Viviendas para mayores
Así es la vida en un 'coliving' sénior: "Entro y salgo cuando quiero y tengo más actividades que cuando trabajaba"
Montserrat Corella vive en un edificio de alquiler social con acompañamiento para mayores, que fomenta la participación y las relaciones vecinales
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Manu Mitru

Montserrat Corella tiene 82 años y, desde hace tres, vive en el edificio Adela Barquín, que lleva el nombre de una de las mayores activistas vecinales de Sant Feliu de Llobregat. El edificio es fruto de un acuerdo de colaboración entre el ayuntamiento de la ciudad, que cedió el terreno, y la Fundació Familia i Benestar Social (FIBS).
Consta de 90 viviendas en régimen de alquiler social con acompañamiento que tienen como objetivo promover el envejecimiento activo y reducir la soledad no deseada. “Se trata de un proyecto adaptado a la sociedad actual, donde cada vez se viven más años y hay más personas mayores pero autónomas que necesitan espacios para relacionarse y hacer actividades que les motiven, lo que alarga aún más su autonomía”, explica Laura Parrado, directora del edificio.
La clave de la vida en el edificio Adela Barquín es que cada vecino es independiente, hace su vida, pero se les ofrecen espacios diseñados para fomentar la participación y las relaciones vecinales, lo que sirve para luchar contra la soledad que acecha a muchos mayores y fomentar el apoyo y los cuidados mutuos.

Montse Corella, vecina del edificio Adela Barquín, en su casa con varias vecinas. / MANU MITRU / EPC
La diferencia con el tradicional modelo residencial es que la participación es voluntaria y son los propios inquilinos los que organizan los talleres o celebraciones. Por ejemplo, Montserrat es una de las vecinas más activas. “Siempre está dispuesta a organizar”, explica Parrado.
En Adela Barquín hay clases de idiomas, de costura, de chi kung, de cocina, de pintura… y los profesores son los propios vecinos, asesorados por la dirección
Y ella lo corrobora: “Estoy más ocupada aquí que cuando trabajaba”, bromea, cargada de vitalidad. En Adela Barquín hay clases de idiomas, de costura, de chi kung, de cocina, de pintura… y los profesores son los propios vecinos, asesorados por la dirección. Asimismo, organizan todo tipo de celebraciones y mercadillo solitario, abierto al público.

Así se vive en el coliving sénior Adela Barquín, en Sant Feliu de Llobregat / Manu Mitru
No tiene servicio médico, porque los inquilinos no tienen enfermedades crónicas graves y los promotores no querían encarecer el alquiler con este tipo de prestación. En la actualidad, pagan unos 500 euros –suministros aparte– y existe lista de espera, dado que las 90 viviendas están ocupadas.
Los inquilinos fueron seleccionados entre mayores de 65 años, inscritos en el registro de pisos de protección oficial de la Generalitat, con un tope de 36.000 euros de renta
Los inquilinos fueron seleccionados entre personas mayores de 65 años, inscritas en el registro de pisos de protección oficial de la Generalitat, con entre 12.000 y 36.000 euros de renta, empadronados en Sant Feliu y que debían ceder, si tenían vivienda en propiedad, el inmueble a la bolsa municipal.
Montserrat, por ejemplo, vivía de alquiler en Cornellà, pero en un piso de su familia, lo que en su opinión es “más incómodo” porque en el edificio Adela Barquín nadie la “controla”. “Entro y salgo cuando quiero y con la ventaja de que hay muy buen ambiente, es como un hogar, donde todos nos cuidamos y estamos felices”, afirma.
“Estoy tan contenta que, si me tocara la lotería, no me iría del edificio”

Montse Corella, vecina del edificio para mayores Adela Barquín, con varias vecinas. / MANU MITRU / EPC
Montserrat explica que su círculo de amistades ha crecido mucho, lo que le ha ayudado a “tener menos vergüenza” y a relacionarse con todo tipo de personas, de países y orígenes distintos.
De hecho, una encuesta realizada en el edificio corrobora que el 63% de los inquilinos han visto aumentar su red de amistades. Siete de cada diez indican que sienten que pueden contar con la ayuda de vecinos de confianza y ocho de cada diez se sienten más acompañados. “Estoy tan contenta que, si me tocara la lotería, no me iría del edificio”, concluye Montserrat, con una gran sonrisa.
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