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Tras los niños españoles de la URSS espiados por la CIA

El libro ‘Project Niños’ explica cómo Franco autorizó la repatración de los hijos de republicanos para ayudar a Estados Unidos saber saber qué ocurría al otro lado del Telón de Acero

Llegada del buque Crimea en el puerto de Castellón

Llegada del buque Crimea en el puerto de Castellón / EPC

Natalia Araguás

Natalia Araguás

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Unos 3.000 niños españoles, hijos de republicanos, fueron evacuados entre 1937 y 1938 a la URSS para protegerlos de bombardeos contra la población civil como el de Gernika. Pensaron que volverían al acabar la Guerra Civil, pero tuvieron que esperar dos décadas: el primero de los buques con los repatriados, el vapor ruso Crimea, llegó al puerto de Valencia en otoño de 1956 y a los 513 jóvenes les acompañaban 147 hijos nacidos en el exilio y sus 31 esposas de nacionalidad rusa. La propaganda anticomunista los había retratado como “niños que comieron hierbas por las orillas del Volga”, pero llegaron robustos y con carreras técnicas. Pese a haber lamentado también su “despañolización”, hablaban castellano e incluso gritaron “viva España” al desembarcar.

A primera vista pudiera parecer un duro golpe a la propaganda franquista, pero fue Franco quien autorizó el regreso a España de unos ciudadanos forjados en un régimen comunista, convencido por Estados Unidos. El objetivo era que, una vez en suelo español, la CIA los interrogase a fondo sobre lo que ocurría al otro lado del Telón de Acero, por entonces infranqueable para la agencia. Así lo recoge el libro ‘Project Niños’ (Plaza & Janés), antes un documental de televisión homónimo con Jordi Ferrerons como director ejecutivo emitido por DMAX, que partía del testimonio de Oleg Nechiporenko, un joven oficial del KGB que participó a finales de los 50 en el seguimiento, vigilancia y control de los Niños de la Guerra. Se trató  de un programa especial de espionaje que duró cuatro años, durante los cuales fueron interrogados unos 1.800 repatriados de la URSS generando más de 2.000 informes para el servicio de inteligencia. En base a ellos, el analista sénior de la CIA Lawrence E. Rogers escribió en 1963 un valioso informe, desclasificado en 1995.

Pistas para los aviones

“En un contexto de Guerra Fría no hubo ningún grupo tan numeroso ni con tanta capacidad para saber lo que ocurría en la URSS como los Niños de la Guerra”, resume Carol Díaz Tapia, autora del libro y miembro del equipo que rodó el documental: “Antes se había repatriado a  los soldados de la División Azul, científicos alemanes, un grupo de húngaros… Pero los niños eran ciudadanos soviéticos, habían estudiado carreras allí y formado parte de esa sociedad. No todos tenían informaciones estratégicas, pero en un territorio tan vasto como la URSS podían dar pistas, coordenadas para que los aviones espía supieran por donde moverse”, añade.

Niños como Cecilio Aguirre, el primer repatriado en descender del barco aquel 28 de septiembre de 1956 en el puerto de Valencia, con una radio a cuestas y su mujer y los niños, que con sus entusiastas declaraciones al diario ‘ABC’ dio al traste con las intenciones iniciales del gobierno franquista de minimizar el impacto mediático de los repatriados. Su alegría ni siquiera fue flor de un día: su madre le explicó allí mismo que su hermano había muerto cuatro años antes víctima de una infección hepática.

O niñas como Vicenta Alcover, presente a sus 95 años en la presentación de ‘Project Niños’ esta semana en Barcelona: medio año después de su retorno aún esperaba alguna muestra de cariño. En vez de ello, afrontaba las continuas interpelaciones machistas de su cuñado por no cargar con todas las tareas domésticas y acababa por bautizar a su hijo a desgana para que le dejaran ir a la escuela. El desarraigo y el recelo que despertaban los Niños de la Guerra, con una educación muy por encima de la media de la sociedad española de entonces, es el denominador común entre la docena de entrevistados para el libro.

Hostigamiento continuo

En un momento de opacidad total al otro lado del Telón de Acero, cualquier información para tratar de localizar posibles objetivos militares en territorio soviético era bienvenida. “Todos los repatriados están, en virtud de su larga residencia y de su estado laboral en la URSS, en condiciones de haber adquirido al menos información indirecta relacionada con los desarrollos de misiles guiados soviéticos”, se lee en una nota confidencial de la CIA del 7 de mayo de 1957. El régimen franquista, alentado por la agencia, crea la Delegación del Gobierno para los Repatriados Españoles de la URSS, dirigida por el comandante Teodoro Palacios, un excapitán de la División Azul que sobrevivió 11 años como preso de guerra al gulag. El hostigamiento a los niños de la Guerra con interrogatorios es continuo. Algunos deciden volver a la URSS, donde también despiertan suspicacias y serán víctimas de contraespionaje.

“Los Niños de la Guerra fueron testimonio y en muchos casos víctimas de algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX, sus historias humanas son alucinantes”, destaca Carol Díaz Tapia. Traumatizados por la Guerra Civil, no disfrutaron luego de la paz ni cinco años. Pese a la inversión que hizo en ellos la URSS –si la educación de un niño ruso costaba 3.000 rublos al año, la de un Niño de la Guerra era de 10.000 rublos, apunta el libro–, su bienestar saltó por los aires cuando el país entró en 1941 en la Segunda Guerra Mundial. Muchos combatieron en el Ejército Rojo, algunos murieron en la contienda como el aviador Ignacio Aguirregoicoa, otros fueron a dar con sus huesos en el gulag, como Ángel Belza o José María Bañuelos. Extranjeros en todas partes, su periplo vital da cuenta de uno de los mayores horrores de la Europa del siglo XX.

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