Colectivo olvidado
Isabel Faya, cuidadora: "Tengo 68 años y aún no me puedo jubilar"
La vocación la ha llevado a cuidar personas mayores en situación vulnerable a lo largo de los últimos quince años pero denuncia la falta de protección laboral, la sobrecarga de tareas y la invisibilidad social del sector

La cuidadora Isabel Faya, en Girona. / Marc Martí Font
Hace quince años que la gerundense Isabel Faya es cuidadora. Después de una trayectoria en sectores profesionales diversos, decidió trabajar en aquello que realmente la llenaba. «Lo decidí por vocación, empatía y compromiso. La verdad es que no todo el mundo entiende la responsabilidad que esto implica», explica Faya.
A lo largo de estos últimos años, Faya ha trabajado de cuidadora tanto en residencias como en domicilios, pero siempre enfocada a la gente mayor que estaba pasando por situaciones vulnerables, especialmente aquellas en la fase final de la vida, con enfermedades como el Alzheimer, Parkinson o en estado terminal.
Se trata de un colectivo para quien ha desarrollado un sentido profundo de acompañamiento y dedicación. «Cuidar no quiere decir aparcar a la gente mayor porque molesta, implica muchas cosas y la verdad es que es un aprendizaje continuo».
A pesar de todo, Faya ha experimentado de primera mano las dificultades de su oficio por la precarización laboral que presenta. Añade que la culpa no es ni de las empresas ni de las cuidadoras, sino que denuncia la pasividad de las instituciones ante «la explotación de las cuidadoras», con muchos contratos en negro y la falta de reconocimiento social.
Advierte que sin un control y una regulación efectiva por parte del gobierno, las explotaciones continuarán. Defender la dignidad de las cuidadoras es, según ella, una responsabilidad de toda la sociedad: «Falta mucha empatía y respeto, y sobre todo, dignificar al máximo el trabajo de las cuidadoras».
Actualmente, Isabel Faya está de baja a causa de una inflamación articular, hecho que la preocupa porque no puede trabajar. «Tengo 68 años y no me puedo jubilar, me faltan unos años de cotización porque durante un tiempo tuve que trabajar en negro en este sector para sobrevivir». Su situación pone de relieve un problema estructural de un colectivo mayoritariamente feminizado que se encuentra en situación vulnerable a las puertas de la jubilación.
Sobrecarga de tareas
Además de las condiciones laborales, Faya denuncia la sobrecarga que supone hacer tareas que van más allá de su profesión, como por ejemplo hacerse cargo de la limpieza, la cocina, la compra y otras responsabilidades domésticas, sin ser reconocidas ni pagarlas adecuadamente. «A veces tienes que cuidar a los dos integrantes de un matrimonio con dependencia por el mismo salario», denuncia.
Para ella, uno de los retos es también la falta de espacios donde las cuidadoras puedan compartir experiencias y apoyo. «Trabajas muchas horas y mi pregunta es, ¿quién escucha a la cuidadora?» lamenta. Por otra parte, también reclama más formación específica y que sea un requisito imprescindible para el reconocimiento profesional.
La vocación de Faya se mantiene a pesar de las dificultades. «El acto de amor más importante que un ser humano puede hacer es acompañar a otro en su último viaje», afirma. Esta conciencia del valor de su trabajo le permite resistir y continuar ayudando a aquellos que necesitan apoyo.
Su motivación no es solo profesional, sino también humana: dar a las personas que cuida el respeto y el cuidado que ella esperaría recibir. «Todos acabaremos llegando al final de la vida y de alguna manera u otra necesitaremos ayuda», afirma, contundente.
Finalmente, cree que hace falta una revolución en el sector de los cuidados e insiste en que es hora de actuar: «Ya hace mucho tiempo que se sabe cuál es la situación de las cuidadoras, pero también es cierto que cada vez serán más necesarias por el envejecimiento de la población». Es por eso que hace este llamamiento al gobierno y a la sociedad para que tomen conciencia.
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