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25N

La violencia machista 10 años después: "Aún tengo miedo laboral, al separarme me quedé con un bebé, 50 euros y sin trabajo"

Carmen, de 47 años, perdió un puesto de responsabilidad en una empresa de moda cuando pidió una reducción de jornada tras separarse de un hombre que la controlaba y la chantajeaba

"Rompió toda la casa cuando, tras tener al niño y amenazarme con quitármelo durante el embarazo, le dije me que quería divorciar", explica

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Carmen (nombre ficticio), víctima de violencia machista.

Carmen (nombre ficticio), víctima de violencia machista. / Zowy Voeten

Beatriz Pérez

Beatriz Pérez

Barcelona
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Once años después de su divorcio, Carmen, de 47 años y vecina de Barcelona, aún arrastra las secuelas de la violencia machista que sufrió a manos del padre de su hijo. Carmen es el nombre ficticio bajo el que se esconde la mujer que cuenta una historia que arranca así: "Muchas veces piensas que las víctimas de maltrato tienen pocos recursos. Y no es así. Yo tenía un buen cargo en una empresa de moda. Mi marido era un triunfador, un hombre exitoso profesionalmente. Nunca me pegó. Pero hay muchos grados de maltratadores".

A Carmen le costó entender que lo que había sufrido era violencia machista porque nunca hubo golpes ni palizas. Sin embargo, sí hubo manipulación, control y chantaje psicológico. Por eso tampoco nunca ha sido capaz de denunciar. "Era muy celoso, no me dejaba avanzar ni brillar. Me decía: '¿Para qué quieres eso en el trabajo y escalar, si no lo necesitas? Estás aquí conmigo'. Yo creía que era una prueba de lo que me quería", relata Carmen.

Más ejemplos: ella salía de casa y se iba con las amigas y, de repente, tenía tres llamadas de él en el móvil. Discutían y la echaba de casa. O se enfadada y él desaparecía tres días durante los que no dejaba de enviarle mensajes "de manipulación": "Me decía: 'Me he ido porque mira lo que me has hecho' o 'Te quiero tanto que me voy porque sería capaz de hacerte daño'. Era tóxico".

"Seis años de juzgados"

Carmen decidió que se quería separar la misma noche en que nació su hijo, en la sala de partos, aunque llevaba dándole vueltas desde que se quedó embarazada, pues durante su gestación él la amenazaba con quitarle al hijo en discusiones fuera de tono. Al volver del hospital, ella se lo comunicó y él "rompió toda la casa". Carmen puso una demanda de divorcio (seguía sin denunciar porque entonces ella no le ponía nombre a lo que le ocurría) y ahí empezó la segunda parte del calvario.

"Me quedé sola, con 50 euros en la cuenta y un recién nacido, y me despidieron del trabajo", cuenta esta mujer. Ella había propuesto una reducción de jornada porque no podía asumirlo todo, pero la empresa le respondió que un puesto como el suyo "no podría sostener una reducción de jornada". "Mi abogado y yo teníamos tantos frentes abiertos que nos centramos en el divorcio. El padre de mi hijo pidió la custodia en exclusiva: fue un divorcio de seis años de juzgado", relata.

"De trabajo de mierda en trabajo de mierda"

Las secuelas siguen ahí. "Desde entonces, llevo 11 años de trabajo de mierda en trabajo de mierda. Además he ido a muchas terapias para recuperarme y pensar que no todas las personas son iguales", explica. Al poco de separarse, llegó a la Cruz Roja, donde la ayudaron a "verbalizar" que lo que había sufrido era violencia machista. Además, a lo largo de toda esta década, ha recibido la ayuda del programa 'Incorpora' de la Fundació La Caixa, que la ha ayudado a recuperar la confianza, a buscar trabajo y a mantenerse a flote.

En estos momentos, de la mano de 'Incorpora' y la Cruz Roja, Carmen está cursando un programa de empoderamiento laboral para mujeres, muchas de ellas también supervivientes de violencia de género. "En el programa, además, te hacen ver que lo ocurrido no es culpa tuya. Porque yo he sentido que todo había sido mi culpa. Es muy difícil", se lamenta. Reconoce que 11 años después todavía arrastra el "miedo laboral". "Ya llega un momento en que yo misma me boicoteo en las entrevistas. Y siento que a muchas empresas les molesta que tenga un hijo", dice.

Emocionalmente, Carmen también arrastra mucha "inseguridad". "Tengo esa dualidad: laboralmente estoy tan cansada que acepto cualquier cosa con tal de tener una estabilidad económica. Ahora estoy en una multinacional polaca que nos tratan fatal, la mayoría de la gente está medicada. El 80% de gente es muy joven. Y todo el mundo se calla", asegura.

'Red flags' en los jóvenes

Trabajar rodeada de tanta gente joven permite a Carmen detectar muchas "banderas rojas". "Yo en la juventud veo muchísimo eso de 'te miro el bolso, te miro el móvil'. Las chicas dejan que sus novios le miren el móvil. Yo tengo compañeras de trabajo con las que hablo mucho y veo cosas que me ponen los pelos de punta", dice Carmen. "Otra cosa que escucho muchísimo es eso de 'te estoy haciendo esto porque te quiero'. Y luego el control: '¿dónde estás? ¿por qué no has venido ya, si yo te quería invitar a cenar?'... Hay mucho encantador de serpientes", advierte Carmen. Desea que su relato lo lean mujeres que se encuentran en la situación en que ella estuvo hace años.

"Yo me quedé sin nada de un día para otro. Y me encontré a muchas personas que no me tomaron en serio porque no era una chica destrozada", concluye. Y avisa de que a muchos maltratadores "todo el mundo los adora" porque saben esconder su verdadera personalidad.

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