En el Alt Empordà
Viviendo sobre un gran yacimiento arqueológico: "Es mi casa, ¿qué culpa tengo de que haya salido un poblado íbero?"
El Mas Castellar, habitado por la familia Llavanera en la localidad ampurdanesa de Pontós, se ha convertido en uno de los principales puntos de excavación en torno a Empúries, en el que han aparecido restos datados entre los siglos VII y II antes de Cristo
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Narcís Llavaners, propietario del Mas Castellar de Pontós (Alt Empordà), donde se han excavado restos de un poblado ibérico. / EDUARD MARTÍ / EMP
Narcís Llavanera nació en el Mas Castellar, en Pontós (Alt Empordà). Allí ha vivido los 77 años que tiene. Fue su abuelo, Sebastià Llavanera, quien, llegado desde l’Armentera, escogió este lugar privilegiado para echar raíces junto a su mujer y el hijo de ambos, Josep. Era el año 1933, en plena Segunda República. Sebastià no se equivocó en absoluto. El Puig Castellar es una tierra fértil provista de agua, al lado de una fuente regada por la riera de Àlguema, acariciada por el sol y desde donde se divisan los Pirineos, la Mare de Déu del Mont, Rocacorba y, si el tiempo es benévolo, incluso el Montgrí. Detrás de unos pinos, el Pení. Estos regalos naturales también los apreciaron los íberos entre el siglo VII y principios del siglo II antes de Cristo. Esa conexión, que supera las barreras del tiempo y el espacio, Narcís Llavanera siempre la ha percibido. Como hombre de campo, que recogió el legado del abuelo y del padre, trabaja y ama esta tierra, un factor que le hace sentirse muy cercano a aquellas sociedades autosuficientes que le precedieron. Al pasear cada día entre los restos que los arqueólogos han ido dejando al descubierto a lo largo de las últimas décadas, se reafirma en ese sentimiento.
Cuando Sebastià Llavanera se estableció en Pontós, el Mas Castellar, que luce unas bóvedas catalanas espectaculares, ya estaba construido. Se cree que lo levantaron entre los años 1917 y 1918, aunque hay un cobertizo que es mucho más antiguo. El abuelo era payés y “aún araba con animales”, remarca su nieto. Mientras trabajaba la tierra, “iban saliendo cerámicas que él guardaba; no sabía muy bien qué recogía, pero veía que era algo antiguo e importante”. Con la sustitución del animal por el tractor y la posibilidad de profundizar un poco más en la tierra —tampoco demasiado—, emergió cada vez más material cerámico. “Todos, el abuelo, el padre, la madre y yo mismo íbamos a buscar cerámica después de arar”, rememora Narcís Llavanera, que entonces era pequeño. Pronto descubrieron que “no era después de arar cuando se encontraba ese material, sino que tenía que llover bien, como en estas últimas semanas, para que la cerámica se limpiara y se viera mucho mejor”.

Narcís Llavanera observando unos restos íberos hallados en el Mas Castellar, en Pontós (Alt Empordà). / EDUARD MARTÍ / EMP
Para entender bien qué tenían entre manos —gran cantidad de cerámica griega de figuras rojas sobre fondo negro— visitaron las ruinas de Empúries. Al principio no dijeron nada, pero un vecino de Ermedàs, Miquel Marisch, que conocía al doctor Miquel Oliva, del Centro de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación de Girona, y, por medio de mosén Marquès, canónigo del obispado de Girona, visitaron la masía y determinaron la importancia de aquellos hallazgos. Así, el descubrimiento se hizo público, pero, dice Narcís, “no pasó nada”. La familia seguía cultivando las tierras. En ningún momento, matiza el propietario, “a Oliva se le ocurrió expropiar o quedarse con el terreno”. De hecho, Narcís Llavanera admite que nunca ha recibido ninguna propuesta de compra ni del Estado ni de la Generalitat. “Yo nunca venderé”, puntualiza. Solo en una ocasión se abrió la posibilidad con una universidad americana, pero les planteó una cifra disuasoria tan alta que desistieron. Él rehúye la idea de una expropiación, como ha oído: “Esto es mi casa y da rabia, ¿qué culpa tengo yo de que haya salido un poblado íbero?”.
Entusiasmo y aprendizaje
En el año 1967, Miquel Oliva llevó al catedrático de arqueología Joan Maluquer al Mas Castellar. Venían con una máquina excavadora: “El objetivo era encontrar la muralla, pero trabajó cinco minutos porque, con solo rascar un poco, aparecieron las piedras”. No era exactamente la muralla, sino las casas que se habían edificado sobre ella. Aquello les dio pistas de que el subsuelo escondía “un poblado importante”. En aquel tiempo, Narcís Llavanera tenía 17 años y lo recuerda con gran emoción. “A menudo digo que excavar es como una droga, porque vas rascando y vas encontrando cosas y cada vez te entusiasmas más”, asegura.
“A menudo digo que excavar es como una droga, porque vas rascando y vas encontrando cosas y cada vez te entusiasmas más”
El hallazgo del poblado íbero empujó a Narcís Llavanera a estudiar historia y arqueología en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). “Ya me gustaba la historia, pero fue duro porque la UNED exigía mucho. Yo quería aprender más”, dice. Aquel fue el primer paso para participar en excavaciones en Empúries y en la Ciutadella de Roses, donde coincidió con Aurora Martín. También excavó en el Mas Castellar, en su propia casa. Lo hacía, sin embargo, como voluntario y, cuando puso de manifiesto el agravio de que mientras el resto del equipo cobraba por hacerlo él no, le respondieron que “no tenía derecho”. Dejó, pues, de excavar. “Me supo mal”, confiesa Llavanera al mirar atrás. Él, sin embargo, continuó, en paralelo, con el trabajo de payés, un mundo sobre el que desmiente falsas creencias. “Muchos piensan que los payeses somos muy ricos y es todo lo contrario: al payés le cuesta sobrevivir porque siempre estamos pendientes del tiempo, nunca tenemos nada seguro, puede ir bien o mal, y la comida hay que hacerla igual”.

Narcís Llavanera, junto a unos restos hallados en el Mas Castellar, en Pontós (Alt Empordà). / EDUARD MARTÍ / EMP
Cuando Enriqueta Pons asumió la dirección de las excavaciones del yacimiento, en 1990, la familia Llavanera firmó un convenio de cesión de uso por 40 años de una hectárea, la que los arqueólogos han excavado todo este tiempo. El yacimiento, sin embargo, es mucho más grande y podría extenderse hasta cuatro hectáreas. Cabe decir que los arqueólogos han reconocido que solo han excavado entre un 10% y un 15% del total. Llavanera sabe con certeza que bajo la masía hay un montón de silos y, en los campos que lo rodean, restos de construcciones.
Ampliación del convenio
La contraprestación por firmar aquel convenio era que en el Mas Castellar se exhibiera una exposición sobre el poblado íbero. “Al principio, la propia Aurora Martín decía que era un poblado pequeño y ahora ya reconoce que es de los más importantes”, rememora Llavanera, quien lamenta que en la exposición, de entrada, “utilizaron el material más malo que tenían”. El propietario todavía recuerda cómo, en tiempos de Miquel Oliva, él mismo preservaba en casa el material que iba saliendo de las excavaciones. “Cuando entraron los otros equipos, lo sacaron todo, yo no podía tener nada”, explica. Lo que sí conserva, después de ser estudiadas y clasificadas, son unas dracmas de Empúries, monedas acuñadas en Roses encontradas en superficie. “Como no las quería dar, Aurora Martín me dijo que merecía estar en la cárcel”, lamenta.
"Está bien contribuir con la cultura, pero también que ayuden a hacerlo o que no te pongan trabas. Yo siempre he perdido dinero con todo esto, cuando lo que se ha encontrado tiene un valor incalculable"
Sobre el convenio de uso, aún vigente, existe la voluntad, por parte del ayuntamiento, de ampliarlo hasta los 50 años, que es el umbral que les permitiría acceder a ayudas del 2% cultural que el Gobierno ofrece. Narcís Llavanera admite que lo está estudiando, pero que, además de consultarlo con sus hijas y su yerno —quien le ayuda en el día a día en el campo y con las vacas—, quiere poner condiciones. La primera es que se organice en la masía una exposición de material auténtico descubierto en el yacimiento, punto que ya tenían pactado y aprobado, pero que no se acabó materializando porque él se echó atrás. Lo hizo, dice, cuando le comunicaron desde la Diputación de Girona que habría que llevar a cabo unas obras en la casa, perforando paredes y creando nuevas salidas.

Narcís Llavanera, en el Mas Castellar de Pontós (Alt Empordà). / EDUARD MARTÍ / EMP
La segunda demanda que tiene es recibir entre un 1% o un 2% del presupuesto que destinen. “Yo siempre he perdido dinero con todo esto cuando lo que se ha encontrado tiene un valor incalculable. Pues que se compense de alguna manera. Trabajar por amor al arte está muy bien, pero llega un momento en que dices basta”, comenta. Recuerda que él “ha perdido un trozo de campo” del que, además, paga la contribución íntegra. “Está bien contribuir con la cultura, pero también que ayuden a hacerlo o, al menos, que no te vayan en contra”, admite. Sin ir más lejos, recuerda que hace tres años pagó 500 euros para esparcir la tierra de las excavaciones. También aún espera, como le habían garantizado, que “me arreglen el camino, cosa que nunca ha pasado”. De hecho, el vial que accede a la masía no está asfaltado y los días de lluvia se enfanga y se estropea.
Tener el yacimiento a pocos metros de la casa donde vive le ha despertado a Narcís Llavanera el interés por conocer en profundidad cómo funcionaban aquellas sociedades y entender que vivían más o menos como vive él ahora, aunque con menos comodidades. “De pequeño, para poder comer pan, teníamos que dedicar un campo que diera trigo para tener harina para todo el año. Si tenías el trigo, ya te veías rico”, rememora. En la masía había horno. En el poblado, explica, también “había hornos de pan, talleres metalúrgicos de hierro, de bronce. Las casas eran pequeñas, aparte de algunas señoriales, de unos 30 o 40 metros cuadrados”. En las casas pequeñas vivía “la gente sencilla del pueblo y lo hacían más fuera que dentro". Añade que "en cada casa había un hogar, un fuego y un silo que era la despensa de aquella época”. Narcís Llavanera recuerda que Pontós es conocido como “el granero del Empordà”. Se los imagina, como él, cosechando el trigo y la cebada y cómo aquel cereal se guardaría en los silos para después llevarlo a Empúries y, desde allí, distribuirlo por mil rincones del mundo mediterráneo.
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