HISTORIA
Las rojas que se infiltraron en una asociación de amas de casa y crearon la primera guardería de Madrid
Las asociaciones de amas de casa con infiltradas del Movimiento Democrático de Mujeres fueron el germen, a menudo invisibilizado, de la lucha vecinal de los 70

Las asociaciones de amas de casa de Madrid protagonizaron las protestas del movimiento ciudadano de los 70 / Archivo de la Transición
Un semisótano de 300 metros cuadrados situado en la colonia del Pico del Pañuelo —el triángulo de edificios amarillos de Legazpi— acogió la primera guardería con vocación pública y de escuela infantil de Madrid. Se inauguró en 1977 y fue promovido por la Asociación Castellana de Amas de Casa de la zona, organización de avanzadas ideas feministas que se ocultaba bajo un nombre arcaico para no despertar las sospechas del régimen. Su intención no era solo guardar a los niños, también educarlos.
"Se suele decir que la primera guardería de Madrid fue el Asilo de las Lavanderas", explica Beatriz Martins, historiadora y fundadora de La Liminal, un colectivo de mediación cultural que hace rutas en clave feminista por la ciudad. "Lo fundó Victoria del Pozo cuando vio que los niños de las lavanderas estaban por ahí dando vueltas, para que los dejaran. No le cabía en la cabeza". Como ella, otras mujeres de alta alcurnia crearon asilos para niños (por ejemplo, el de las cigarreras frente a la Tabacalera) bajo el prisma de la caridad.
La red municipal madrileña tiene hoy 74 escuelas infantiles, además de otros 64 que dependen de la Comunidad. Y aun así decenas de miles de niños se quedan sin plaza cada año. "En aquella época no había guarderías. Quizá una o dos, pero prácticamente nada para niños de hasta seis años. Las mujeres no tenían dónde dejar a los niños cuando tenían que hacer algo", recuerda Mercedes Comabella, que fue presidenta de la Asociación de Amas de Casa de Tetuán.
"Había gente que pedía poner guarderías en las fábricas donde trabajaban las mujeres, pero desde el punto de vista feminista esto tenía inconvenientes: uno, que los niños siempre tuvieran que estar con sus madres y no con sus padres. Dos, que había pocas mujeres trabajando. Creíamos que era mejor que estuvieran en barrios residenciales para que los padres también se involucraran", continúa. "Hicimos campaña y la delegación de la asociación en Legazpi consiguió que el distrito le cediera el local. Como era una cosa normalita, de mujeres de barrio y la palabra 'guardería' estaba aceptada... Esos fueron los inicios".
El Ministerio de Trabajo concedía una subvención de 2.000 pesetas por niño y mes y los padres tenían que aportar el resto (5.000 pesetas), según recogió la prensa entonces, si bien Comabella asegura que el servicio era gratuito y solo a veces se hacían colectas para pagar al personal.
Cuando dice que aquello era algo "normalito" y de "mujeres de barrio", la antigua presidenta de la asociación se refiere a que otras de sus actividades eran secretas. Y es que las asociaciones de amas de casa fueron la herramienta que utilizaron ella y otras líderes feministas para hacer legales las actividades del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM), una organización clandestina nacida en los sesenta y formada, en sus inicios, por militantes del PCE. Las asociaciones de amas de casa no solo lograron abrir guarderías como la de Legazpi, sino que fueron un pilar imprescindible y a menudo invisibilizado del movimiento vecinal de los años setenta.
"La historia del movimiento vecinal tiene un agujero negro: el de las mujeres", sostiene Francisco Arriero, autor de una tesis doctoral sobre el MDM. "Cuando se habla de este movimiento se da una tremenda contradicción: el protagonismo lo tienen los hombres, porque casi todos los presidentes eran hombres, y cuando ves las fotos, ¿quiénes están? Las mujeres. No se reconoce el papel de las amas de casa rojas, que son anteriores a las asociaciones de vecinos. Su tarea fue enorme y son pioneras. Cuando había caceroladas, cuando se cortaba el tráfico... las que estaban allí eran las mujeres, entre otras cosas porque los hombres estaban trabajando. Ellas fueron la masa crítica del movimiento vecinal".
Cómo se infiltraron
Las integrantes del MDM se dieron cuenta pronto de que necesitaban "una plataforma legal para salir un poquito de la clandestinidad", explica Comabella. Primero intentaron infiltrarse en la Asociación Nacional de Amas de Casa presidida por Ascensión Sedeño, "una mujer totalmente conforme con el franquismo que lo primero que hacía era mirar los antecedentes penales", continúa. "En cuanto encontraba información sobre lucha antifranquista, te expulsaba".
Así, lo siguiente fue crear sus propias asociaciones de amas de casa a nivel de barrio. "Conseguimos las primeras cinco o seis asociaciones de barriadas a través de una fórmula que permitía el Movimiento Nacional, pero pronto se dieron cuenta de que se les había colado algo que no les gustaba nada y cortaron la concesión de nuevas asociaciones", añade. "Nos quedamos con las que ya habíamos montado y empezamos a hacer actividades".
Pero las mujeres del MDM querían más impacto. "En el 73 nos enteramos por la prensa de que se había creado la Asociación Castellana de Amas de Casa, con carácter provincial, por mujeres falangistas y del Opus Dei que tenían una pugna entre ellas. Se apuntaron varias mujeres del MDM", explica Comabella. "A raíz de los desencuentros, muchas mujeres dejaron la asociación. La presidenta tenía un talante abierto y pudimos entrar nosotras. La gran ventaja fue que podíamos crear delegaciones en barrios sin hacer trámites. Llegamos a más de cuarenta en toda la Comunidad".
Cómo reivindicaron mejorasen los barrios
Aunque el objetivo principal del MDM era luchar contra la discriminación de la mujer, su entrada en las asociaciones de amas de casa ensanchó su ámbito y les sirvió para llegar a más mujeres.
"El trabajo feminista lo seguimos haciendo por la vía clandestina. En las asociaciones hacíamos trabajo legal e íbamos introduciendo poco a poco los problemas de discriminación", recuerda la militante. "El trabajo vecinal era una herramienta para contactar con el mayor número de mujeres. Si había que protestar por algo en el barrio (por ejemplo, que una vía de tren provocaba accidentes) movilizábamos a las mujeres. Y ahí introducíamos el aspecto feminista. Nuestro objetivo era el movimiento feminista, no el ciudadano".
Las asociaciones de amas de casa quisieron trabajar al margen de las asociaciones de vecinos porque estas estaban copadas por hombres y a las mujeres les caía el trabajo de organización. Arriero recoge una cita de la dirigente comunista Rosalía Sender en una conferencia en la que, dirigiéndose a mujeres, dijo: "Todas vosotras os habéis quejado infinidad de veces de que en las asociaciones de barrios les toca a las mujeres limpiar locales, decorarlos, convocar vecinos, distribuir propaganda, colocar carteles en las tiendas, recoger firmas, solicitar permisos, buscar conferenciantes, preparar fiestas y meriendas...".
Comabella lo explica así. "Las asociaciones de vecinos se reunían por la tarde, cuando los hombres terminaban de trabajar. A esa hora las mujeres estaban ocupadas con los niños. Y muchas de ellas no estaban acostumbradas a hablar en público. Si además estaba el marido, pues mucho menos, porque pensaban: ya está mi marido, que hable él. Nos criticaron por dividir el movimiento vecinal, pero decíamos que nuestro objetivo no era vecinal sino feminista".
La guardería de Legazpi, que encajaba bien como reivindicación vecinal pero tenía trasfondo feminista, fue uno de los logros de las asociaciones de amas de casa rojas, como las denomina Arriero. Pero el verdadero éxito fue crear el germen de la lucha vecinal. "Es un trabajo sutil que genera la conciencia colectiva de que el barrio es un espacio de lucha", concluye Martins. "No es que hubiera unas lideresas increíbles, pero ese trabajo de hormiguita permite que cuando se monta la asociación de vecinos la gente se anime a manifestarse. Y como pasa con muchos movimientos sociales: cuando adquieren relevancia y prestigio, aparecen los nombres de ellos".
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