Viaje al 'Corredor del fuet' (6)
Guissona, el lugar donde la convivencia es posible: "Los inmigrantes nos han salvado"
Bajo el paraguas de BonÀrea, uno de los pueblos con más inmigración, menos paro y que se ha salvado de la despoblación aplica proyectos para dar voz a los extranjeros y evitar la segregación
MULTIMEDIA: El 'corredor del fuet': Viaje a la Catalunya que necesita pero a la vez rechaza la inmigración
La joven de Guissona que se enfrenta al estigma: "Aquí, si eres negra, tu futuro es el matadero"

Zowy Voeten y Patricio Ortiz

En 1964, Guissona tenía 2.500 habitantes. La cooperativa agrícola eran un grupo de payeses que cultivaban pienso para el ganado. Los jóvenes se escapaban a Cervera, Lleida o Barcelona para estudiar. Pero la brutal transformación de la cooperativa en la empresa BonÀrea convirtió a este municipio de La Segarra en un polo de atracción para medio mundo. Hoy los 8.000 habitantes que forman uno de los pueblos con más inmigración, menos paro y que se ha salvado de la despoblación que ha sufrido el resto de la comarca, dan lecciones de convivencia a todo un país. Aunque la duda que expresa el alcalde, Jaume Ars, sobrevuela las conversaciones: "¿Qué pasaría si cerrara BonÀrea?".

Carretera secundaria de la Segarra que lleva hasta Guissona. / zowy voeten
El crecimiento demográfico de Guissona es consecuencia del crecimiento empresarial de BonÀrea. "Somos más que una industria cárnica. Transformamos y vendemos directamente todo tipo de productos alimentarios", reivindica Xavier Moreno, responsable de recursos humanos de la empresa. El primer cambio ocurrió en los 70 y 80 cuando llegaron ciudadanos del resto de España a trabajar en la entonces cooperativa. Ellos y los vecinos de la provincia de Lleida ocupaban los puestos de trabajo.

Vista aéria del pueblo de Guissona y las instalaciones de BonÀrea. / EL PERIÓDICO
“Pero en el 2000 sólo nos llegaban 50 personas al año. No era suficiente. El territorio no aportaba más personas y la gente ya no se quería mover de su lugar de residencia por un trabajo. Y empezamos a contratar en otros países", sigue Moreno. Los primeros cinco años arrasaron en dos pueblos de Ucrania. En 2008 fueron a buscar a Rumanía a buscar personal que ya trabajara en mataderos. Luego ficharon en Bulgaria y Senegal. Hoy BonÀrea tiene más de 5.300 empleados, la mitad de origen extranjero. Rumanía y Ucrania son las dos principales nacionalidades, seguidas de Senegal y Marruecos. "Ya tenemos gente de Gambia que se ha jubilado", apunta Moreno.
La empresa ante el choque cultural
En paralelo, y asesorados por sociólogos de la Universitat de Lleida, la empresa inició los primeros planes de acogida social. “Cuando aún no había técnicos de diversidad y acogida, nosotros impartíamos clases de catalán y castellano, informática, alfabetización… incluso, sobre recogida selectiva", sigue Moreno. Una labor que ahora asumen el ayuntamiento y el Consell Comarcal de La Segarra.

Un niño sujeta una bolsa con su madre, en el mercado semanal de Guissona. / zowy voeten
BonÀrea también ha construido pisos para sus trabajadores. Si no encuentran vivienda, siempre tendrán la opción de un techo digno. También fueron pioneros en la Formación Profesional Dual. Han construido la residencia de la tercera edad del municipio e imparten formación digital en el instituto. "Intentamos que el choque cultural sea el menor posible”, cuenta Moreno a EL PERIÓDICO, antes de atender al cónsul de Senegal en Catalunya para celebrar la Teranga, fiesta nacional del país.
Vecinos sin voto pero con voz
“Debemos agradecer a toda la gente que ha venido y nos ha ayudado a hacer la Guissona y la Catalunya fuerte que somos hoy", se presenta el alcalde, Jaume Ars. Llegó al consistorio en 2019 con mayoría absoluta. "Pero de los 8.000 vecinos, me votaron 1.800 personas. La mayoría de ciudadanos no pueden votar porque no tienen la nacionalidad", lamenta. Para superar ese escollo ha impulsado un proyecto que intenta dar voz a todos los vecinos excluidos del derecho a voto. "Teníamos que dar el paso de la cohesión: que la gente se sienta escuchada y pueda participar en la vida pública", explica.

Jaume Ars, alcalde de Guissona, en uno de los despachos del ayuntamiento. / zowy voeten
Una vez al mes el ayuntamiento recibe a la Mesa de Interculturalidad y Cohesión. La integran líderes de todas las comunidades migrantes, que actúan como ‘coalcaldes’ del pueblo. También están en esa mesa la Policía Local, los Mossos d'Esquadra, el CAP, las escuelas, el instituto, la asociación de comerciantes, todos los centros de culto (la parroquia, los ortodoxos y la mezquita) y BonÀrea. En total, 25 personas que se dedican a tratar los temas que afectan al pueblo. "Es una voz importantísima", sigue Ars.

Vecinos de Guissona comprando en el mercado semanal. / zowy voeten
Allí se tratan temas que afectan a las comunidades. Como los divorcios en la comunidad senegalesa, los virus tras los viajes que preocupan a los sanitarios, clases para los niños recién llegados que no saben nadar pero no lo dicen en el aula, conflictos sobre suciedad en las calles, problemas con los patinetes o enfrentamientos dentro de la mezquita. También se trabajan temas como la violencia de género o la llegada de 100 personas de Senegal sin papeles por la ruta canaria. “Nos vamos marcando objetivos, vemos problemas y buscamos soluciones entre todos”, explica el alcalde.
Los líderes de todas las comunidades actúan como 'coalcaldes' en una mesa que trata los temas que afectan al municipio
También abordan la cultura y tradiciones. "Tienen todo el derecho del mundo a celebrar porque, quien pierde su origen pierde su identidad. Pero no podía seguir siendo un ghetto, debíamos participar todos. Y creamos espacios para que todos estuviéramos representados en estas fiestas", cuenta Ars. Y así llegó el proyecto estrella, la Festa Per Tothom.
"Primero tienes que abrirte y luego recibes"
Dos días antes de la Fiesta Mayor, Guissona exhibe, orgullosa, lo que es. En un escenario, se ofrecen 12 horas ininterrumpidas de representaciones artísticas y tradicionales de todas las culturas que habitan el pueblo. También hay talleres y mercado por todo el pueblo, además de un torneo de fútbol, el Mundial que se juega en Guissona. Fue Stephan Ivancide quien trajo la idea a la mesa. "Cada país aporta su cultura. Antes costaba que la gente viniera, estaba más encerrada. Tenemos que abrirnos todos para todos".

Stephan Ivancide y Diana-Iuliana Maties, referentes de la comunidad rumana en Guissona. / zowy voeten
Ivancide fue uno de los 500 trabajadores que BonÁrea fue a buscar a Rumanía en 2007. "Fue un cambio radical. Yo vivía en la dictadura de Ceaușescu y vi otra realidad", explica el hombre que preside la asociación de rumanos del pueblo. En Guissona se casó y tuvo dos hijos. "Mis hijos me ayudaron mucho a hablar catalán. Ahora me siento un guissonenco más. Primero tienes que abrirte y luego recibes", sigue el hombre, que además es independentista hasta la médula y en las elecciones municipales se presentó en las listas de Junts.

Unas vecinas de Guissona juegan con un bebé durante el mercado semanal. / zowy voeten
Él trabaja en el matadero bovino de BonÀrea. La secretaria de la asociación, Diana-Iuliana Maties, está en la parte de las aves. Ella se presentó en las listas de la CUP en los últimos comicios locales. “Ya he vivido la mitad de mi vida aquí”, cuenta ella, que agradece que exista la mesa intercultural municipal. “Ahora la gente siente que forma parte de Guissona, tiene voz”.
El 'whatsapp' integrador
También Bigue Sarr, de las primeras senegalesas que llegaron a BonÀrea en 2002, nota un cambio en los últimos años. Sabe de sobras qué es el racismo, la sensación de sentirse diferente, apartada. Pero ahora, dice, el pueblo ha cambiado. "Algo tan sencillo como que estemos todos en un grupo de whatsapp del ayuntamiento cambia mucho. Ahora me entero de todo lo que pasa. Antes no sabía nada”, dice. Los mensajes, que lee entusiasmada, son en catalán. "Es como si fuera una más", agradece. Su hermano Papu Sarr es el referente de la comunidad senegalesa en la mesa de inclusión.
La gente mayor del pueblo, los que han vivido en primera persona la explosión cultural del pueblo, son la mejor prueba del algodón para ver si el plan convivencia funciona. Asunción, dueña de una floristería, se sabe los nombres de las flores y colores en todos los idiomas. "Somos conscientes que hemos de ayudar. De aquí solo quedamos cuatro gatos", dice la mujer, cuyos hijos están todos viviendo en el Área Metropolitana de Barcelona.
La visión de los mayores
"Nos están salvando. En el CAP todos los médicos son inmigrantes", apunta Josep, jubilado. "Hay cosas, porque siempre hay cosas, pero no tenemos los problemas que hay en Barcelona: no hay ocupaciones ni nada de eso porque BonÀrea les da vivienda", explica el hombre.
"Catalunya es fruto de la gente de fuera. Nos han revitalizado el país"
"El choque cultural existe. Hay mujeres que piden que les entre el ramo de flores a la iglesia porque ellas tienen la regla y es pecado", relata Asunción. Pero María, octogenaria y nacida en este pueblo de La Segarra, lo tiene muy claro: "Estamos contentos de ser tantos. Catalunya es así y el ayuntamiento se preocupa por todos. Te pueden dar miedo pero estamos a tiempo de integrarles".

Maria y Josep, dos vecinos de Guissona, charlan en la calle. / zowy voeten
"Hay gente que me dice que nos estamos equivocando. El discurso de Aliança llega también, con la gente que dice que si no trabajan, se vayan a su país. Pero lo dicen en la intimidad", explica Ars, preocupado por el alza del discurso de extrema derecha en Catalunya. En Guissona, el partido de Sílvia Orriols cosechó el 7% de los votos. "Me da miedo que cale este discurso fácil. Catalunya es fruto de la gente de fuera. Nos han revitalizado el país”, insiste Ars, que ve muchos retos pendientes. Uno de ellos, que los migrantes, cuando se jubilan, se marchan, no envejecen en el pueblo.

Vista aéria del pueblo de Guissona y las instalaciones de BonÀrea. / EL PERIÓDICO
A vista de pájaro, la superficie de BonÀrea ocupa la mitad del pueblo. ¿Guissona es un ejemplo, un paraíso? Ars niega que la empresa controle y decida el devenir del pueblo. "No es que haya una empresa que tiene un pueblo, es que la empresa va de la mano del pueblo". Pero su poder es innegable. "Yo siempre tengo una duda: ¿qué pasaría si cerraran?”, plantea Ars.
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