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Agresiones intrafamiliares

Convivir con el agresor: "Es muy duro explicarle a tu madre que tu padre abusó de ti y que te cuestione"

Testimonios relatan cómo sobrevivieron a la violencia sexual infantil, las consecuencias emocionales y físicas que arrastraron durante años

Una niña en una acción de denuncia contra los abusos sexuales infantiles, en una imagen de archivo.

Una niña en una acción de denuncia contra los abusos sexuales infantiles, en una imagen de archivo. / Mauricio Osorio/EFE

Meritxell Comas

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Rosanna Roig, Rita Barragán y Johanna Rigaud (nombres ficticios para mantener el anonimato) se escabullen bajo el andamio que camufla la puerta de entrada de la Asociación Reach una a una, vigilando de reojo que nadie las haya visto entrar. Aunque hace poco más de un año que intentan hacer las paces con el mundo desde este pequeño local del barrio del Eixample de Girona, entre estas cuatro paredes han encontrado un refugio desde donde comenzar a construir, después de décadas de silencio intentando soportar un peso demasiado difícil de llevar. Y es que aquí se sienten escuchadas y validadas. Esto es, de hecho, lo que más les ha costado encontrar: "Es muy duro explicarle a tu madre que tu padre, tu tío o tu abuelo abusaron sexualmente de ti cuando solo eras una niña y que mire hacia otro lado, te lo cuestione o te diga que solo era un juego de niños".

Pero no todas las víctimas llegan a confesarlo. Quizá ni siquiera sea el objetivo. Rosanna Roig —que sufrió violencia sexual por parte de su hermano cuando tenía "intuyo que ocho años"— aún custodia el secreto. "No podría soportar hacerle daño a mi hermano", reconoce. "No quiero que nadie le haga el vacío o lo critique; decidí quedarme al lado del agresor para no romper el núcleo familiar", señala. En una familia "disfuncional" no se sentía segura de contarlo. Internamente, siempre quiso negar que fuera él: "Nunca me permití escuchar lo que había sentido, lo rechacé, me sentí sucia pero hice como si no hubiera pasado nada, por supervivencia, por miedo, por no tener que recordar nada y por falta de herramientas, era una niña", recuerda. Y es que "no contárselo a nadie es la forma que tienes de hacerlo invisible y poder continuar con tu vida".

Su hermano, paradójicamente, fue con quien tuvo "mejor relación" durante la adolescencia. Hasta que un día de Reyes, una discusión "muy fuerte" desenterró todo lo que su mente tanto luchaba por ocultarle: "Me enfadé tanto con él que de repente conecté por primera vez, conscientemente, con la agresión, él era el acosador que había abusado de mí, para mí era como si no hubiera pasado, o eso era lo que quería creer, pero de repente todo volvió y con dolor", asegura. "Había sufrido un delito penado". Nunca le dijo nada (de hecho, todavía celebran juntos las comidas de Navidad y las reuniones familiares). Pero ese "hacer como si no hubiera pasado nada" aún la consumía más. Cuando casi rozaba los 40 años, entró en una espiral de autodestrucción y "baja autoestima". Esto, sin embargo, la puso aún más en riesgo: "Me mentía creyendo que no era tan importante, de alguna manera lo normalicé", afirma. Después de denunciar una agresión sexual "muy dura y dolorosa" abrió los ojos y se empoderó: "Me dije, hasta aquí", señala.

Rita Barragán la escucha con un nudo en la garganta. Ella sí confesó a su madre y a su hermana que su tío había abusado sexualmente de ella cuando tenía "creo que 12 años", pero "su respuesta fue de todo menos la que esperaba, en ningún momento me apoyaron, al contrario, hicieron como si no me hubieran oído", recuerda. Esto fue lo que más le dolió: "Me ha hecho mucho daño aceptar que sufrí un abuso sexual, pero aún más que mi familia no estuviera ni quisiera estar cuando más los necesitaba", relata. Esto la llevó a romper con la familia. "Estoy segura de que ellas también eran víctimas, pero prefirieron callar y esconderlo bajo la alfombra", lamenta.

"Todo se vuelve borroso"

Comenzó a "somatizar" con problemas digestivos porque "dinamitar el núcleo familiar es muy potente". Y cuando tenía 30 años, en una sesión de psicología mientras trabajaba "otros problemas personales" porque "me levantaba cada día llorando", salió: "Fuimos sacando capas de mi vida y empecé a recordar todo, pero por suerte, el cuerpo es inteligente y todo se vuelve borroso". Allí, con lágrimas y paciencia, pudo aceptarlo y verbalizarlo: "Era incapaz de decir abuso sexual infantil", recuerda.

Este es un duelo que, la mayor parte de su vida, ha tenido que afrontar sola: "Cuando se lo cuentas a alguien, o bien te da la espalda porque no quiere saber nada o bien se queda mudo". Muchas veces ("demasiadas") la han puesto en duda: "¿Quieres decir que no era un juego de niños?". Además, también ha tenido que aprender a convivir con la culpa: "Siempre sientes que eres tú la rara y te culpas a ti misma porque piensas que estás haciendo algo mal", confiesa. "Lo he llevado dentro 30 años y durante ese tiempo tenía un sueño recurrente, que era que en el último piso había un monstruo; pero cuando pude pedir ayuda, ese sueño desapareció", asegura. Ahora, se siente en paz: "No tengo ninguna necesidad de decirle nada al pederasta", sostiene. Con todo, reclama a los centros educativos que "se pongan las pilas" porque "es importante que los niños puedan tener educación sexual para poderlo evitar y explicarlo antes de que el silencio les destroce la vida". A pesar de todo, ha aprendido a vivir sin que el pasado la condicione y, aunque siempre quedan "secuelas", ha podido crear una red con la familia que ha elegido y asegura que "vive en paz".

Convivir con el agresor

Johanna Rigaud explica que cuando tenía dos años vivió una experiencia "traumática" dentro de su propio domicilio por parte de una persona con quien "compartía techo". "Aunque relaté inmediatamente los hechos a un adulto, la situación no tuvo consecuencias visibles: la convivencia continuó y, aparentemente, nada cambió", recuerda. Con todo, señala que "para una niña tan pequeña, tener que compartir espacio con alguien que genera miedo puede marcar profundamente la sensación de seguridad" y añade que "cuando el hogar deja de ser un lugar seguro, el desarrollo emocional puede verse comprometido". En su caso, la tensión continuada y la falta de una protección efectiva se tradujeron en un estado permanente de alerta y en dificultades para confiar en su entorno.

"Durante los primeros años de desarrollo, estos factores pueden manifestarse en problemas de regulación emocional, dificultades en la formación del apego y alteraciones del sueño o de la conducta", detalla. Durante la adolescencia, recurrió al consumo de marihuana como "vía de escape ante un malestar que no acababa de entender". En la etapa adulta, sin embargo, las consecuencias se hicieron más evidentes: "Relaciones afectivas marcadas por patrones tóxicos, baja autoestima y la sensación persistente de repetir dinámicas que no podía explicar del todo". Fue después de hacer terapia por episodios de maltrato que emergieron recuerdos que habían quedado ocultos. "Según los profesionales, este fenómeno corresponde a la llamada amnesia disociativa, un mecanismo por el cual la mente bloquea o dificulta el acceso a recuerdos traumáticos como forma de autoprotección", explica. El proceso terapéutico permitió que "esas experiencias infantiles volvieran a la conciencia", dando contexto a muchos de los síntomas que la habían acompañado desde pequeña. A partir de aquí, inició un camino de reconstrucción personal que todavía continúa.

Educar después del trauma

La mayoría de las víctimas son mujeres (el 90 % de los agresores son figuras masculinas), pero también hay hombres. Es el caso de Àlex M., que sufrió abuso sexual cuando tenía seis años por parte de su hermano. Hace tres años se vio con fuerzas para contárselo a su madre y reprocharle a su hermano: "Mi madre no quiso profundizar porque para ella fue doloroso y mi hermano me dijo que él también lo había sufrido", recuerda. Para él, la consecuencia más grande que ha arrastrado toda la vida ha sido la tristeza y la ira: "No lo podía entender, era injusto". Tiene una hija e intenta educarla con el respeto como bandera: "Siempre le pido permiso para abrazarla y siempre le digo: si alguna vez te hago algo o te digo algo que no te gusta, díselo a mamá". Y es que los secretos, defiende, "tienen fecha de caducidad".

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