RELIGIÓN
La Iglesia sale del armario a golpe de misas 'queer': "Tenemos una proporción descomunal de gente gay en el clero, pero hacen todo lo posible por ocultarlo"
Crismhom, una comunidad cristiana LGTBIQ+ ubicada en Chueca, ofrece eucaristías llevadas a cabo por sacerdotes homosexuales: "No tiene sentido que estemos en la parroquia del Valle de los Caídos"

Miembros de CRISMHOM (Cristianas y Cristianos de Madrid Homosexuales) durante una de las oraciones ecuménicas. / DAVID RAW
La fe no entiende de edad, género, oficio o clase social. Tampoco de colores, sexualidad o identidades, aunque eso es más complicado para el clero. Al menos para la parte más conservadora. Existen lugares en los que la realidad personal de cada uno deja de ser un problema y, al unísono, alimentan su espiritualidad con el fin de conseguir un mundo mejor. “Nuestro cometido es ser un refugio, un espacio de sanación para personas que han vivido odio y persecución dentro de la iglesia o del colectivo”, explica Raúl Peña, portavoz de Crismhom, una comunidad cristiana LGTBIQ+ con sede en Madrid. Esta asociación civil, que nació hace 18 años y está emplazada en el barrio de Chueca, ofrece una oración ecuménica todos los jueves del año a las 20:30 horas: “Cada vez la conduce alguien diferente. Nos juntamos católicos, evangélicos, luteranos, presbiterianos y ortodoxos”. Además, un sábado al mes celebran la eucaristía católica en la madrileña ermita de San Ignacio de Loyola, abierta al público y conducida por sacerdotes queer.
En ellas se ofrece una misa para gays, lesbianas, bisexuales y transexuales sin cerrar sus puertas al público heterosexual. “Si quieres que el mundo te integre, debes integrar. Hay muchos heterosexuales que están a favor de nuestra misión, pese a no ser su causa”, añade. Acompañados por un amplio grupo de sacerdotes, monjas y pastores provenientes de otras órdenes religiosas, los feligreses oran con completa normalidad. “Son muy generosos, nos repartimos la liturgia entre los curas de Crismhom y reunimos a gente que no tiene represalias por participar”, relata James Alison, teólogo y uno de los clérigos pertenecientes a la organización. Adicionalmente y dada la naturaleza de esta agrupación, un fin de semana al mes se efectúa el culto de clerecías reformadas en la Iglesia Protestante de El Salvador, en el barrio de Noviciado: “Cada uno tenemos una tradición, pero entendemos que se puede vivir la fe junto a otros cristianos. Nos nutrimos del resto”. La entidad, que no depende de ninguna congregación, cuenta con un objetivo: desaparecer.
Según la Biblia, perdonar significa mostrar clemencia y misericordia a quien nos ha ofendido o causado algún mal. Eso es, precisamente, lo que reclaman desde el barrio. “Queremos una petición de perdón, aunque mientras tanto no vamos a quemar el Vaticano con antorchas. Nuestra intención es corregir lo que está mal”, suma el portavoz. La finalidad de la agrupación va más allá de la oración y la ayuda a pie de calle se traduce en asistencia a personas transexuales en situación de extrema vulnerabilidad; en un área donde padres heterosexuales se reúnen para aprender a gestionar la ‘salida del armario’ de sus hijos o en un teléfono abierto 24 horas o un área de formación: “Hemos de estar con el colectivo. No tiene sentido que estemos en la parroquia del Valle de los Caídos. Hay que estar en Chueca”. Desde que 18 años atrás decidieron participar por primera vez en la marcha del Orgullo LGTBIQ+ en Madrid y recibieron críticas e insultos de otros manifestantes, la realidad es otra y la ‘cristianofobia’ no está tan presente como antes.
Un caso atípico
De una fobia a otra. La homofobia marcó la vida de James durante sus inicios en el cristianismo. Fue expulsado del sacerdocio por vivir su orientación sexual públicamente. “Llevo más de 30 años en esto, imagina como fueron los comienzos. Conseguí apelarlo al Santo Padre y me concedió un extraño estatus, existente e inexistente al mismo tiempo”, confiesa. En otras palabras, puede ejercer el oficio, pero no depende de ningún obispo. Ha pasado de la marginalidad a la aceptación y, ahora, son los propios cardenales y obispos quienes le reciben “con los brazos abiertos”. Su labor en Crismhom es fundamental: “Están contentos de que alguien haga algo así. En teoría, todo sacerdote debe contar con un superior ordinario”, añade. Su caso es atípico. Tras la expulsión y la concesión del ‘poder de llaves’ por parte del Papa a través de una llamada telefónica, tiene permitido predicar y confesar de forma independiente. “Si otros compañeros lo hicieran, la fachosfera les atacaría, pero mi historia es especial”. Hace más de una década que se unió a la asociación y, desde entonces, se ha convertido en uno de sus pilares fundamentales.
En concordancia con Peña, Alison, londinense de nacimiento, reconoce haber formado parte de una gran mentira durante su etapa ‘en el armario’. “Ha sido la norma en los últimos 70 años. Tenemos una proporción descomunal de gente gay en el clero, pero la iglesia hace todo lo posible por ocultarlo”, analiza. Dispuesto a cambiar la mentalidad de aquellos que no comparten su filosofía, el religioso vivió una adolescencia marcada por el miedo: “Es común entre nosotros. No sabemos quiénes somos y hay tentativas de suicidio debido a la presión o el qué dirán”. La clave, en su caso, llegó cuando comenzó a relativizar las críticas externas, que empleaban el credo a modo de chantaje emocional. “Hemos terminado siendo vanguardistas de la fe porque sobrevivimos a grandes persecuciones”. Las mentiras lo destruyen todo, según él. Y, la sección del clero más retrógrada que “tiende a constituirse en moralistas rígidos y perseguidores”, no deja de revolverse cuando aparecen nuevas medidas contra las terapias de conversión o se avanza en materias de diversidad.
Perspectiva de género
Cristina Alcalá, pastora evangélica y madrileña de nacimiento, llegó a Crismhom tras la pandemia en busca de ayuda. La necesidad de pertenecer y rodearse de gente en su misma situación le hizo quedarse. Desde entonces, trabaja con individuos queer que quieran preservar su ideología y no sepan como. “Cualquier religión debe admitir que la diversidad afectiva y sexual está presente en ella. Por ahora, no parece que vaya a haber un replanteamiento”, lamenta. Su misión en la comunidad traspasa la religión y pone el foco en la perspectiva de género, normalmente relegada a un segundo plano. “Es necesario un estudio antropológico que revise los principios bíblicos, supeditados a una perspectiva androcéntrica”. Para una mujer, resulta complicado obtener el estatus eclesiástico de manera oficial. “Me considero pastora por convicción o por imposición de manos, pero nunca he recibido el título. No conozco a ninguna mujer lesbiana que lo sea de forma autorizada”, suma. La tenacidad de la teóloga nace de la esperanza en el mensaje de Jesús, “transgresor y revelador” a su juicio.
En su caso, no ser necesarios supondría el éxito de esta entidad que se configura como puente entre dos mundos que nunca se han mirado. Y, si lo han hecho, ha sido para tirarse piedras. “En África, comuniones cristianas siguen pidiendo la pena de muerte para homosexuales. Son superestructuras que tienden al autoritarismo para manejar a un grupo grande. Es más fácil dirigir con una tiranía que con una democracia”, agrega Peña. Desde un pequeño local en Chueca defienden el derecho de las personas LGTBIQ+ a ser creyentes y expresarlo a través de actos de fe. “Recibimos muchos juicios porque el colectivo ha avanzado más deprisa que la iglesia”. Rendirse no es una opción y, pese a que en el Papa Francisco han encontrado un aliado, queda un largo camino por recorrer: “Hay que hacer una revisión teológica y normativa, pero no se atreven. El cambio vendrá de abajo, cuando nuestra realidad esté tan normalizada que una madre se niegue a ir a misa sin su hijo o hija transexual. Si no, ¿quién?”. Por el momento, Raúl, James y Cristina se mantienen unidos junto a los que, como ellos, han encontrado en la fe un lugar donde ser uno mismo.
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