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Víctimas de la violencia de género

Jesús Julià, el hijo de la mujer asesinada en Gijón hace ocho meses: "Mi perro es mi familia, mi sostén emocional, lo único que me ha mantenido en pie"

El joven, de 28 años, se siente "invisibilizado" y reclama "justicia": "Que se esclarezca la verdad"

Jesús Julià Sierra, ayer, con su perro "Charly", en Pumarín.

Jesús Julià Sierra, ayer, con su perro "Charly", en Pumarín. / Juan Plaza

Oriol López

Pumarín
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El día 7 de mayo de 2025 la vida de Jesús Julià Sierra dio un vuelco total. Este joven de 28 años del barrio de Pumarín vio como se desmoronó su vida: en un solo día, perdió a su abuela –que falleció de forma natural– y a su madre, Susana Sierra, que en aquel momento desapareció. Mes y medio después, la Policía descubrió a su progenitora muerta y con signos es de violencia dentro de un arcón en un inmueble de la céntrica calle Contracay, en Gijón. Para Jesús, estas tragedias fueron el inicio de un calvario de "soledad" y "desamparo institucional", según declara, que se ha extendido durante los últimos ocho meses y que le han condenado a la absoluta precariedad. Ahora, el joven reclama "justicia" para su madre a través de sus redes sociales y expone sus dramáticas circunstancias vitales durante el último año, que han despertado una ola de solidaridad de gente de todo el país que le tiende la mano a él y a su perrito, "Charly". Gracias "al pueblo", como él dice, consiguió salvarse de que le cortasen el suministro eléctrico este siete de enero.

El hecho de que el juzgado que instruye el caso haya descartado que la muerte de Susana Sierra sea un caso de violencia de género y que, por tanto, el principal sospechoso del asesinato de la mujer, Jesús "El Vasco", no vaya a tener una condena mayor por el agravante de género, ha supuesto un nuevo revés para el joven. También ha funcionado como ignición para sus últimas reivindicaciones, en las que relata todo su via crucis, que incluye varias tentativas de suicidio y que comienza en los primeros dos meses tras la desaparición de su madre. Jesús vivió en una incertidumbre absoluta, alimentada por versiones contradictorias. Esta falta de información le llevó a experimentar un conflicto interno devastador. "Llegué a odiar a mi propia madre, creyendo que me había abandonado, que había decidido irse y dejarme solo. Ese pensamiento me persiguió día y noche y me destrozó por dentro", explica el joven, cargado de culpa por haber pensado así en algún momento de quien le dio la vida.

"Invisibilizado" en el caso

El joven se siente "invisibilizado" dentro del caso. Muestra de ello, es como vivió el episodio de la manifestación de repulsa contra el supuesto crimen, que tuvo lugar en la plaza Mayor al día siguiente de hallarse el cuerpo de su madre, el 27 de junio. Jesús se enteró de la convocatoria una hora antes por casualidad, cuenta, a pesar de ser el único familiar directo. "Allí me percato de algo devastador: nadie sabía que Susana tenía un hijo. Nadie me reconocía, nadie me daba un lugar. Sin pensarlo, impulsado únicamente por el dolor, me subí a una farola. No fue un gesto calculado ni político, fue el acto desesperado de un hijo que necesitaba reivindicar a su madre", recuerda.

Tras sus gritos desde la farola durante el minuto de silencio para reivindicar la figura de su madre, fue recibido por las autoridades presentes, que le dispensaron un trato personal "correcto en ese momento", pero denuncia que ese contacto no se tradujo en apoyo real. Lamenta que se difundiera en medios el ofrecimiento desde las instituciones de "recursos psicológicos, jurídicos, sanitarios, de protección y de acogida" que, señala, "nunca llegaron".

La precariedad ha sido una constante en su vida desde el crimen. "He pasado hambre. He pedido ayuda en supermercados. He vivido situaciones de humillación y vergüenza extrema", confiesa con crudeza. El apoyo institucional se limitó, explica, a la gestión de un "subsidio mínimo" que "tardó meses en llegar" y que, en el último ha sufrido "retrasos" que le han situado al borde del corte de suministros.

Su red de apoyo se ha reducido a su padre quien desde Mallorca ha intentado sostenerlo. "Ha dado todo lo que tenía, y aun así no ha sido suficiente para cubrir una situación que nos supera a ambos. Ver cómo también él se rompe es otra herida más que cargo", afirma sobre su padre biológico, ya que el marido de su madre, su padrastro, se desentendió de él a la par que ocurrió la tragedia, dejando al chico como responsable del pago de múltiples facturas a su nombre del domicilio familiar, según señala Julià.

Su perro enfermo, único "sostén emocional"

En este entorno de vulnerabilidad, el único vínculo emocional sólido de Jesús es su perro de once años, cuya salud es crítica debido a un soplo en el corazón y un glaucoma. "Mi perro no es solo un animal. Es mi familia, mi sostén emocional, lo único que me ha mantenido en pie. Me he dejado completamente de lado a mí mismo para que estuviera cuidado, alimentado y protegido", afirma. La responsabilidad de proteger a su compañero ha sido la razón principal para no trasladarse con su padre y seguir resistiendo solo en Asturias, a pesar de que el coste de los tratamientos veterinarios resulta inasumible con sus escasos ingresos.

La palabra "justicia" todavía no se ha materializado para el joven ni la Justicia ha emitido fallo. El caso, con "El Vasco" en prisión preventiva en Mansilla de las Mulas (León), sigue su instrucción. "Para mí, la única forma de que haya justicia real es que se investigue correctamente todo lo ocurrido y que se impute a todo aquel que haya participado, directa o indirectamente, en el crimen; solo así se podrá esclarecer la verdad", remata, esperanzado y con el anhelo de lograr paz para la memoria de su madre y para sí mismo.

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