Lucha contra la segregación escolar
Álvaro Ciudad, exalumno de un centro público de Salt: "Llevar a tu hijo a la escuela del barrio sería lo normal si no hubiera prejuicios racistas"
Licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas en la UdG, este joven realizador audiovisual de 25 años reivindica la huella que le dejó el paso por una escuela con una gran diversidad de orígenes
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Álvaro Ciudad, licenciado en Publicidad y Relaciones Púbicas, exalumno de una escuela de máxima complejidad en Salt. / Cedida

–Estudió en un centro etiquetado como de "máxima complejidad" entre 2003 y 2012. ¿Cómo era la escuela, entonces?
–Cuando entré ya se estaba instaurando la realidad actual de la escuela y, cuando terminé, ya estaba totalmente instaurada. Era una escuela en la que había personas de muchos orígenes y, en lugar de intentar ocultarlo o dar la espalda a esa realidad, lo convertían en un punto fuerte y se trabajaba en clase. Lo noté muchísimo al pasar al bachillerato y a la universidad. Cada vez había menos diversidad y pensaba: ¿y las culturas de mis amigos, dónde han quedado?
–Aún de niño, en la escuela, ¿no lo notaba en otros espacios, como en las extraescolares?
–Jugué unos años a fútbol y allí algunos niños que venían de escuelas privadas o concertadas sí me decían cosas como: 'Tú, que vas con los marroquís'. Yo me quedaba mirándoles y pensaba: ¿por qué hablan así de mis compañeros? Con mi amigo Mohamed teníamos costumbres distintas, en casa, pero tampoco creo que mi familia fuera igual que la de un niño de Sant Cugat, por ejemplo. También me decían cosas como 'cuando salgas de La Farga ya verás el choque de nivel'; pero me saqué la ESO, el Bachillerato y la carrera sin ningún problema.
Cuando ves el auge de la extrema derecha hablando de tus amigos como grandes enemigos que vienen a romper nuestra cultura, y tú has crecido con ellos, te preguntas, ¿qué está pasando?
–El alumnado de su clase de primaria no tendría nada que ver con el de UdG, imagino…
–No. En mi clase de primaria, personas no racializadas éramos dos: mi compañero David y yo. Y mucha gente asumía que por ser los dos blancos de la clase teníamos que ser amigos. Y yo no tenía ningún problema con David, pero mi mejor amigo desde hace 23 años se llama Muhamadou Jabi, sus padres son de Gambia y ahora vive en Egipto. Cuando llegué al instituto, en la ESO, ya éramos cinco o seis blancos en clase y me chocó, porque no estaba acostumbrado. En Bachillerato seríamos un 50-50 y en la universidad ya apenas había diversidad. Cuando ves el auge de la extrema derecha hablando de tus amigos como grandes enemigos que vienen a romper nuestra cultura, y tú has crecido con ellos, te preguntas, ¿qué está pasando?
-La opción de sus padres de llevarle a una escuela tan diversa fue buscada?
–Su prioridad fue llevarnos a la escuela pública más cercana. Y si esa escuela tiene estas características es porque así es el lugar en el que vivimos; ya está. He tenido la suerte de que mis padres siempre tuvieron esa mentalidad y valoraron mucho la educación pública. Pero, más allá de eso, llevar a tu hijo a la escuela más cercana debería ser lo más normal si no hubiera prejuicios racistas hacia las personas que hay en esa escuela. ¿Vas llevar a tu hijo a una escuela a un kilómetro de casa solo por el color de piel de las personas que estudian en la escuela de al lado de donde vives?
Mis padres no me leían 'El Capital' ni nada parecido, pero siempre hubo conciencia de clase
–Eso pasa y no poco. ¿Qué mensaje daría a las familias que estos días están decidiendo la escuela a la que llevarán a sus hijos el próximo curso?
–Les diría que no actúen por miedo. Si lo que realmente se quiere es que las cosas funcionen, que los barrios tengan cohesión y que todo el mundo se sienta integrado, tenemos que estar todos en el mismo sitio. Si no, no se podrá.
–¿Cree que la segregación escolar en Salt se explica por el miedo?
–Sí. Los cuatro concejales de Vox son la señal más clara de eso. Que en un pueblo tan pequeño haya cuatro representantes de un partido de este tipo dice mucho. Y pasa otra cosa. Muchas personas de Salt de toda la vida ya no están en el pueblo. Se han ido a Vilablareix, a Anglès... a pueblos cercanos donde no existe esta situación en las escuelas. Suena mal, pero parece una huida para evitar hacer el esfuerzo de, irónicamente, integrarse en la propia realidad del pueblo. Se habla mucho de personas que no quieren integrarse, pero para mí, irte de un pueblo donde existe esta realidad es una señal clara de no querer integrarte en la realidad del lugar donde vives. Podrán decir que lo han hecho para poder vivir en una casa o el motivo que sea, pero conozco casos que dicen claramente que lo que no quieren es llevar su hijo a una escuela 'llena de inmigrantes'. Y entonces piensas: bueno, lo que no quieres es vivir en Salt.
A las familias que andan buscando escuela les diría que no actúen por miedo, si queremos que los barrios tengan cohesión y que todo el mundo se sienta integrado, tenemos que estar todos en el mismo sitio
–Dejando a un lado los prejuicios y el miedo, una vez entras en la escuela, uno de sus grandes atractivos es el profesorado, con una vocación a prueba de fuego.
–El profesorado y todos los trabajadores de La Farga son su alma. Uno de los aprendizajes más grandes que tuve en la escuela fue aprender a escuchar mucho. Son personas muy abiertas. Siempre me sentí escuchado en la escuela. El profesorado fue un pilar a partir del cual creo que todos salimos de allí con la capacidad de escuchar.
–Qué bonito.
–Un ejemplo muy claro es que en la fiesta de fin de curso, en vez de hacer solo música catalana o local, ya en 2007-2008 buena parte de la fiesta incluía música marroquí, de Gambia, de Senegal, de Mali… Era un esfuerzo constante y muy consciente por parte del profesorado para que todo el mundo sintiera que formaba parte de la escuela. Es un logro muy importante de aquel equipo que 10 o 15 años después todo el mundo recuerde la escuela como un espacio donde todos estábamos bajo el mismo paraguas. Y eso, para un profesorado que en mi caso era 100% de origen no racializado, es muy destacable. Evidentemente, las familias que llegan hacen un esfuerzo de adaptación, pero también hay que facilitárselo, porque muchos vienen de lugares con contextos difíciles.
De pequeño no solo toqué la flauta o el xilófono, sino que también tocábamos el djembé o tambores de Marruecos
–Escuchándole se hace obvio lo bien le enseñaron la empatía.
–En música compraron muchos instrumentos de los países de origen del alumnado. Yo de pequeño no solo toqué la flauta, el xilófono o el triángulo, sino también el 'djembé', tambores de Marruecos y de muchos otros lugares. Y lo veías en las caras de mis compañeros: todo el mundo tenía su momento. Mucha gente piensa que en La Farga de repente nos poníamos a rezar o hacíamos el Ramadán, y no era así. Lo que había era una conjunción de ideas y culturas que nos ha ayudado a tener una perspectiva más amplia del mundo.
–Muchas veces antes de llegar a ese orgullo, que en su caso es muy evidente, se transita una suerte de vergüenza. ¿En su caso fue así?
–Nunca he pasado esa fase de vergüenza. Al contrario. Mi reacción al encontrarme desde muy pequeño con personas que criticaban la escuela sin haberla vivido era pensar ¿por qué tengo que empequeñecerme yo? En casa no me hicieron leer 'El Capital' ni nada de eso, pero siempre hubo mucha conciencia de clase. Mis padres me enseñaron que si eres clase obrera y vas a una escuela de un barrio obrero, tienes que estar orgulloso. Allí has estudiado, allí has crecido y allí te han tratado como una persona a la que vale la pena educar y que puede intentar hacer del mundo un lugar mejor.
Mucha gente piensa que en La Farga de repente nos poníamos a rezar o hacíamos el Ramadán, y no era así, pero vivir la diversidad nos ha ayudado a tener una perspectiva amplia del mundo
–¿Cree que la vocación por dedicarse a contar historias le viene de la escuela?
–Hay una persona concreta que me gustaría mencionar. Esperança, la profesora de biblioteca, que es una asignatura que creo que no hacen en todas las escuelas. Nos enseñó el poder de contar una historia. A los 10 años se me metió en la cabeza escribir un libro. La escuela, en vez de decir 'bueno, sí, pero haz primero los deberes de matemáticas', lo que hizo fue decirme ‘Álvaro, cuando tengas un capítulo escrito, juntamos a las dos clases de tu curso y lo lees’. Era una historia inspirada en 'El señor de los anillos, y mis compañeros dibujaron los personajes que yo me imaginaba.
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