Mundo rural
Las campanas repican en Extremadura contra la despoblación: "No queremos que los pueblos queden solo para el verano"
Parroquias de la Diócesis de Coria-Cáceres y de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz se adhieren este 31 de marzo a una jornada de denuncia del abandono institucional y de defensa del futuro de los pueblos

Vídeo | Las campanas repican en Extremadura contra la despoblación / R.M
Las campanas han marcado durante siglos el ritmo de la vida en los pueblos, convocando celebraciones, avisando de peligros y creando comunidad. Este martes a las doce han vuelto a sonar al unísono en los municipios extremeños como gesto de denuncia ante el avance de la despoblación. La iniciativa, impulsada por el Movimiento Rural Cristiano de Acción Católica y respaldada por las diócesis extremeñas, coincide con el séptimo aniversario de la gran revuelta de la España Vaciada, que este 31 de marzo ha devuelto a los vecinos a las plazas de todo el país.
La protesta pone sobre la mesa una agenda en la que conviven viejas carencias, como la falta de comunicaciones, el envejecimiento o la pérdida de servicios públicos, con nuevas preocupaciones ligadas a macrogranjas, plantas fotovoltaicas o de biogás y minas a cielo abierto.
El respaldo de la Iglesia extremeña
En la provincia de Cáceres, el apoyo eclesial no se ha quedado en un gesto protocolario. La Diócesis de Coria-Cáceres se ha sumado a la convocatoria al entender que la Iglesia debe estar presente en las preocupaciones reales de las comunidades rurales. Ángel Martín Chapinal, vicario de Evangelización y Pastoral, sostiene que Extremadura forma parte de lleno de esa geografía de la despoblación, con pueblos cada vez más envejecidos, menos habitantes y carencias arrastradas durante años en servicios e infraestructuras.
Por eso defiende que la Iglesia apoye un movimiento que, como él mismo señala, "busca el bien de los pueblos y de la gente que vive en ellos". Ese acompañamiento tiene además una traducción muy concreta en una diócesis como la de Coria-Cáceres, profundamente rural. Chapinal recuerda que cuentan con alrededor de 160 parroquias y que en unas 80 residen sacerdotes en el propio pueblo, "como un vecino más". Esa presencia, explica, permite compartir la vida cotidiana de estas localidades, colaborar con asociaciones y sostener también respuestas sociales desde estructuras como Cáritas o el propio Movimiento Rural Cristiano.
Servicios, comunicaciones y oportunidades
En el análisis que plantea Chapinal aparece una idea de fondo: la despoblación no responde a una sola causa, sino a una suma de déficits que durante décadas han empujado a la población hacia las ciudades. "Hay un abandono institucional de muchos años atrás", resume. En su opinión, los pueblos han quedado lastrados por la falta de servicios básicos, por unas comunicaciones insuficientes y por una conectividad digital todavía inestable en muchas comarcas.
El ejemplo que cita lo sitúa en una de las zonas más frágiles de la provincia. El pasado domingo, durante la celebración del Domingo de Ramos en Río Malo de Arriba, en Las Hurdes, se quedó sin cobertura. "No pudimos hablar ni mandarnos WhatsApp hasta que bajamos hacia otras zonas", relata. La anécdota, explica, retrata bien una realidad que complica desde la vida cotidiana hasta cualquier empleo vinculado al teletrabajo. "Imagínate un nómada digital que se vaya a Las Hurdes y se le vaya la red a la mínima".
A esa falta de conectividad añade la dificultad para acceder a servicios esenciales. Pone como ejemplo los largos desplazamientos que deben afrontar vecinos de la Sierra de Gata para llegar a centros hospitalarios como Coria o Plasencia. A su juicio, sin una red suficiente de sanidad, comunicaciones y apoyo al empleo, la sangría demográfica seguirá abierta. "Lo que se pide es que el Estado invierta muchísimo más dinero en los pueblos", afirma.
Por eso diferentes parroquias de la provincia se han sumado al movimiento, como las de Villanueva de la Sierra, Guijo de Granadilla, Montehermoso, Ceclavín, Alcuéscar y Abadía, además de la concatedral de Cáceres y la catedral de Coria.
Los pueblos que resisten
Chapinal reconoce que las administraciones han empezado a mover ficha en los últimos años y valora positivamente medidas como las ayudas al teletrabajo o a la rehabilitación de vivienda en el medio rural. Pero matiza que esas políticas llegan tarde frente al deterioro acumulado. "Cualquier ayuda que llegue es buena. ¿Qué sucede? Que llegamos tarde", sostiene, insistiendo en que para revertir décadas de pérdida de población hacen falta años de inversión sostenida.
El vicario pone nombre a algunos de los territorios más golpeados, como la zona de La Raya en la frontera con Portugal. Habla de pueblos que, según su percepción sobre el terreno, han perdido la mitad de sus habitantes en las dos últimas décadas. En algunos casos, la situación se mueve ya en el límite, como en Río Malo de Arriba, que con un solo habitante fijo es un ejemplo extremo del riesgo al que se enfrentan algunas aldeas.
Pero su mensaje no se instala en el derrotismo. Defiende que el mundo rural conserva capacidad de resistencia y oportunidades ligadas al turismo, al patrimonio, a la agricultura, la ganadería o pequeños servicios que podrían fijar población si contaran con respaldo suficiente. "Lo que no queremos es que los pueblos queden solo para el fin de semana o para el verano", resume. En esa línea, lanza un mensaje directo a los jóvenes: que aprovechen las ayudas disponibles, que intenten emprender en su tierra y que no rompan con las raíces antes de explorar una posibilidad real de quedarse.
Del símbolo a la denuncia política
La jornada de este martes tiene, por tanto, una dimensión espiritual y comunitaria, pero también una clara carga de denuncia pública. En la carta difundida desde Mérida-Badajoz, el arzobispo José Rodríguez Carballo subraya que la herida de la despoblación sigue abierta y reclama a las autoridades civiles y responsables institucionales "políticas valientes" que no se limiten a "meros parches electorales". El arzobispo pone el acento en la necesidad de garantizar la dignidad de la vida rural, el acceso a la sanidad, la mejora de las infraestructuras ferroviarias y el apoyo decidido a quienes quieren emprender en Extremadura.
Por eso, el gesto de las campanas quiere recordar que el silencio de muchos pueblos no es una imagen romántica, sino la expresión de una pérdida progresiva de población, de servicios y de horizonte. El repique de este mediodía ha vuelto a decir lo mismo que ha comunicado durante siglos. Que todavía queda comunidad, que todavía queda vida y que el medio rural no quiere resignarse a desaparecer.
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