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PRESIDÍA LA TAULA DEL TERCER SECTOR

Muere Enric Morist, la sonrisa en medio del desastre

El presidente de la Taula del Tercer Sector ha fallecido este viernes a los 59 años de un infarto, tras una vida dedicada a la labor social

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Enric Morist.

Enric Morist.

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Elisenda Colell

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Jamás se le vio enfadado. Jamás. Y podía haberlo estado en infinidad de ocasiones. Por ejemplo, durante la crisis migratoria de 2018 y 2019, cuando el sistema de atención social, para menores y menos aún para adultos, no daba abasto. Ni durante la pandemia del coronavirus, cuando las entidades sociales se quedaron solas afrontando las colas del hambre y los hospitales de campaña. A Enric Morist, el actual presidente del tercer sector que falleció la tarde de este viernes a los 59 años por un ataque fulminante de corazón, nunca le faltó la sonrisa. Aunque el mundo se estuviera desvaneciendo, aunque remara a la contra y le fallaran las fuerzas. Lo saben bien aquellos a los que ayudó. Su sonrisa disipaba miedos. Enric daba esperanza para continuar.

Morist tenía un don para ayudar. Lo descubrió de joven, empezando como voluntario en la Cruz Roja en Igualada, su ciudad. Por ello decidió estudiar educación social. Su vida está estrechamente unida a esta organización internacional humanitaria, y se cuentan por millares las vidas que habrá sostenido. Un ejemplo fue su papel durante la guerra de los Balcanes. Morist, desde la sede del Anoia, atendió personalmente a decenas de familias que abandonaron Sarajevo.

Hace años presentó a dos de ellas, Jadranka Poštić y su hija Tijana. La sonrisa de Morist fue lo primero que vio esta familia tras escapar de la guerra, llenos de dudas, de miedos y de confusión. Morist les recibió con una sonrisa y un abrazo. Pero no se quedó ahí. Logró para estas familias su primer hogar en Igualada, les visitaba a menudo, les ayudaba con el catalán, con la formación, con la atención psicológica... y todo lo que hiciera falta. Para los Poštić, Morist era un amigo íntimo, uno más de la familia. "No sé lo que hubiera sido de nosotros sin él", confesaba la madre, viuda, años después a este diario. Hoy lloran su pérdida, incapaces de explicarse lo ocurrido.

Enric Morist, junto a un grupo de refugiados de Sarajevo, en los años 90.

Enric Morist, junto a un grupo de refugiados de Sarajevo, en los años 90. / EL PERIÓDICO

Es por ello que cuando Tijana Poštić, esa niña que Morist acogió con 10 años en Igualada, recibía el Premio Internacional Catalunya, él no podía estar más orgulloso. Era como una ahijada. "Si les damos oportunidades, las personas responden", insistía Morist. "La gente no dejará de venir, tú también querías escapar de la guerra, de la muerte, del hambre, de la desesperación. Todo el mundo quiere una vida mejor, esto no lo vamos a frenar", respondía una y otra vez. Esta era su visión sobre la migración. Y para él era inconcebible quien creyera que con muros, barreras y fronteras, el fenómeno migratorio descendería. "La gente actúa desesperadamente, no tenemos otra que ayudarles", clamaba. Poniéndose siempre, primero, en el lugar del que sufre.

A Poštić, la Generalitat le dio el premio por su labor durante el coronavirus. Fue la jefa de enfermería que se puso primero ante el desastre que luego asoló toda Catalunya. En ese momento, Morist tampoco se quedó de brazos cruzados. Entonces ya hacía más de 20 años que era coordinador de la Cruz Roja en Catalunya, pero no se le cayeron los anillos para pensar y gestionar los primeros dispositivos de emergencia en Igualada. Después, confinado en el Anoia, insistió y logró dar respuesta a la emergencia en toda Catalunya: impulsó los hospitales de campaña en varios pueblos y ciudades, especialmente pensados para los enfermos que vivían en la calle o en lugares insalubres. También fue esperanza para todos aquellos que no tenían nada para llenarse la despensa gestionando repartos de comida. Siempre dispuesto a echar una mano.

Jamás se le vio enfadado, pero sus mensajes eran claros y concisos. Abría los ojos como platos y soltaba titulares. "Hay que decir las cosas por su nombre". Aunque a veces le costara algún enfado, siempre fue libre a la hora de expresarse, una voz que en sector social, cautivo de subvenciones, cuesta de encontrar. En plena crisis del covid, por ejemplo, fue el primero en señalar que el sistema de acción social hacía aguas. Tampoco le costó remarcar que en el área metropolitana el problema era la vivienda, la desigualdad y el padrón. No le gustaba estar en las fotos, en los parlamentos. Pero si estaba, se notaba.

Morist sabía de sobras que las emergencias no esperan respuesta. Surfeaba las crisis arremangándose. Aquel verano de 2018, cuando la Cruz Roja en Barcelona atendía a diario a decenas de migrantes recién llegados a Catalunya, no salió en una sola foto. Nunca se sintió dueño de nada, daba todos los méritos a los voluntarios y colaboradores de las entidades donde colaboraba. Y seguía.

Poco después de la pandemia, en 2021 dejó la entidad humanitaria y empezó a dirigir la Fundació Ajuda i Esperança. Quedó abrumado de la labor social que se podía hacer desde el teléfono, y el potencial que permitía a la hora de ayudar y atender. "Las líneas telefónicas contra el suicidio salvan vidas a diario, y ni nos enteramos", insistía. Invisible entre los invisibles, le gustaba recordar que siempre había una entidad social ayudando a alguien desde el silencio absoluto. Hace tan solo seis meses, fue elegido como presidente de la taula del tercer sector. Un trabajo no remunerado, que combinaba con la dirección de la fundación. Quería lograr que el sistema de protección social estuviera el nivel del sistema educativo y sanitario.

Siempre llevó la camiseta de la Cruz Roja, y le dolían mucho los ataques a la entidad, especialmente durante la Dana. Pero a los insultos, a las faltas de respeto y a los ataques, respondía con su sonrisa. "No dejaremos de estar, aunque no les guste". Agradecía lo que no hacía falta agradecer. Aquella sonrisa, aquella mirada que daba paz, que era faro en medio de las tinieblas. Incluso para los periodistas. Era de los pocos que no nos temía. Al revés, nos daba ánimos para seguir. Aquel reportaje que no había forma de cerrar. Aquellos datos que no sabías donde conseguir. Si podía, te daba las explicaciones o los contactos que hicieran falta. "Necesitamos que hables de esto, es importante que lo contéis, que lo expliquéis". Y tú seguías. A las tinieblas. Porque sabías que él estaba ahí. Sonriendo. Gràcies per tot, Enric.

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