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Voces gitanas: "Reclamamos nuestro sitio en la sociedad"
Un policía, una abogada, un dramaturgo, un político, un miembro del colectivo LGTBI y la directora de Secretariado Gitano piden acabar con los estereotipos que aún persiguen a la población romaní
Gitanos: lejos del cliché (y de la normalización)

combo / EL PERIÓDICO

De la judicatura a la medicina, de la academia a las artes plásticas y del deporte a la política, hoy es posible encontrar a personas gitanas brillando en todos los sectores profesionales y, de paso, echando por tierra el cliché que tradicionalmente ha perseguido a los romanís, asociado al folklore, la venta ambulante y la economía sumergida.
En el 'Año del Pueblo Gitano' -decretado por el Gobierno en 2025 al cumplirse 600 años de la llegada de la población caló a nuestro país-, seis gitanas y gitanos con perfiles y destinos laborales muy diversos, pero que hasta hace poco eran impensables para este grupo étnico, cuentan cómo vencieron las resistencias que encontraron en el camino.

Nazaret Jiménez Ballestereos / Xavier Amado
Nazaret Jiménez Ballesteros no ha olvidado aún la “panzá de llorar” que se pegó el día que pisó por primera vez el aula de la facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid. Miró a su alrededor y, sin poder remediarlo, sintió que entraba a un mundo extraño, un ámbito que le era ajeno. No en vano, era la primera persona de su familia que accedía a la universidad. Criada en una “familia gitana humilde de Vallecas”, en casa nadie llegó a sacarse el graduado escolar. Las vidas de su padre, pastelero, y de su madre, limpiadora, estuvieron entregadas a trabajar y criar. Y este habría sido, probablemente, su destino de no ser por algo que descubrió en el colegio de Entrevías donde aprendió a leer. “Vi que me gustaba la palabra, y escribir, y los estudios se me daban bien”, recuerda.
En casa decidieron apoyar a aquella chica aplicada y espabilada que escribía y se expresaba tan bien y, cuando finalizó el instituto, en el que vio cómo fueron abandonando los libros los vecinos gitanos del barrio con los que había compartido vida escolar, le dijeron "adelante" cuando anunció que quería ir a la universidad. Lo tenía claro: quería ser abogada. “En mi vida hay dos hechos que me marcan: ser mujer y gitana. Esto me ha llevado a ver muchas injusticias. Me gustaría utilizar el Derecho para luchar contra el antigitanismo”, explica.
En el equipo jurídico de la Fundación Secretariado Gitano, donde ahora mismo trabaja, Nazaret defiende casos de discriminación racial que son mucho más graves que las muestras de desprecio que ella misma ha padecido a lo largo de su vida. “La madre de una amiga del cole, un día me dijo en plena calle: al principio no quería que te juntaras con mi hija, hasta que vi que eras normal”, cuenta.
Pero su objetivo es otro: “Quiero ser la primera jueza gitana de España”, afirma a sus 25 años. Sabe que en casa no pueden pagarle los años de preparación de las oposiciones. Por eso, reclama: “Si queremos estar en todos los ámbitos de la sociedad, necesitamos ayuda”.

Pedro Salazar / Xavier Amado
Apabulla la alegría con que Pedro Salazar relata el momento en que anunció en su casa que era homosexual. “Un día, con 14 años, no pude más y estallé a llorar. Me refugié en el baño y vino mi madre detrás: ¿qué te pasa? Y yo: pues nada, mama, que he salido del armario. Y mi madre, en broma y para quitarle hierro al asunto, va y me suelta entre carcajadas: pues vuélvete a meter. Pero en seguida me dijo: ¿a mí me vas a contar que eres gay, si te he parido y te he visto desde chico jugando con los vestidos de tus hermanas? Ven y dame un abrazo, que no pasa nada”.
Salazar detalla el lance como muestra de la naturalidad con que su entorno ha aceptado su homosexualidad. No solo sus padres y sus cuatro hermanos, también los primos, tíos y abuelos gitanos que le han rodeado desde siempre, y los vecinos de Ribera del Fresno, el pueblo de Badajoz donde nació hace 29 años. Es consciente del apego a la tradición que caracteriza a la mentalidad gitana, pero cree que es más fuerte el sentimiento de protección a los miembros del clan que se respira en su cultura. “Para nosotros, la familia está por encima de todo, seas de una manera o de otra. Tengo muchos amigos gitanos gays que viven su condición sexual con normalidad. También conozco otros que lo ocultan, pero igual que ocurre en el resto de la sociedad. Esto no va de ser payo o gitano, va de aceptar que cada uno sea como es, y los gitanos tenemos la mente más abierta de lo que mucha gente cree”.
Prueba de ello son las felicitaciones que recibió desde el día que comunicó que iba a representar a Badajoz en el último Míster Gay España. “A mi madre la paraban por la calle para darle la enhorabuena”, cuenta. Al final no ganó el certamen, se quedó finalista, pero el objetivo estaba cumplido. “Me apunté para dar visibilidad a los gitanos homosexuales, que somos tantos como en el resto de grupos sociales”, señala.
Estudió cocina, su gran pasión, trabajó cuidando a personas mayores como técnico sociosanitario y ahora es dependiente de una tienda en Madrid. Pertenece a dos colectivos “tradicionalmente marginados”, pero tiene claro cuál le ha causado más disgustos en el día a día y en los entornos laborales. “He sentido más marginación por ser gitano que por ser gay”, afirma.

José Jiménez Borjas, policía local gitano de A Coruña / Iago López
La relación esquiva de la población caló con las fuerzas y cuerpos de seguridad forma parte del imaginario colectivo desde mucho antes de que Federico García Lorca escribiera su 'Romancero Gitano'. El estereotipo suena poético en los versos del genial escritor granadino, pero pesa como una losa entre los romanís, hartos de sentirse sospechosos en presencia de un agente con placa.
Y además es falso. Una prueba es la historia de José Jiménez Borjas, gitano de A Coruña de 29 años, a quien no solo no le tienta regatear con a la ley, sino que se dedica a imponer su cumplimiento con su uniforme de policía local de su ciudad. Y no le tiembla el pulso cuando tiene que multar a los suyos. “Siempre fue por cuestiones menores, como conducir sin permiso o llevar el carnet caducado, y entendieron sin problemas que les sancionara, aunque la multa se la pusiera un gitano como ellos”, comenta. De todos modos, advierte: “Yo no soy muy amigo de sancionar. Prefiero explicar y mediar. A veces los conflictos se arreglan antes hablando”.
A esa forma suya de entender la labor policial contribuye, cree él, su origen caló. “He visto cosas complicadas, como cuando iba de pequeño a visitar a familiares que vivían en barrios azotados por la droga y el delito. Todo eso me ayuda a gestionar las situaciones tensas que a veces se dan en la calle. Conmigo, las trifulcas se calman”, dice.
Hijo de un albañil y una vendedora ambulante, y mediano de cinco hermanos, tiene claro que es policía por influencia materna. “Mi madre era muy recta y firme, siempre iba con la verdad y la legalidad por delante. La respetaba todo el mundo. Yo heredé su forma de ser. Me gusta ayudar a los demás”, afirma.
Las mismas miradas de extrañeza que encontró cuando contó que quería ser agente de la ley –“muchos dudaban que pudiera conseguirlo”, reconoce- se volvieron de alegría cuando le vieron con el uniforme. “Noto a mi alrededor señales de complicidad, como si todo el mundo pensara: un policía gitano, ¿por qué no?, ya era hora”, señala.

Samuel Escudero / Xavier Amado
“Siempre fui un chaval inquieto”, cuenta con modestia Samuel Escudero junto a su despacho de la Asamblea de Madrid donde ocupa un escaño por Más Madrid desde hace un año. Por inquieto, él entiende haberse pasado toda la adolescencia y la juventud de manifestación en manifestación estudiantil, incluyendo las continuas asambleas escolares, las frecuentes reuniones con grupos antifascistas de su zona y los encuentros habituales con los vecinos de Vallecas, el barrio donde se ha criado. “Bueno, en realidad nací en las chabolas que había junto a La Celsa, de ahí nos pasaron a la colonia de San Diego, que era puro chabolismo vertical, y de ahí al piso donde crecí”, aclara.
Con madera de activista que no disimula ni lo pretende –“a mí lo que me gusta es hablar con el vecino y arreglarle el problema si está en mi mano”, advierte-, había que verle a los 16 años dando un discurso en el Parlamento Europeo sobre la situación de los jóvenes gitanos españoles. Y sin que se le quebrara la voz.
No es extraño que en Más Madrid quisieran ficharle cuando supieron de él y que rápidamente haya ascendido de vocal de junta de distrito a diputado autonómico. Si el activismo le gustaba, ahora ha descubierto algo que le apasiona: “Me encanta la política, yo escucho a un cargo del PP hablando y enseguida estoy buscando documentos para rebatirle”, confiesa.
Pero en esta vocación hay un factor racial que tiene muy presente. “Entiendo la política desde los valores gitanos de compartir y ayudar al otro. Crecí oyendo a mi abuelo decir que un gitano no puede comer si el vecino pasa hambre. Así entiendo yo este trabajo”, afirma este "admirador del tío Juan de Dios", en referencia a Ramírez Heredia, el primer gitano que llegó a dipotado en España. Dice tener claras sus aspiraciones personales, pero no se pone límites profesionales. “Mi sueño es tener una casita baja en Entrevías. Pero en política quiero comerme el mundo”, avisa.

Sara Giménez / Xavier Amado
A lo largo de su vida, Sara Giménez ha tenido que musitar muchas veces una expresión coloquial que remotamente recuerda a aquel “¿Cómo me las maravillaría yo?” que hizo célebre la genial Lola Flores. “¿Quién me lo iba a decir a mí?”, se ha dicho a sí misma al verse en tantas situaciones que nadie habría sido capaz de pronosticarle cuando nació en Huesca hace 48 años. A ella, que se define como “una gitanilla de la venta ambulante”, quién le iba a decir que completaría los estudios del instituto con un expediente impecable; y que luego terminaría la carrera de Derecho; y que después ejercería de abogada en un despacho mientras, a la vez, se dedicaba a promocionar el empleo entre personas de su comunidad en la Fundación Secretariado Gitano, la principal entidad para la defensa de los derechos de este colectivo, que actualmente dirige.
A ella, que creció en una casa en la que apenas había libros, quién le iba a decir que acabaría defendiendo un caso de antigitanismo en el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos; y que llegaría a representar a España en el Consejo de Europa y en la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia; y que sería diputada en el Congreso durante dos legislaturas en la bancada de Ciudadanos después de que Albert Rivera la descubriera en una charla y le propusiera incorporarse a su equipo.
Y la respuesta que encuentra a esa pregunta es “la educación”. “Fue lo que a mí me sirvió en la vida, y la vía para que progrese la comunidad gitana”, asegura. Por eso, le duelen los “escandalosos” índices de abandono escolar que hoy continúa presentando el alumnado gitano y la segregación que sigue habiendo en las aulas. “Yo he llegado hasta aquí porque fui a un colegio en el que payos y gitanos compartíamos clase, y donde pude hacerme amiga de chicas no gitanas que tenían claro que iban a estudiar. Ellas fueron el espejo en el que me miré y las que me hicieron pensar: ¿por qué yo no voy a poder lograrlo?”, reconoce.

Francisco Suárez / MANU MITRU
En la escuela de Santa Marta de los Barros, el pueblo extremeño donde nació hace 77 años, un maestro le dijo un día a Francisco Suárez: “Paquillo, tú eres muy teatrero”. No sabía bien lo que decía aquel enseñante. Ni siquiera lo supo entonces el propio Francisco. Lo averiguó más tarde, cuando descubrió el teatro griego en el Seminario de Badajoz donde estudió, y lo confirmó después en Barcelona, donde se trasladó a vivir tras sacarse unas oposiciones y, nada más llegar, lo primero que hizo fue apuntarse a una academia de teatro.
Pero la verdadera revelación de su vida no tuvo que ver con la dramaturgia, sino con el espejo: “De pronto, me di cuenta de que los gitanos llevamos centenares de años dando vueltas por el mundo, 600 de ellos en España, y nadie ha contado nuestra historia”, cuenta.
Para tratar de paliar esta carencia, siquiera en parte, el dramaturgo ha dedicado buena parte de su obra, compuesta por medio centenar de títulos, a relatar las vivencias del pueblo caló sirviéndose de adaptaciones de clásicos como 'La Orestiada' de Esquilo, la 'Ítaca' de Homero o el propio 'Romancero Gitano' de Lorca. Y lo que queda por contar. “Los gitanos nos quejamos de que la sociedad no nos reconoce, pero hay algo más grave: es que esa sociedad no nos conoce, ni sabe de nuestro pasado”, dice a cuento de las persecuciones que su pueblo sufrió en los últimos seis siglos en España, plagados de “pragmáticas antigitanas, persecuciones e intentos de exterminio”.
“Pero nada de esto se cuenta en las escuelas. Por no contar, ni siquiera se nos menciona en el reconocimiento que la UNESCO hizo al flamenco”, se queja. En su opinión, en este ninguneo no solo pierden los gitanos. “Pierde la cultura española, que no valora nuestra aportación ni escucha nuestro mensaje. Los gitanos no necesitamos leer a los estoicos para saber que la vida es un parpadeo y que hay que disfrutarla con alegría mientras podamos”. Últimamente oye mucho hablar de integración, pero advierte: “Integrar implica renunciar a tu manera de ser. El gitano no necesita integrarse a la sociedad, lo que necesita es incorporarse a ella”.
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