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Opinión

De las casas de Lego a los edificios reales: una vocación que crece con las personas

Una vocación que crece con las personas, de Claudina Relat, Arquitecta per la UPC - EtsaB 2008

Retrato de Claudina Relat

Retrato de Claudina Relat / Cedida

Redacción

Barcelona
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De pequeña, me encantaba jugar con Lego, Playmobil y Pin y Pon. Mientras mis hermanos preferían los coches y camiones o imaginar batallas, yo casi siempre acababa haciendo lo mismo: levantaba casas, edificios de oficinas, hospitales, calles, plazas con árboles y bancos… en definitiva, pequeñas ciudades. Me gustaba pensar cómo se podría vivir en ellas, quién entraría, cómo se moverían las personas por aquellos espacios inventados. Sin saberlo, ya estaba practicando un ejercicio que hoy sigue siendo central en mi trabajo: concebir la arquitectura desde la empatía, poniéndome en el lugar de quien la va a habitar, sin renunciar al reto técnico que implica hacerla posible.

Recuerdo especialmente una etapa de mi infancia, cuando tenía ocho o nueve años. En casa se llevó a cabo una rehabilitación importante: se reformó una parte de la vivienda y se añadió una nueva planta, una remonta. Viví de cerca todo el proceso, desde los primeros dibujos hasta la obra terminada. Con mi padre, ingeniero eléctrico, dibujábamos planos con CAD, y veía cómo, gracias al trabajo conjunto con el arquitecto que habían contratado, aquellas líneas se transformaban en espacios reales. Aquella experiencia me hizo entender que la arquitectura no es solo creatividad, sino también rigor, coordinación y mucha obra, con todo tipo de operarios detrás.

También descubrí muy pronto que, para ser arquitecta, tendría que asumir retos en entornos todavía muy masculinizados. Recuerdo especialmente cuando mi padre realizó la instalación eléctrica de la parte nueva de la casa. Nos preguntó a mis dos hermanos y a mí quién quería ayudarle, y yo me ofrecí sin dudar. Y así fue: de los tres, fui yo quien le ayudó. Pasamos cables por los tubos corrugados, hicimos conexiones y cruces, y todo tenía sentido si tomabas notas con cuidado. Allí aprendí que, si entiendes lo que haces y trabajas con rigor, conocimiento y perseverancia, el resultado llega. La técnica es una parte fundamental de la arquitectura. Aquella vivencia me dio confianza para imaginarme liderando obras y equipos en el futuro.

La mirada abierta y el apoyo constante de mis padres fueron determinantes

Nunca me hicieron sentir que hubiera caminos “no adecuados” para una chica. Al contrario: me animaron a formarme bien y a pisar obra desde muy joven. A los diecisiete años ya trabajaba en verano en una ingeniería, haciendo planos para el mantenimiento técnico de varias fábricas. Más adelante, mientras estudiaba arquitectura, pasé por la oficina técnica de una constructora, donde aprendí a moverme por las obras y a entenderlas desde dentro.

Después vinieron muchas más etapas de formación y aprendizaje. Durante la carrera cursé un año de estudios en Glasgow, en la Rennie Mackintosh School of Arts, con una beca Erasmus, una experiencia que me permitió abrir la mirada y conocer otras formas de entender la arquitectura. A continuación trabajé un año en Ámsterdam, en el estudio SeARCH Architects, donde profundicé en proyectos de diversa escala y complejidad. De regreso a Barcelona, mientras terminaba la carrera en la ETSAB de la UPC, pasé por varios despachos de arquitectura, como los de Lluís Cantallops Valeri o Lluís Mateo, y colaboré con LABB Studio en el proyecto del Teatro y Centro de Congresos La Llotja de Lleida, diseñado conjuntamente con el estudio holandés Mecanoo. Cada experiencia me aportó herramientas, miradas y criterio propio, pero sobre todo decisión y capacidad para enfrentarme a retos muy diversos.

Cuando me titulé como arquitecta en 2008, dos mujeres confiaron en mí para mis primeros encargos: una artista de flores secas y una peluquera. Reformé sus talleres y locales, y esas obras fueron las primeras que firmé y vi construidas. Hoy, años después, he contabilizado para este artículo 105 proyectos realizados y una veintena más actualmente en curso, de todas las escalas. Pero todos comparten un mismo hilo conductor: escuchar, comprender y adaptar cada espacio a las personas que lo utilizarán.

Aún hoy, cuando empiezo un proyecto, vuelvo mentalmente a aquella niña que jugaba a construir ciudades con piezas de plástico. Sigo preguntándome cómo se vivirá ese espacio, cómo entrará la luz, cómo se sentirá quien lo habite. Quizá esa sea la clave: no perder nunca la capacidad de jugar, de observar y de ponerse en el lugar del otro.

A las niñas de hoy no les diría que el camino es fácil

Requiere esfuerzo, constancia y, a menudo, superar estereotipos todavía demasiado presentes. Pero sí les diría que el talento no entiende de género, que la curiosidad es una gran aliada y que la formación y la confianza en una misma abren muchas puertas. Las disciplinas técnicas necesitan miradas diversas, sensibles y rigurosas a la vez. Y necesitan, sobre todo, personas que crean que, desde el conocimiento, se pueden construir espacios —y sociedades— mejores.