Violencia sexual
“Nunca me reduciré a ser ese cuerpo martirizado”: Gisèle Pelicot publica su libro y arrasa en su primer día
Tras convertirse en un símbolo mundial contra la violencia sexual, la mujer rompe su silencio y publica sus memorias, 'Un himno a la vida'

Gisele Pelicot. / Clement Mahoudeau/AFP/dpa - Archivo

“Este proceso ha permitido liberar la voz de las mujeres”. Gisèle Pelicot publica este martes sus memorias, ‘Un himno a la vida’. El libro traducido a 22 lenguas, ha sido recibido como todo un acontecimiento editorial, especialmente en Francia, donde en tan solo unas horas se ha posicionado como el número uno en ventas online.
En las más de 300 páginas, Gisèle reivindica su decisión de no vivir bajo la etiqueta de víctima y, sin frivolizar con el trauma que supone haber sido violada por decenas hombres -entre ellos su marido-, narra la evolución desde el día en el que “todo se desmoronó” hasta hoy, reconociendo que ha rehecho su vida y vuelve a estar enamorada. “Nunca me reduciré a ser ese cuerpo martirizado”, sentencia la mujer de 73 años que sobrevivió a años de sumisión química, violaciones y abusos.
Sobre aquel 2 de noviembre de 2020, Gisèle narra con detalle cómo fueron aquellas primeras horas tras enterarse a manos del sargento de la comisaría Carpentrás de la barbarie que había sufrido, y de cómo le costó asumir que el autor de aquello era su perfecto marido, Dominique Pelicot. “La vida me chupaba. Era como si debajo de los pies tuviera una falla, una falla antigua que me perseguía, que me buscaba desde hacía mucho tiempo. (...) Entró una psicóloga en el despacho. Una chica joven. No la necesito. Aunque estemos en la misma habitación, estoy muy lejos de ella. No tengo ninguna duda de que soy feliz, de que somos felices. Dentro de poco llevaremos cincuenta años casados y aún recuerdo como si fuera ahora el día que nos conocimos”.
Presente y memoria
En las primeras páginas, Gisèle transita entre el presente y la memoria. Mientras revive aquellos días en los que su vida quedó reducida a dos maletas, los recuerdos irrumpen en forma de 'flashbacks' que la devuelven a su infancia, a esa niña “que jamás soñó con princesas ni castillos”, y a momentos clave de su matrimonio: “En las alegrías y en las penas”, decretó el que nos casó el 14 de abril de 1973. Yo me convertí en Gisèle Pelicot. La celebración fue sencilla. No teníamos dinero. Dominique llevaba un clavel en la solapa. Yo levantaba el vuelo. Amaba. Nos hicimos una foto muy bonita”. recuerda.
Esa felicidad inicial, sin embargo, fue apagándose con el paso del tiempo. Dominique cada vez era más insistente con llevar la intimidad del matrimonio más allá y los problemas financieros de la familia les empezaron a ahogar. “Sexualmente se había vuelto más insistente. Quería cosas nuevas, me proponía cosas que había visto en las revistas porno. Yo me resistía. Yo no era así. “Eres como una monja, habrías podido vivir en un convento, no tienes fantasías eróticas”, me reprochaba”, cuenta.
Aquello fue tan solo el principio de lo que Gisèle jamás imaginó que viviría después. A diferencia de sus hijos, ella se disoció del trauma e incluso, como ya contó frente al Tribunal de Aviñón, relata cómo llegó a lavar, planchar y doblar delicadamente la ropa de Dominique para que no “pasara frío en la cárcel”. “Era yo quien seguía sufriendo por si pasaba frío. Yo, el amor de su vida, a quien había violado y arrojado como si fuera carnaza a unos criminales. Yo, la que llevaba en el pelo el rastro de su veneno”, reflexiona.
Su perro Lancôme
Gisèle le dedica varias líneas a su perro Lancôme, quien la ha ayudado en todo este proceso durante sus largos paseos en silencio, donde le preguntaba al aire por qué su marido había hecho tal cosa. Lâncome era lo único que le quedaba de aquellos últimos años de vida, aunque no todos lo veían de la misma manera. Su hija Caroline, le cogió manía; “no soportaba tenerlo en casa”, dice, porque le recordaba demasiado a su padre.
De sus tres hijos, Caroline “es la más imprevisible”; “de esas personas impetuosas que te quieren y se enfadan contigo con la misma intensidad”, explica. De hecho, durante el juicio ambas discreparon en varias ocasiones. Caroline nunca entendió como su madre no era más tajante con el hombre que la sometió a un infierno durante años, y le reprochaba no haberla defendido ante la supuesta agresión sexual que habría sufrido también a manos de su padre.
Entre los miles de archivos que se encontraron en el ordenador de Dominique, la policía halló dos fotografías de Caroline durmiendo semidesnuda en un sofá. Además de una conversación entre su padre y un desconocido, donde se hablaba de intimidades de la hija. Dominique siempre negó haber abusado a sus hijos y nietos, y el juicio jamás resolvió la duda sobre si Gisèle había sido la única víctima.
La fortaleza de Gisèle
‘Un himno a la vida’ aspira a convertirse en todo un éxito editorial. La fortaleza de Gisèle queda plasmada en cada una de las líneas de este libro que van más allá de contar el caso que cambió la historia de las violencias sexuales contra las mujeres en Francia.
La misma fuerza que demostró en Aviñón durante los cuatro meses de proceso judicial, en los que diariamente se enfrentaba a los 51 hombres que la violaron mientras se encontraba inconsciente bajo los efectos de la sumisión química. “Sabía que uno de ellos tenía VIH, que había venido a casa varias veces y nunca había utilizado preservativo. Era un milagro que no me hubiera contagiado. También sabía que uno de los individuos que me violó me saludaba educadamente en la panadería de Mazán porque había venido a casa a comprar unas ruedas de bicicleta que al final no se había llevado. Y no una vez, sino dos. Ahora sé que las ruedas eran sólo una excusa, una idea de Dominique, porque aquel individuo quería verme, quería ver la mercancía –esa es la palabra– antes de violarme”, relata.
De aquello, Gisèle ha reconocido que aún le quedan secuelas físicas. Unos efectos, que en su día varios médicos identificaron como posible alzheimer, sin imaginar lo que verdaderamente sucedida detrás. La mujer que cambió la vergüenza de bando reconoce tímidamente en su libro que su nombre ahora se ha convertido en un símbolo, pero más que eso, lo que le reconforta es saber que su testimonio puede ayudar a otras mujeres a denunciar, y agradece a todas aquellas que no la dejaron sola “frente a sus verdugos”.
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