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Libertad emocional

Carlos González, pediatra: "Tu hijo tiene derecho a protestar, como todo el mundo"

Los niños que crecen sabiendo que pueden protestar desarrollan una mayor seguridad en sus propios juicios

Las rabietas de los más pequeños desbordan a los padres.

Las rabietas de los más pequeños desbordan a los padres.

Alexandra Costa

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La figura de Carlos González sigue siendo un referente indiscutible en el ámbito de la crianza respetuosa y la pediatría con enfoque humano. Recientemente, su mensaje sobre la legitimidad de las quejas infantiles ha vuelto a cobrar fuerza en las redes sociales, recordándonos que los niños son ciudadanos de pleno derecho. El pediatra sostiene que cualquier hijo tiene derecho a protestar, situando esta acción al mismo nivel que las reclamaciones que realizamos los adultos en nuestra vida diaria. Esta perspectiva busca transformar la forma en la que entendemos el comportamiento de los menores, alejándonos de visiones autoritarias y centrando el foco en la empatía.

Reconocer la validez de la protesta infantil es, según González, un acto de justicia básica. El mensaje compartido resalta que, si los adultos nos sentimos con la potestad de quejarnos por un servicio deficiente o una situación injusta, resulta incoherente negar esa misma posibilidad a un niño. Este enfoque promueve una convivencia basada en el respeto mutuo, donde la voz del más pequeño es escuchada y tomada en cuenta con la seriedad que merece.

La validación emocional como pilar fundamental del desarrollo

Aceptar que un niño exprese su descontento constituye un paso esencial para una salud mental equilibrada. Muchos padres interpretan la protesta como un desafío a su autoridad, cuando en realidad suele ser una manifestación de una necesidad no satisfecha o de un sentimiento de frustración. El pediatra insiste en que validar estas emociones permite que el menor se sienta comprendido y seguro en su entorno familiar. Fomentar este vínculo afectivo requiere que los cuidadores dejen de ver las quejas como ataques personales y empiecen a verlas como herramientas de comunicación vitales.

Bajo esta premisa, la educación debe orientarse hacia el acompañamiento y no hacia la represión. Cada vez que un pequeño protesta por algo que considera injusto, está ejerciendo su incipiente capacidad de pensamiento crítico. Silenciar estas manifestaciones mediante el castigo o la indiferencia puede generar adultos sumisos o personas con dificultades para establecer límites saludables en el futuro. La labor de los progenitores consiste en dar nombre a esas emociones y guiar al niño en la gestión de su malestar, siempre partiendo de la base de que su sentimiento es real y legítimo.

Diferencia entre el respeto y la falta de límites

Muchos sectores críticos temen que permitir la protesta equivalga a criar niños maleducados o sin normas. Carlos González aclara que respetar el derecho a la queja es totalmente compatible con mantener una estructura familiar organizada. Establecer límites desde el cariño implica explicar el porqué de las cosas sin anular la emoción del otro. Es posible mantener una decisión firme mientras se permite que el niño exprese su desacuerdo. Esta distinción es clave para entender que la autoridad se gana a través de la confianza y el ejemplo, en lugar de imponerse mediante el miedo al silencio obligatorio.

Cualquier hogar que permite la libre expresión de sus miembros se convierte en un laboratorio de democracia y respeto. Los menores que pueden decir "esto me disgusta" aprenden que sus opiniones tienen valor, lo cual refuerza su autoestima de manera significativa. La labor de la puericultura moderna debe ser precisamente esa: proteger la integridad física del menor mientras se custodia su integridad emocional. Tratar a un hijo con la misma cortesía que trataríamos a un amigo o a un compañero de trabajo debería ser la norma y no la excepción.

La construcción de una identidad segura a través de la escucha

Fomentar un ambiente donde la queja sea recibida con apertura ayuda a construir una identidad sólida en el infante. Los niños que crecen sabiendo que pueden protestar desarrollan una mayor seguridad en sus propios juicios. Esta capacidad será fundamental cuando lleguen a la adolescencia y deban enfrentarse a la presión de grupo o a situaciones de riesgo. Poseer una voz propia, entrenada desde la primera infancia en el seno del hogar, es el mejor escudo contra el abuso y la manipulación externa.

Lograr que la sociedad comprenda este mensaje es el gran reto de los profesionales como Carlos González. Resulta imperativo abandonar las etiquetas negativas asociadas a la protesta, como los términos "rabieta" o "mal comportamiento", para sustituirlos por conceptos vinculados a la asertividad. Educar con amor significa abrazar la complejidad de los sentimientos infantiles, aceptando que la alegría es tan válida como el enfado. Al final del día, el objetivo principal es criar personas capaces de defender sus derechos, empezando por el derecho más básico de todos: el de ser escuchados por quienes más los aman.