naci­dos supues­ta­mente en cau­ti­vi­dad. Se ten­drá que incluir en la noti­fi­ca­ción un cer­ti­fi­cado vete­ri­na­rio y datos como la fecha de naci­miento, los pro­ge­ni­to­res, el número de ani­lla y una ima­gen del pájaro. La inten­ción del Eje­cu­tivo cata­lán es redac­tar un nuevo decreto que poten­cie la cría en cau­ti­vi­dad y que ponga coto a la acti­vi­dad irre­gu­lar de trá­fico de aves.

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