Boulevard
Los dueños alemanes de dos calas de Mallorca solicitan vallar el acceso
La familia Ohem ha elaborado una detallada memoria para limitar la masificación en la zona de Santanyí
La especulación llega a la Mallorca interior: se alquilan habitaciones por más de 1.000 euros mensuales

Ocupación festiva del Caló des Moro en junio de 2024, se calcula que cinco mil personas desfilan por la playa a diario durante la temporada estival, a menudo solo para tomarse un ‘selfie’ y colgarlo en las redes. / José Francisco Urquizar
a zona más instagramable de Mallorca tiene dueño, y ha decidido ejercer sus derechos. La diminuta península de Santanyí que aloja el hormiguero veraniego de Caló des Moro y Cala s’Almunia es propiedad desde finales del siglo pasado de la familia alemana Oehm. Y dado que el PP gobernante predica la iniciativa privada frente a la esterilidad pública, la esterilidad del PP en el ayuntamiento de Santanyí y en el Consell, por no hablar de la pasividad de Costas, ha impulsado a los propietarios germanos a solicitar formalmente el vallado de los accesos que atraviesan su codiciado territorio litoral.
Los Oehm aspiran a un cierre con todas las de la ley. Han elaborado un proyecto completo con la participación de arquitectos, respetando las demarcaciones de costa y de servicios. La complicada parcela jurídica se ha encomendado al despacho del abogado Rafael Barber-Llorente. Según la familia alemana, donde el padre se dedica al mercado inmobiliario y las hijas están especialmente sensibilizadas en cuestiones medioambientales, les asiste el derecho desde siempre a proteger parcelas de su finca asaltadas por los bañistas, y a establecer limitaciones de paso. Sin embargo, no se habían planteado la adopción de soluciones burocráticas hasta ahora, ante el crecimiento imparable de la saturación de los dos pequeños enclaves después de la covid.
Los Oehm viven todo el año en su paraíso de Santanyí. Para defender el vallado, han redactado una extensa memoria que describe los efectos de la presión humana sobre el entorno. Calculan que durante seis meses ininterrumpidos de cada año, el Caló des Moro y la Cala s’Almunia son visitados por unas cinco mil personas diarias. Aseguran que un documento de Costas atestigua una incidencia cifrada en cerca de un millón de bañistas por temporada. En la versión de parte de la propiedad, se encargan de limpiar el terreno, de adecentarlo, de replantar las especies vegetales dañadas, incluso de apagar fuegos generados por la invasión. Hace dos veranos montaron una caja de regulares dimensiones con el rótulo «Quítate la arena aquí», para evitar el empobrecimiento de la superficie playera.
Los Oehm insisten en que llevan años «suplicando» una solución a las autoridades, sin recibir una respuesta satisfactoria. Han contactado con el ayuntamiento de Santanyí para adelantarle oficialmente su propuesta de vallado de la propiedad, una cita postergada en dos ocasiones. Como precedente, la familia alemana se ha inspirado en otra finca litoral de la familia March en el mismo municipio, que tiene limitados sus accesos. Los herederos del banquero Juan March Ordinas, que pronto serán los únicos terratenientes mallorquines en la costa insular, se enfrentan ahora mismo a la retirada de sus barreras que impiden el acceso a un camino público en Balitx, término de Sóller. Según los propietarios del Caló des Moro, respetarán las vías señaladas en los mapas.
Si bien los Oehm son los propietarios del núcleo principal, también hay mallorquines que viven en la zona Caló des Moro/Cala s’Almunia. En esta última, destaca la lujosa propiedad de la familia Porsche-Piëch, que mantiene la titularidad de la Volkswagen alemana. El número decreciente de residentes en la isla que acude a bañarse a ambas localizaciones escoge el horario de madrugada, para retirarse antes de que irrumpa la marabunta. Como declaró a este diario Pilar Tous, una de las combativas vecinas del disputado enclave, «mi casa está a unos trescientos metros del Caló, y estoy allí desde los años sesenta. Provoca angustia haber nacido prácticamente en el paraíso, haberlo disfrutado y darte cuenta con el tiempo de que morirás en el infierno».
Los Oehm insisten en que quieren atajar dentro de lo posible la deriva infernal. En la actualidad, los visitantes de ambas calas de Santanyí tienen que recorrer a pie un kilómetro por un camino escarpado, con el bullicio de una céntrica calle palmesana. En pleno verano, a cuarenta grados, hay personas dispuestas a guardar dos o más horas de cola. El Caló des Moro ha adquirido una dimensión fetichista en Corea y Japón, se puede identificar a numerosos turistas de esos países por los paraguas con los que se protegen del sol. Cuando llegan al mar, se hacen un selfi, lo cuelgan en las redes sociales y se marchan, dando por concluido el ritual iniciático.
Erigido en símbolo del disparate mallorquín, un vodevil donde los indígenas solo juegan el papel de figurantes, el Caló des Moro fue ocupado de modo festivo en junio de 2024. Por una vez en veinte años, la autoridad identificó meticulosamente a los nativos que se atrevían a perturbar el entorno. Fue una magnífica ocasión para evaluar las carencias de Alfonso Rodríguez Badal, el delegado del Gobierno que no supo criticar ni defender el exceso de celo de la Guardia Civil.
Los dueños de la nueva Mallorca son extranjeros, y quieren vallar las propiedades que los mallorquines no supieron defender. En palabras de Tous, privada a la fuerza del mar que tiene al lado, «el Caló des Moro es el síntoma doloroso de una enfermedad muy grave que se llama masificación. En Mallorca cabemos los que cabemos y ahora nadie disfruta, ni el que vive aquí ni el que viene de fuera». Amén.
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