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La natalidad se hunde en todo el planeta: ¿vamos hacia un mundo sin personas?
La caída en picado de la tasa de fertilidad que se está dando en los países en vías de desarrollo augura un "colapso demográfico" que tendrá consecuencias geopolíticas. España se libra de perder habitantes gracias a la emigración, pero ese recurso tiene los días contados
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Cunas vacias / Libcom.org

El año 2026 ha arrancado con un llamativo dato demográfico de escala continental que ha tenido poca repercusión en el debate público internacional, ocupados como estamos con las tensiones geopolíticas que agitan el mundo últimamente: por primera vez en la historia, la tasa de fertilidad de América Latina en su conjunto se ha situado por debajo de la de Estados Unidos, que actualmente está en 1,6 hijos por mujer.
Que en países como Brasil, Argentina, Uruguay, Chile o Colombia nazcan hoy menos bebés –proporcionalmente- que en el rico vecino del norte, y que otros como México, Perú, Ecuador o Venezuela se estén acercando cada año más a ese escenario, es llamativo porque se trata de sociedades que hasta hace poco se habían caracterizado por aportar nutridas proles generación tras generación, y porque son fuente de mano de obra barata, vía emigración, para los países occidentales, que los necesitan para mantener activas sus economías y saneados su sistema de pensiones.
Pero este fenómeno no se circunscribe al continente americano. En Asia, donde se localizan los países con más habitantes del mundo -muchos de ellos sometidos hasta hace poco a la amenaza estructural de la superpoblación- en los últimos años han empezado a registrarse los índices de natalidad más bajos del planeta.
Es el caso de Corea del Sur, China, Singapur o Japón, donde hoy apenas nace un hijo –a veces menos- por mujer, o Malasia, Filipinas, Tailandia, Nepal o Vietnam, donde han pasado en muy poco tiempo de disfrutar de tasas de fertilidad elevadas a tener que consolarse con menos de dos retoños por mujer.
Incluso en sociedades musulmanas como la iraní, la turca, la tunecina o la marroquí, habituadas a las familias numerosas, hoy el hijo único, o a lo sumo la parejita, se ha convertido en la norma. De la plaga de la infertilidad solo se escapa África, pero también en este continente las tasas de natalidad se han reducido significativamente en los últimos años.
Entre finales de 2022 y principios de 2023 tuvieron lugar dos acontecimientos demográficos de escala mundial y trascendencia histórica, pero solo uno de ellos gozó de repercusión mediática. El 15 de noviembre de 2022 nació en República Dominicana Demián, el bebé identificado por Naciones Unidas como el habitante 8.000 millones del mundo. Nunca antes había habido tantos seres humanos vivos a la vez y la noticia alcanzó un enorme eco informativo.
Pocos meses más tarde, diversos estudios demográficos coincidieron en señalar a 2023 como el año en el que la natalidad mundial se situó por primera vez, de media, por debajo de 2,3 alumbramientos por mujer, aunque esta revelación apenas tuvo resonancia.
Tasa de reemplazo
Esa cifra no es anecdótica. Los demógrafos llevan décadas insistiendo en que la tasa mínima de fertilidad para garantizar el reemplazo poblacional de una sociedad es 2,1 hijos por mujer, pero elevan esa marca a 2,3 en los países en vías de desarrollo, ya que padecen más mortalidad infantil y esta debe ser compensada con más partos. Dado que el frenazo a la natalidad se ha acentuado en los últimos años, precisamente, en regiones poco avanzadas, esta cifra es considerada hoy por muchos expertos como la tasa mínima para asegurar el reemplazo.
Y aquí es donde viene el dato alarmante: actualmente, dos tercios de la población mundial vive en países con un índice de fertilidad por debajo de 2,3 hijos por mujer. Es decir: están abocados a perder habitantes en los próximos años o los están perdiendo ya, como sucede desde hace más de una década en Japón, Corea, Rusia, o Hungría, y pasa desde 2021 en la superpoblada China, y ha empezado a ocurrir en los dos últimos años en Tailandia, Nepal, Jamaica o Jordania.
En apenas un par de décadas, los estudios sobre población humana han pasado de asustar con la "bomba demográfica" hacia la que nos conducía el desbocado crecimiento humano que se daba en multitud de regiones del planeta a finales del siglo XX, a avisar del "colapso demográfico" que auguran las tasas de fertilidad imperantes hoy en casi todo el mundo. "Lo llamativo ha sido la caída tan acelerada de la natalidad que se ha dado en países en vías de desarrollo en los últimos años. El camino que Occidente tardó 100 años en recorrer, en Latinoamérica y Asia lo han hecho en apenas una generación», destaca el demógrafo Rafael Puyol Antolín.
A esta sorpresa demográfica se añade otra de raíz sociológica: una reciente investigación elaborada por el prestigioso centro de estudios National Bureau of Economic Researc sobre la caída de la fecundidad en Latinoamérica revelaba que la renuncia a tener hijos -o al menos a criar proles tan extensas como las que tuvieron sus padres- la manifiestan, sobre todo, mujeres jóvenes con pocos recursos económicos y limitado acceso a la educación.
Hasta ahora, la bajada de la natalidad se asociaba a la incorporación de la mujer al mundo laboral y a su empoderamiento económico, pero ese patrón ha cambiado. "Y esto no solo pasa en países en vías de desarrollo. En Europa, hoy tienen más hijos las mujeres con alto poder adquisitivo, que pueden permitirse contar con ayuda, que las pobres, que van más limitadas", advierte Diego Ramiro, director del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC, que subraya: "Tener hijos es una decisión vinculada a la gestión de las expectativas: cuando estas decaen, la natalidad baja. Lo vimos en el covid: a los nueve meses del estallido de la pandemia, se redujo el número de partos. Es lógico que en un momento incierto como el que vivimos, muchas mujeres estén renunciando a criar".
Planeta en crisis
Cambio climático, problemas económicos, desigualdad, escasez de vivienda, tensiones geopolíticas, guerras… ¿La caída de la natalidad es un síntoma más del momento de crisis que vive el planeta? El sociólogo Luis Ayuso apunta a otro factor de carácter cultural para explicar esta renuncia casi unánime a tener hijos que recorre el mundo: la digitalización. "Igual que pasó cuando llegó la industrialización, la irrupción de lo digital está cambiando nuestra forma de vivir y relacionarnos, y esto tiene consecuencias demográficas", observa el catedrático de Sociología de la Universidad de Málaga.
No en vano, la caída de las tasas de fecundidad se ha acelerado, precisamente, a partir de mediados de la década de 2010, coincidiendo con la eclosión de las redes sociales. Ayuso hace este augurio de cara al futuro: "Un mundo con pocos niños y muchas personas longevas, que es hacia donde vamos, nos abocará a una plaga de soledad, que va a ser el cáncer del siglo XXI. Muchos acabarán manteniendo con un robot o un ente digital la relación que sus abuelos mantenían con el hijo, el nieto o el sobrino que venía a visitarles, y que algunos hoy ya tienen con la mascota".
Cuestiones emocionales aparte, la caída de la fertilidad tiene evidentes consecuencias económicas, como indica la preocupación que manifiestan los gobiernos que ven bajar cada año su cifra de habitantes. En la última década, en Corea, Hungría, Suecia, China, Francia y Japón se han ensayado diversas políticas de promoción de la natalidad -la mayoría dirigidas a facilitar la conciliación familiar y apoyar con dinero público la crianza-, pero ninguno ha conseguido aumentar sus índices de nacimientos de manera reseñable.
En plena eclosión de la inteligencia artificial, los expertos en demografía no acaban de tener claro si la tecnología podrá aportar la productividad que dejarán de generar los humanos que no van a nacer en los próximos años. Hasta ahora, la emigración ha sido el remedio más socorrido por los países desarrollados para paliar la merma de población nativa que padecen. "Pero ese recurso peligra si se consolida la caída de la natalidad en los países en vías de desarrollo, de donde provienen la mayoría de esos migrantes", advierte Puyol Antolín.
El demógrafo es autor de un reciente ensayo que tiene un título distópico y provocador - ¿Un mundo sin personas? (Almuzara)- que él mismo se anima a responder: "No vamos hacia un mundo sin personas, pero sí a uno diferente al que conocimos, que estará marcado por una clara reducción de habitantes. Ese escenario plantea retos que deberíamos prever, y no lo estamos haciendo. Porque la historia nos cuenta que las sociedades que pierden población, acaban padeciendo crisis".
España se libra del colapso demográfico gracias a la inmigración
La regularización de medio millón de personas migrantes residentes en España que anunció recientemente el presidente del Gobierno ha avivado el debate sobre las bondades y los perjuicios que conlleva la inmigración, pero los demógrafos lo tienen claro: "En términos demográficos ha sido muy positiva. Sin esa aportación foránea, la población española llevaría décadas reduciéndose, ya que cada año mueren más españoles nativos de los que nacen», señala el demógrafo Rafael Puyol Antolín.
La fecundidad en España cayó por debajo de la tasa de reemplazo –2,1 hijos por mujer– en 1980 y desde entonces no se ha recuperado. Hoy está en 1,1 hijos por mujer. Con esas cifras, si no hubieran llegado inmigrantes en los últimos 40 años, hoy vivirían en España menos personas que los 35,5 millones que había cuando murió Franco. Sin embargo, el país se prepara para ver nacer este año al español 50 millones, que tiene un 25% de posibilidades de ser hijo de madre inmigrante, ya que uno de cada cuatro alumbramientos que se producen en nuestro país lleva sangre extranjera.
España alberga una inquietante ecuación demográfica: es el tercer país del mundo con mayor esperanza de vida –84 años, tras Japón y Suiza–, y el sexto con menor tasa de fertilidad. Ante esta circunstancia, los demógrafos subrayan que las políticas de fomento de la natalidad deberían ser un asunto de estado, pero se quejan de que no estén presentes en el debate público. "Las medidas tienen impacto, como demostró el cheque bebé de Zapatero, que hizo subir la natalidad unas décimas", explica el demógrafo Diego Ramiro. "Pero esas políticas deben mantenerse en el tiempo, si son puntuales su efecto es escaso", añade Puyol Antolín.
Una de cada cuatro parejas españolas declara en las encuestas que no tienen intención de traer al mundo descendencia. Según el sociólogo Luis Ayuso, el mayor reto demográfico que tiene España por delante es resolver esta paradoja: "¿Cómo es posible que una sociedad que pone a la familia por encima de todo, independientemente de la región donde se viva o del partido al que se vote, tiene luego tan poco aprecio por la crianza?". En su opinión, la misión de los investigadores, y de la Administración, es averiguar por qué las parejas jóvenes de hoy no quieren tener hijos.
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