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Sant Jaume: la resistencia catalana y gitana de Perpinyà
En el barrio de Sant Jaume de la ciudad del sur de Francia pervive una comunidad caló formada por 4.000 personas que se resieten a abandonar su lengua y sus tradiciones

Una calle del barrio de Sant Jaume, al anochecer / Alfons Cabrera
A media mañana no hay un alma en las calles, ni a mediodía, porque en Sant Jaume todo el mundo tiene por costumbre acostarse tarde.
Sant Jaume es un barrio gitano en el corazón de Perpinyà y es uno de los lugares más pobres de Francia. Las calles son estrechas y empinadas, las casas bajas y algunas fachadas de colores: sería precioso si no estuviera tan sucio, tan dejado de la mano de Dios. Hay edificios muy deteriorados, pintadas en las paredes, basura en las esquinas. Uno viene del centro de la ciudad y sabe que ha llegado a Sant Jaume por eso mismo, por la dejadez (el cambio es brusco y radical, como si hubiera una frontera pintada en el suelo), pero también porque en las calles no se oye hablar francés, nada, todo el mundo habla catalán. Un catalán melódico, salpicado de arcaísmos y galicismos.

Vecinos en una calle del barrio de Sant Jaume / Alfons Cabrera
Perpinyà es territorio francés desde que el Tratado de los Pirineos desgajó Catalunya en 1659. Tres siglos y medio después, el catalán languidece en la capital del Rosellón. Primero las leyes encerraron el catalán en casa, y ya en el siglo XX, los castigos en la escuela, el desprestigio social y la llegada de los 'pieds-noirs' (franceses que nacieron o residieron en Argelia durante el periodo colonial) hicieron el resto. Así, la baja escolarización de los gitanos y, en general, su aislamiento, fueron factores decisivos para salvar la lengua dentro de la comunidad.
Atardecer con Nick Giménez
En Sant Jaume viven unos 4.000 gitanos. Al atardecer, las calles están llenas: los niños juegan a petanca y a fútbol, las mujeres se sientan al fresco y los hombres se juntan en la plaza del Puig. Un niño está sentado en un umbral, lleva una camiseta del Barça y entre las piernas tiene una jaula con un periquito; más arriba, dos chicos indican dónde encontrar a Nick Giménez, uno de los líderes de la comunidad.
Giménez se asoma por la ventana, baja y se sienta en una silla frente a su casa. Dice que ya no hay patriarcas en Sant Jaume: los que había ya murieron y además se está perdiendo el respeto por los mayores: “No es como antes, el mundo ha cambiado”. Trabajó 35 años en el ayuntamiento de Perpinyà, era asesor y mediador con el barrio. No culpa a la Administración de la basura en las calles: “La suciedad es de los gitanos. La tiran por la ventana, no bajan. La gente, que es sucia... no todos, eh”.

Niños jugando de noche en el barrio de Sant Jaume / Alfons Cabrera
Giménez habla luego de identidad, cuando la conversación, inevitable e intencionadamente, va a las raíces: “Soy catalán. ¡No soy francés!”. Pero en Sant Jaume, detrás de este sentimiento, no hay ninguna articulación política: “El 80% de la gente no sigue esto”, dice Giménez, “no les interesa. Hablamos catalán porque somos catalanes, es nuestra lengua, pero no somos gente de salir a manifestarnos. Porque te digo una cosa: Catalunya no puede tener independencia, nunca la tendrá, España nunca dará la libertad”. Y luego, de los dos pilares de su identidad, prioriza uno: “Nos sentimos lo que somos: gitanos. Hablamos catalán pero somos gitanos”. Menospreciados por las instituciones francesas y olvidados por los catalanes del sur, los gitanos de Sant Jaume se sienten desamparados: “Los políticos catalanes de aquí no nos quieren para nada, nunca han venido, y menos aún los de Barcelona, ni nos conocemos. Somos los olvidados de todos, nadie nos quiere”.
“No somos como los payos”, continúa Giménez; “Vivimos fuera, hacemos todo en la calle, siempre ha sido así. Aquí vienes a cualquier hora, a medianoche o a la una, las dos o las tres de la madrugada, y siempre hay gente afuera, los niños pequeños también”. ¿No van a la escuela? “No mucho. ¿Para qué? ¿Para que les den un título? En ningún trabajo los querrán. No les sirve de nada”. Menos de la mitad de los niños van regularmente al colegio, y luego el desempleo entre los jóvenes se acerca al 90%. Muchos en Sant Jaume viven de las ayudas públicas, y no solo jóvenes. Y por la baja escolarización, también son muchos los que no saben escribir, y los que saben, solo saben escribir en francés, así que el francés es el idioma que usan cuando hablan por whatsapp o en redes sociales. “El catalán está prohibido”, dice Giménez; “no quieren catalán aquí”. En Perpinyà hay solo dos escuelas catalanas y no están cerca.
Dos noches de verano (la fe).
En la plaza sin nombre, en un lado, están los pastores y los músicos. Delante, sentadas, las mujeres, con el cabello cubierto; los hombres están en el perímetro de la plaza. Como es miércoles, hay 'Assemblée', y como hace buen tiempo, es al aire libre. 'Assemblée' (lo dicen así, en francés) es como llaman aquí al culto evangélico. Hay parlamentos de los pastores y testimonios de quienes se reúnen allí, y también rumba y flamenco, en catalán y castellano respectivamente. En Sant Jaume son pocos los que hablan castellano, pero el flamenco tiene mucha fuerza.

'Assemblée' en las calles del barrio. / Alfons Cabrera
A menudo mezclan estilos y lenguas: 'La paraula de Déu és viiiiva. Les promeses al meu Déu són viiiives. El profeta profetizabaauuu, profetizaba el Hijo de Dios [...] ¡Y volaréeee! ¡Y volaréeee! (Allez-y! Sí, senyor!)¡. En cambio, los parlamentos y los testimonios son en francés, aunque a veces sueltan alguna frase en catalán. Luego Néné explica que lo hacen así porque el culto está abierto a gente de fuera del barrio; pero en la Assemblée no se veía ningún forastero. Otro pastor dice que es para no levantar suspicacias entre las autoridades francesas, para que entiendan lo que se dice allí si alguna vez se asoman.
El viernes también hay 'Assemblée'. Llueve, así que la hacen bajo techo. Es un local diáfano, sobrio y con mucha luz, y detrás del estrado hay un mensaje unívoco: 'Dieu est amour'. Más o menos es como la de hace dos días en la plaza pero con menos música y más testimonios, y con imposiciones de manos y momentos de catarsis colectiva, con los pastores haciendo discursos enérgicos y los asistentes asintiendo con pesar y los ojos cerrados. Algunos testimonios están relacionados con la droga. El barrio tiene todos los problemas ya mencionados de insalubridad, baja escolarización y desempleo, pero todos coinciden en que la droga es el mayor de sus males. La venta, pero sobre todo el consumo de los jóvenes. “La iglesia recibe al toxicómano”, decía Néné, “pero un vendedor no lo queremos, a menos que esta persona cambie”.
El centro de culto está en la parte baja del barrio. Aquí los gitanos viven mezclados con magrebís. A la salida de la 'Assemblée', alguien dice que puedes saber dónde viven gitanos y dónde magrebís porque los magrebís no tienden la ropa fuera de los balcones. La convivencia ahora es buena, pero no siempre fue así: el momento más crítico fue en 2005, cuando unos enfrentamientos violentos entre las dos comunidades dejaron dos muertos. Pero ya ha pasado tiempo y, de hecho, en 2018 fueron de la mano en la lucha contra los planes urbanísticos que el ayuntamiento tenía para Sant Jaume: querían derribar manzanas enteras y desalojar a una quinta parte de la gente.

Assemblée bajo techo en el barrio de Sant Jaume. / Afons Cabrera
Querían un barrio menos denso y más mezclado, decían, y así acabar con la insalubridad y deshacer el gueto. Los vecinos entendían que una reforma era necesaria, pero desconfiaban de la Administración: muchas familias tendrían que abandonar el barrio y además temían que su cultura se diluyese. Se opusieron. Rompieron con su atávico apoliticismo y aislamiento y se movilizaron, y además encontraron apoyo fuera del barrio: hicieron barricadas y detuvieron las excavadoras. “Hace muchos años que quieren echarnos de aquí”, decía Nick Giménez; “no pueden”. En 2020, Louis Aliot, del Frente Nacional, ganó las elecciones municipales. A pesar de ser de ultraderecha y jacobino, tuvo bastante apoyo en Sant Jaume: suspendió por completo los derribos. En la prensa se habló de clientelismo, de compra de votos en Sant Jaume, pero sospechas y acusaciones de este tipo ya las hubo con otros alcaldables y alcaldes.
Entrada la noche, las calles hierven: hay barbacoas y más partidas de petanca, niños corriendo arriba y abajo, algunos en moto, y gente frente a las casas y en la plaza. Es exuberante, caótico, excitante. Una familia hace un fuego a pies de un muro medio derrumbado y medio sostenido por vigas que hacen de contrafuertes, vestigio de los derribos de 2018. El padre se queja de que al lado de su casa trafican con marihuana y cocaína. Los camellos son del barrio, gitanos y magrebís juntos; los compradores son del barrio pero también vienen de fuera. “Todos lo saben, sabemos dónde están y quiénes son. Lo sabe la policía, y los pillan y en una hora están fuera”. Dice que están arruinando toda una generación de jóvenes y que antes en Sant Jaume había comercios y artesanos y ya no queda nada de eso. Y concluye: “Les va bien que estén aquí y así no molestan en el centro. El ayuntamiento ha matado el barrio”.
Otoño
No llega a los 30; está sentado en un banco en la plaza del Puig: “Son muy racistas aquí, eh. Entras a una tienda y todos te miran. Solo hablo francés cuando voy al centro; en Sant Jaume hablamos el catalán. El francés lo aprendí en la escuela. Cuando hablamos francés tenemos acento, nos cuesta. [...] Gitano y catalán va todo junto. El gitano no habla caló, eso se ha perdido. Me siento más cerca de un payo de Barcelona que de uno de Perpinyà, porque si voy allí me entenderán, que aquí no me entienden. Aquí no hay muchos payos que hablen catalán, en los pueblos sí. Es un catalán payo, no es un catalán como el nuestro, lo hablan como en Barcelona. [...] Yo quiero que Cataluña sea toda una, toda junta. Con toda España, todos. En Madrid no hablan catalán, pero también hay gitanos. [...] Los jóvenes no mandamos en el barrio, los que mandan son los ancianos: si dicen esto, pues ahí vas. Les has de respetar… Te pegan, ¡eh! Es como yo con mi padre: si mi padre me dice no hagas esto, no lo haré. Si hiciera otra cosa, me mataría mi padre. A los ancianos se les respeta. Si un anciano te da un consejo es porque él lo ha pasado, lo sabe. [...] Problemas no hay aquí, eh. Nunca ha habido problemas, porque lo hablamos entre nosotros. Aquí… no entra gente. Si entra un payo y no hace bien, lo hacemos irse. El primer día que viniste todos decían ‘¿quién es este?’. Después vimos que hablas catalán y que es por el reportaje, todos te conocen ahora. Te conocen un poco aquí, eh. Nadie te dirá nada.”
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