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Infraestructuras clave

La acumulación de agua destapa déficits de drenaje en vías de tren y carreteras

El incremento de los deslizamientos ha puesto el foco en el mantenimiento de muros, taludes y calzadas

Los técnicos emplazan a revisar el estado de grandes arterias como la AP-7 y la A-2

CONTEXTO | Ingenieros ponen el foco en las revisiones de los taludes para frenar las incidencias en Rodalies

El muro de la AP-7 que se desprendió y provocó el accidente de tren de Gelida

El muro de la AP-7 que se desprendió y provocó el accidente de tren de Gelida / ENRIC FONTCUBERTA / EFE

Guillem Costa

Guillem Costa

Barcelona
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Las borrascas encadenadas de las últimas semanas han vuelto a poner a prueba el sistema de infraestructuras. Con los terrenos saturados y la capacidad de absorción al límite en algunos puntos, el agua no solo se acumula en cunetas y pasos inferiores, también presiona taludes y muros de contención. Esta circunstancia, sumada a la falta de mantenimiento, ha provocado incidencias recurrentes en carreteras y líneas ferroviarias. Los desprendimientos, deslizamientos y caídas de muros como el que causó la muerte de un maquinista de Rodalies en Gelida han reabierto el debate sobre cómo mejorar los sistemas de drenaje.

Los expertos insisten en que el agua en sí no es el problema. "Queremos que los acuíferos estén tan llenos como sea posible", explica Xavier Sánchez Vila, ingeniero de Caminos, Canales y Puertos de la Universidad Politécnica de Barcelona (UPC), en conversación con este diario. Desde su punto de vista, el objetivo no debe ser frenar la infiltración, sino gestionarla mejor. "No hay que hacer nada para que haya menos agua; de hecho, hay que intentar que entre aún más en el subsuelo", expone. Sin embargo, avisa de que se debe actuar para evitar problemas en algunas vías.

"Las complicaciones aparecen en lugares concretos donde la acumulación tensiona estructuras mal diseñadas o con un drenaje insuficiente", detalla. Cuando el agua pluvial o el recurso que emerge de los acuíferos queda retenida detrás de un muro, ejerce presión y puede acabar desplazándolo. ¿Cómo se pueden mejorar estos elementos de ingeniería para que el agua no acabe causando derrumbes y desprendimientos?

Dejar salir al agua

El principio técnico es sencillo: permitir que el agua salga. "Los muros pueden aguantar mucha agua, pero se les tiene que dejar una vía de evacuación", señala. Este proceso se logra con soluciones relativamente simples pero que se deben aplicar en cientos de puntos de las "grandes arterias" de transporte. Se requiere una capa de grava tras el muro que recoja el agua y luego pequeños orificios en el hormigón que permitan evacuarla. "Estos agujeros diseñados con ingeniería, que son perforaciones muy pequeñas, hacen la función de un colador y evitan que la presión se acumule", sostiene el ingeniero.

Desprendimiento en la carretera N-420 en Caseres (Terra Alta)

Desprendimiento en la carretera N-420 en Caseres (Terra Alta) / JOAN REVILLAS

Algunos de los puntos que se podrían revisar de manera pormenorizada, según apuntan a EL PERIÓDICO fuentes conocedoras de las revisiones, son grandes autopistas y autovías como la AP-7 y la A-2. "Muchas carreteras y vías de tren fueron concebidas con criterios menos exigentes y hoy requieren revisiones y mantenimiento más intensivos", advierte Sánchez Vila. "A la hora de construir los muros y taludes, se debe tener en cuenta el paso de camiones", prosigue el experto. Sobre esta cuestión, cabe señalar que el paso de estos vehículos de gran tonelaje ha aumentado en los últimos años en varias autopistas tras el levantamiento de los peajes.

Aun así, Sánchez Vila matiza que la presencia de grandes camiones no cambia el drenaje del muro o el talud. En el caso del drenaje de la calzada, este debe ser superficial. Es decir, el agua se evacua hacia los lados por una cierta inclinación del asfalto.

Entornos urbanos

En entornos urbanos, el drenaje ha mejorado mucho en las últimas décadas. La ciudad de Barcelona es un ejemplo de ello. Los problemas de acumulación de agua de hace décadas se resolvieron con la creación de grandes depósitos para gestionar el gran acuífero de la ciudad sin riesgo de inundaciones. "En las grandes urbes, se han implantado sistemas que almacenan el agua de lluvia y la liberan de forma gradual para evitar inundaciones repentinas en metros, párkings y grandes viales", precisa Sánchez Vila.

En entornos urbanos, el drenaje ha mejorado mucho en las últimas décadas. Barcelona es un buen ejemplo de ello. Los problemas de acumulación de agua de hace décadas se resolvieron con obras grandes y muy planificadas, especialmente con depósitos pluviales soterrados que funcionan como "pulmones" del sistema cuando llueve fuerte.

Los depósitos retienen el caudal de golpe, evitan que la red se sature y luego liberan el agua de forma gradual cuando el episodio afloja. La ciudad cuenta con 15 depósitos, con una capacidad total de 447.020 metros cúbicos, y el ayuntamiento ya ha aprobado la reserva de espacio para 29 nuevos para reforzar la resiliencia ante lluvias intensas. "En las grandes urbes, se han implantado sistemas que almacenan el agua de lluvia y la liberan de forma gradual para evitar inundaciones repentinas en metros, párkings y grandes viales", precisa Sánchez Vila.

Acuíferos kársticos

Otra realidad distinta es la de los deslizamientos en montaña o en zonas con acuíferos kársticos, donde la roca presenta numerosas cavidades. En estos puntos, como sucedió en el pueblo de Grazalema (Cádiz), el agua puede infiltrarse con rapidez y alterar la estabilidad del terreno: "En suelos arenosos o rellenos poco consolidados puede producirse un efecto de flotación que reduzca la estabilidad, pero son fenómenos localizados y poco habituales". De todas formas, en caso de lluvias abundantes sostenidas, estas áreas deben vigilarse de manera intensiva para actuar ante una hipotética emergencia en caso de que los suelos amenacen con desmoronarse.

"Una de las zonas de Catalunya en las que podría suceder algo similar en caso de mucha agua es el macizo del Garraf", comenta el ingeniero. Sin embargo, el territorio en el que los suelos podrían estar en peligro no está habitado. "De hecho, en Catalunya prácticamente no existe el riesgo de que los suelos se saturen y se derrumben por sobrecarga de los acuíferos amenazando a los pueblos", asegura Sánchez Vila, que prefiere poner la atención en la capacidad de drenaje de las infraestructuras y las localidades.

Más infiltración

Desde la óptica ambiental, Annelies Broekmann, investigadora del CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales) especialista en agua, recuerda que parte del problema tiene que ver con la transformación del territorio. "Hemos invadido espacios fluviales y es normal que el agua pase", asegura. "Cuando se impermeabilizan superficies o se degrada el suelo, la infiltración disminuye y la escorrentía aumenta", añade.

Según su punto de vista, la vegetación desempeña un papel clave para que las masas de agua subterránea funcionen correctamente: "Un suelo desnudo no infiltra igual que un suelo vivo". La presencia de árboles y arbustos reduce la erosión, frena el flujo y reparte el agua de forma más lenta, favoreciendo que penetre en el terreno. Sin cobertura vegetal, en cambio, el agua puede arrastrar sedimentos y colmar cauces. Con el tiempo, esa acumulación reduce la capacidad de almacenamiento y complica la gestión de avenidas.

Los acuíferos actúan como un sistema de filtración natural y alimentan a los ríos y zonas húmedas. "Cuando alcanzan su máximo nivel y el suelo ya no puede absorber más, el excedente aflora e incrementa los caudales", afirma Broekmann. Si esta agua coincide con infraestructuras mal drenadas y poco preparadas para convivir con el agua, el riesgo de incidencias aumenta.

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