DEPORTE PARA MAYORES
Lanzar el balón para rejuvenecer el alma de los abuelos, la filosofía detrás del ‘walking football’: "Ya no me siento al margen de la sociedad"
El fútbol caminado, originario del Reino Unido, llegó a España en 2019 y mayores como Ana, Silvio y Nacho han encontrado en él una vía de escape a la soledad y al envejecimiento

Los jugadores de 'walking football' del Rayo Majadahonda durante uno de sus entrenamientos. / DAVID RAW
Como el fútbol que vemos por televisión, pero sin correr. No está permitido el contacto físico ni sustraer el balón de un compañero desde atrás. Tampoco desde los laterales, únicamente de frente. Darle de cabeza no sirve de nada en este juego y el balón no puede sobrepasar cierta altura. “Aquí también le llamamos wabol. Como lo trajeron de Inglaterra nos hemos acostumbrado”, explica Nacho, jugador del club Rayo Majadahonda. A sus 65 años, las clases de gimnasia y los paseos dejaron de tener sentido cuando descubrió esta modalidad: “Ya que tenemos que hacer los famosos 10.000 pasos al día que se dicen, qué mejor que hacerlo detrás de una pelota”. Periodista de profesión y futbolista por vocación, el madrileño ha encontrado una forma de seguir practicando su hobby a una edad avanzada. “Seguimos siendo atletas, aunque no estamos para tantos trotes. La mayoría hacíamos deporte, pero siempre te queda la espinita de calzarte las botas”, añade. A diferencia de la modalidad veterana, que limita la longevidad de sus componentes, esta práctica permite jugar a cualquier persona, sin importar su género, condición física o aptitudes.
Ana María, que ha pasado por un cáncer y una compleja operación de columna vertebral en los últimos tiempos, ha descubierto a sus 75 años que el balompié caminado es su pasión. “He ido en silla de ruedas y con un corpiño metálico desde la cadera a las axilas para aguantarme de pie. Que pueda caminar hoy en día me pone muy feliz”, confiesa. Nunca es tarde. Y, si no, que se lo digan a su marido, de 88, que cuando la vio jugar también quiso apuntarse: “Está pendiente de una operación de cataratas, así que tendrá que esperar”. Juega en Vila de Piera, un municipio barcelonés que forma parte de la organización WABOL Fútbol Caminado. Aunque existen equipos femeninos, el suyo es mixto y por ahora solo cuentan con dos jugadoras. Fue en octubre, durante La Setmana de la Gent Gran de su pueblo, cuando se puso la camiseta por primera vez. “Iba solamente a mirar, pero me encantó nada más probar. Me ha permitido conocer a gente nueva, encontrar un interés en común y darme un poco de autonomía”, señala. En lo personal, Ana ha vuelto a sentirse parte de algo, a ser la alumna, la hija, la protagonista.
Una inyección de vitalidad
A ojos de Silvio, su entrenador, es una mujer excepcional. Uno de los perfiles más queridos en el conjunto. Igualmente, él tiene 75 y también ejerce las funciones de árbitro. No al mismo tiempo, pues sería imposible. Húngaro de nacimiento, pasó gran parte de su vida en Australia como refugiado de la Segunda Guerra Mundial. “Allí mi padre, que fue jugador del Barça, ejerció de preparador de la selección nacional”, explica. Él también perteneció a la plantilla azulgrana cuando era un adolescente, justo antes de su partida al país costero. Si bien el wabol está inspirado en el walking football británico, no comparte algunas de sus normas: “Al final eso era un fútbol sala un poco más lento, pero supercompetitivo. Lo que hicimos fue crear reglas propias para incluir a quienes no son profesionales, como Ana”. Pese a que la ley general en el extranjero permite jugadas de hasta tres, la mayoría de equipos españoles lo hacen con dos con el fin de evitar diferenciar a los deportistas de los que no lo han practicado antes. “No queremos estar asociados al fútbol por el ambiente tan tenso que tiene. Al final, Ana está jugando en las mismas condiciones que un antiguo profesional”, defiende.
En la agrupación catalana, el participante más mayor alcanza los 82 años, mientras que en el Rayo Majadahonda, el veterano es el portero y cumplirá 79 dentro de unos meses. No obstante, Nacho asegura ser una de las cuadrillas más maduras de la ciudad. “Sabemos que en el club de Tres Cantos, bastante más joven que nosotros, cuentan con un defensa de 80”, suma. Una alineación formada por 30 hombres y ninguna mujer que, en un futuro, espera equilibrar balanza de género: “Nos encantaría que se inscribiesen. Hemos vivido campeonatos mixtos contra ellas y lo hacen como los ángeles”. El denominador común de todos ellos hace que, cada martes y jueves, carguen la mochila con una sonrisa en la cara y regresen a casa con una inyección de vitalidad. “En un mundo donde la soledad deambula entre los abuelos, iniciativas de este estilo son muy importantes”, relata con emoción. Esta modalidad, que se originó en 2011, llegó a nuestro país en 2019. Desde entonces, decenas de equipos han reunido a las personas mayores de zonas como País Vasco o la Comunidad Valenciana.
Competiciones internacionales
Si bien las medidas del campo son más pequeñas y la duración de los partidos no supera los 60 minutos, la emoción vivida en cada encuentro de walking football no es comparable al convencional. “Yo ya empezaba a sentirme vieja. Esto me ha devuelto la ilusión y ya no me siento fuera de la sociedad”, comparte Ana con voz temblorosa. Desde que ha aprendido a parar la pelota, enviarla a un compañero con la postura correcta se ha convertido en su próximo objetivo: “Es un deporte con cabeza. Hay que conseguir que el balón no se vaya donde quiera”. El húngaro australiano, que prefiere no contar con un portero para evitar caídas o lesiones indeseadas, usa porterías de menor tamaño en las que la ventaja física no sirve de nada. “Un jugador camina seis kilómetros en 50 minutos y cambiando de ritmo. Requiere de concentración”, expresa. Él mismo ha dejado el fútbol convencional por una lesión en la rodilla que no le impide practicar esta variante. En WABOL conviven con enfermedades como la depresión o el Párkinson, además de discapacidades de todo tipo: “Colaboramos con la Fundación Gandhi y es obligatorio tener, como mínimo, a uno de ellos caminando hasta el final. De eso va nuestro juego”.
En el caso de Ana, compartir campo con ellos ha supuesto una tardía lección de vida. “Vienen felices y se sienten integrados con nosotros. Este ejercicio está consiguiendo que recuperemos la autoestima”, razona bajo la atenta mirada de su entrenador, quien vela por el bienestar de la agrupación. Juntos han viajado a Marruecos, Italia o Inglaterra, donde adoptan las dinámicas extranjeras y conocen nuevas culturas. Además, la Federación Catalana de Fútbol les ha premiado con el Guardons 2024 por su contribución al deporte catalán, el mayor reconocimiento que puede recibir una entidad del sector. En Madrid, donde también han debutado en competiciones internacionales, la amistad domina la cancha y sus componentes han creado una pequeña familia. Tanto, que viajan juntos, comparten gasolina y han abierto una cuenta bancaria para solventar los gastos comunes. “Hemos encontrado la manera de seguir jugando dentro de nuestras limitaciones y nos creemos tan profesionales como los de primera”, insiste el periodista. Las historias de Nacho, Ana y Silvio definen la verdadera resiliencia. Para ellos, la edad ha dejado de ser una limitación y se ha convertido solo en una cifra que aparece en su DNI.
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