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Carta

La importancia de la educación: una profesora jubilada destaca el refugio que encontró una alumna en el instituto

La autora recuerda con cariño a sus alumnos, como Natalia, ahora periodista, y cómo el instituto fue un refugio para algunos, transmitiendo conocimiento y cultura

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Un docente imparte clases a un grupo de alumnos.

Un docente imparte clases a un grupo de alumnos. / EL PERIODICO

Pilar Lucas Hernández

Pontevedra
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Educar (Gabriel Celaya): Educar es lo mismo que poner motor a una barca (…) Para eso, uno tiene que llevar en el alma un poco de marino… un poco de pirata… un poco de poeta… y un kilo y medio de paciencia concentrada. Pero es consolador soñar mientras uno trabaja, que ese barco, ese niño irá muy lejos por el agua (...).

Natural de Tornavacas, aprobé oposiciones de agregada de Lengua y Literatura en el 87 en Galicia. Ejercí como profesora tres décadas largas (en torno a 36 años) en institutos de Secundaria de Pontevedra. Me gusta la profesión que nació tardía ya en las aulas pues fue casual que me dedicara a ella desde los 24 años. No soy de esas profesoras que dicen tener la vocación desde la niñez, cuando ya jugaban a ser maestras, dando clases a las muñecas.

Me gusta el campo semántico de la docencia. Especialmente las palabras magisterio (maestro: más que ministro -menos- cuando se consideraba noble profesión, superior en rango), educador (guía), profesor...

Hoy me reencontré con Natalia Cons vía WhatsApp. Fue alumna mía durante varios cursos en el IES Torrente Ballester de Pontevedra (o Quinto). Sabía de sus estudios de Comunicación audiovisual. Hoy me gustó verla, micrófono en mano, como periodista en Madrid. Es bonito seguirlos en su evolución posterior, verlos desarrollarse fuera del instituto.

Y le dije: voy a escribir sobre la profesión, que bien requiere una dignificación.

Ofensa a los jóvenes

Se denosta a los profesores con la injusta muletilla de que trabajan poco y tienen muchas vacaciones. Y se ofende a los jóvenes, a quienes se denigra como vagos y maleducados.

En las clases se dan todos los perfiles: el alumno aplicado, el vagonetas, el brillante, el que le es costoso el estudio y lo suple con trabajo, el chistoso, el charlatán, el gamberrete, el tímido y retraído, el pasota, el partícipe activo, el malote, que se resiste a aprender e indagas y descubres profundas heridas...

Un amigo mío médico siempre me dijo: sois muy afortunados los profesores. Vivís en los mundos de Yupi. Nosotros estamos siempre bregando con la enfermedad y la muerte.

Y es así. Compartimos las jornadas laborales con jóvenes llenos de vitalidad y energía. Savia nueva. Yo he aprendido mucho de la chavalería y me lo he pasado muy bien en las aulas, especialmente con alumnos como los de la promoción de Natalia y otras en que tuve la suerte de darles clase dos o tres cursos. Es ahí cuando se produce una ligazón cordial tan estrecha que devienes en una suerte de profe/madre adoptiva en las horas de trabajo.

Son listos los chicos. En una ocasión un alumno de 3º de la Eso me pidió si podía hablar cinco minutos antes de empezar la clase. Abordó el tema de que un compañero muy retraído se sentía acosado porque le llamaban por el nombre de una fruta, que incluía el apellido de su padre muerto. Su orfandad se rebullía en silencio cada vez que lo apodaban así. Y fue su amigo, ángel guardián, quien con su pequeña arenga convenció a todos. Muy listos e ingeniosos.

Yo siempre les reprochaba despilfarrar el ingenio en gracietas y ocurrencias que no dedicaban en la misma proporción al estudio. La adolescencia les lleva más a ligar con chicos y chicas que a navegar entre el proceloso mundo de mitosis, sintagmas, logaritmos y generaciones literarias. Es la edad. Normal. Así que ellos derrochan ingenio y los profes, paciencia. Ja, ja.

Es un trabajo arduo e intenso, fuera y dentro del aula. Yo no recuerdo especiales incidentes en las aulas pero vuelves a casa como pulpo apaleado contra las rocas pues para que todo resulte requiere sutiles artes y una rara mezcla de autoridad/cordialidad.

Con todo hay que sonreír ante alguna de sus gracietas. Como mi apellido es Lucas, cuando estaba de moda Chiquito de la Calzada, los alumnos del Johan Carballeira de Bueu decían por lo bajinis al finalizar la clase cuando me encaminaba a la puerta: "Hasta luego, Lucas". Yo, de espaldas, sonreía.

La chavalería

Si en lugar de eso, te vuelves y sancionas por esa pequeñez, estás perdiendo la batalla. Hay que tener humor con la chavalería. Y a veces no hacer caso a determinadas nimiedades. Como hay que poner límites a las faltas de respeto entre el alumnado y hacia el profesor. Ser comprometidos con la labor docente, justos y respetuosos.

Las innumerables reformas educativas en poco margen de tiempo, la burocracia, el abuso de las pantallas, la falta de apoyo al profesorado, los perjuicios en la salud de los niños y jóvenes desde la pandemia parecen haber empeorado el panorama, según me cuentan pues ya estoy jubilada.

No volvamos la vista hacia otro lado y pongamos remedio. Educación y Sanidad son dos pilares básicos de una sociedad, entre otros muchos.

Gracias, chicos. Por todos vosotros la larga vida laboral se hizo más fácil. Yo también aprendí esto que cuento y más en vuestra compañía. Como lo fino que hiláis con los agudos apodos a los profes: llamaban Fenosa a un profesor muy ahorrativo que probaba los diversos interruptores de la clase para ahorro de luz. Y otras lecciones más trascendentes: aquella alumna que me confidenció un día que el olor a tiza, la clase, los profesores, el conocimiento la ayudaron a distraerse del infierno de su casa y le descubrieron la importancia de la cultura. El instituto había resultado para ella un refugio lleno de secretos, que serpenteaban en tinta en los libros y que transmitía la voz de los profesores.

Ni más. Ni menos.