Fortaleza
Si tienes menos de 25 años es probable que tengas menores capacidades mentales según un estudio realizado por psicólogos franceses
El entorno austero, analógico y exigente de los nacidos en 1960 y 1970 fue el caldo de cultivo perfecto para desarrollar una resiliencia y una estabilidad emocional que hoy escasean

Un grupo de adolescentes pasea por la calle en Barcelona. / ELISENDA PONS
La evolución de la sociedad y la irrupción tecnológica han transformado radicalmente la psique humana, pero no siempre en la dirección que cabría esperar. Contrario a la intuición de que el confort moderno produce individuos más fuertes, un reciente análisis difundido por el diario Ouest-France sugiere que quienes crecieron durante las décadas de 1960 y 1970 poseen un conjunto de capacidades mentales superiores a las de las generaciones posteriores al año 2000. Psicólogos y expertos consultados por el medio francés sostienen que el entorno austero, analógico y exigente de aquella época fue el caldo de cultivo perfecto para desarrollar una resiliencia y una estabilidad emocional que hoy escasean entre los más jóvenes.
Existen factores determinantes que explican esta brecha generacional. La vida cotidiana de hace cincuenta años, caracterizada por la ausencia de pantallas y la necesidad de buscar entretenimiento o soluciones por uno mismo, obligaba al cerebro a trabajar de forma distinta. Lejos de la inmediatez digital actual, aquel contexto fomentó habilidades como la autonomía y la tolerancia a la frustración, cualidades que se han ido diluyendo con el paso de las décadas en favor de una cultura de la recompensa instantánea.
Los pilares de una mente estructurada y paciente
El informe detalla nueve competencias psicológicas específicas que definen a esta demografía. Sobresale en primer lugar la paciencia frente a la incertidumbre. En un mundo donde las noticias y las cartas tardaban días en llegar, las personas aprendieron a gestionar la espera con serenidad. Esta capacidad de mantener la calma ante lo desconocido facilita hoy una toma de decisiones más reflexiva, a diferencia de la ansiedad que suele gobernar a quienes están acostumbrados al tiempo real.
Resulta igualmente crucial la gestión de las emociones. La educación de la época priorizaba el pragmatismo y la lógica sobre el impulso sentimental. A esto se le conoce técnicamente como regulación emocional, una habilidad que permite sentir intensamente sin perder el control conductual. Investigaciones recientes del año 2025 vinculan este autocontrol temprano con menores índices de estrés en la vida adulta. Además, estas generaciones desarrollaron un fuerte locus de control interno, asumiendo que sus logros dependían de su esfuerzo personal y disciplina, en contraposición a la tendencia actual de culpar a factores externos.
La ventaja de la incomodidad y la atención profunda
Otra de las grandes diferencias radica en la relación con el malestar y el deseo. La vida diaria implicaba situaciones incómodas, aburrimiento y la obligación de reparar lo roto en lugar de desecharlo. Tal exposición continua a pequeñas dificultades forjó una flexibilidad emocional robusta. Asimismo, la capacidad para posponer la gratificación se consolidó como una herramienta vital. Saber esperar por una recompensa no solo reduce la impulsividad, sino que, según metaanálisis de 2020, predice un mayor éxito académico y una mejor salud mental a largo plazo.
Paralelamente, la ausencia de interrupciones digitales permitió el entrenamiento de la concentración sostenida. Actividades como la lectura prolongada o la escucha atenta de música completa enseñaron al cerebro a enfocarse durante horas, una competencia que hoy se ve amenazada por la fragmentación de la atención. Del mismo modo, la resolución de problemas prácticos sin ayuda de internet —como orientarse con un mapa o arreglar un electrodoméstico— dotó a estas personas de una confianza inquebrantable en su propia capacidad resolutiva.
Recuperar el legado de la experiencia
El análisis de Ouest-France aclara que el objetivo no es idealizar el pasado, que tuvo sus propias carencias, sino rescatar lecciones valiosas. La gestión de conflictos cara a cara, sin la posibilidad de bloquear o ignorar digitalmente al interlocutor, es otro ejemplo de habilidad social avanzada que poseen los mayores. Aprendieron a interpretar el lenguaje no verbal y a navegar conversaciones difíciles, fortaleciendo sus dotes comunicativas.
Queda patente que el progreso tecnológico, aunque facilita la vida, puede atrofiar ciertas musculaturas psicológicas. Sin embargo, estas capacidades no están perdidas irremediablemente. Cualquier persona, independientemente de su edad, puede recuperar estas fortalezas mediante la voluntad consciente de ralentizar el ritmo, aceptar el aburrimiento y enfrentar los retos sin atajos digitales. La verdadera fortaleza mental, concluyen los expertos, no nace de la facilidad, sino de la superación constante de la adversidad.
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